Un título agarrador, como la novela homónima que cobija, hinchado de sugerencias que apuntan a diferentes realidades. Para comenzar no se refiere a Kafka, el autor de La Metamorfosis, sino a un joven japonés en busca de sí mismo.
El realismo mágico constituyó una manera de ver el mundo que, en los años 60, impulsó la entrada de la novela latinoamericana por la puerta grande de la literatura mundial; desde entonces se ha afirmado de más en más con obras que ya no son de esa corriente. Por aquel entonces, muchos creyeron que se trataba de un rasgo propio de nuestras sociedades, cuando no exclusivo. Entre nosotros, lo mágico penetraba, como en ninguna otra parte, lo cotidiano, la vida corriente. También creímos lo mismo de la multiculturalidad, de lo pluri-multi, en una expresión cara a los científicos sociales y políticos, es decir que nos pertenecía como algo único, distintivo del resto de los pueblos. La globalización nos ha desencantado.
Hemos descubierto en parte a través de la narrativa de otros continentes, que siempre ayudó a los hombres arraigados en su tierra a ponerse en el lugar del otro y comprenderlo, que esos conceptos que tanta polvareda levantaron aquí eran, asimismo, parte de otras culturas.
La literatura y el cine de la India, que no son más una rareza de exquisitos, ilustran abundantemente lo ordinario de lo extraordinario en las etnias y culturas que conforman ese país. El Japón ultramodernizado, ultratecnificado, tampoco escapa a estas presencias. He terminado de leer de un tirón Kafka en la Orilla de Haruki Marukami, quien tiene ya un prestigio ganado en el mundo hispano con otras novelas traducidas al castellano.
La obra pone en juego, además de elementos de la tragedia griega clásica, de fuerzas sobrenaturales transformadas en destino, de entidades, no divinas, pero que se mueven como tales, sueños con mayor consistencia y efectividad que lo que ocurre en las horas de vigilia, discursos filosóficos dichos por prostitutas despabiladas, con una sim- plicidad envidiable, jóvenes apasionados por la canción occidental y jubilados que discurren con oído fino acerca de las distintas versiones del Trío del Archiduque.
Conozco poco de los narradores japoneses de hoy, nada de sus clásicos. Leí a Yuku Mishima puesto de moda, después de su espectacular suicidio, al término de una fracasada asonada en la década del 70. Las novelas de Kazuo Ishiguro se encuentran entre mis favoritas, sobre todo Lo que queda del día, el drama de quien se deja dominar por una sola de sus identidades. Sus obras se ambientan en Inglaterra donde vive. Haruki Murakami es una experiencia distinta. El escritor nacido y educado en Japón, profesor en las universidades de Princenton y Taft, no deja de reconstruir en sus creaciones los códigos de su sociedad, sus conflictos y fortalezas.
Kafka en la otra orilla (del mar) trae el panorama de un país donde aún corren los fantasmas de antes, espíritus benévolos o maléficos, donde las técnicas de punta conviven con añosas prácticas, donde ni la ciencia ni los oráculos pueden despejar las dudas de las hipótesis personales.
El relato presenta dos historias paralelas que, luego de sorprendentes recorridos, terminan por cruzarse. Kafka, ´cuervo´, Tamura abandona la casa paterna al cumplir sus quince años, distanciado de su padre, resentido y confuso. Éste le ha predicho una suerte similar a la de Edipo. Se va hacia Takamatsu, una ciudad escogida por su clima benigno que le permitirá realizar el viaje ligero de ropa y sentimientos. Pero la motivación no da razón de los futuros encuentros que parecerán confirmar la profecía. Acogido por un joven mayor que él, de apariencia ambigua y definida inclinación gay, Oshima consigue un trabajo y un escondite en la biblioteca. Allí conoce a la señora Seki y cae enamorado de ella, a pesar de tener la convicción de que es su madre. Mientras tanto el padre, escultor famoso, ha sido asesinado por un desconocido. Kafka está persuadido de haber participado en el hecho, quizá en sueños o indirectamente.
La otra historia de Nakata, un anciano discapacitado mental a causa de un accidente de la niñez, pero capaz de tener razonamientos y constataciones que un pensador agudo quisiera hacerlos, emprende un viaje en busca de la Piedra de la Entrada, impuesto nadie sabe por quién ni para qué. Nakata es el asesino del escultor en un raro incidente por rescatar unos gatos que, en la soledad de su vida, son sus únicos interlocutores. En su propósito recibe la providencial ayuda de un joven Hoshino y de una aparición con la figura del coronel Sanders, el emblema de Kentucky Fried Chicken. ´Los dioses en el Japón son flexibles´. Al fin, encuentra la Piedra, tal vez, dueña del destino, y a la señora Seki. Las aciagas profecías no se cumplen siempre.
Entre nosotros lo mágico penetraba, como en ninguna otra parte, lo cotidiano, la vida corriente.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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