Cuando murió mi padre, hace ya más de veinte años, mi familia y yo tuvimos que sobrellevar un largo y penoso velorio que parecía nunca acabar. A estas alturas, ya puedo decir que, considerando que en aquella época no era más que un muchacho de veinte años, resistí con bastante entereza las visitas de ilustres, los discursos, los homenajes, los boleros de caballería ejecutados por los Colorados de Bolivia, y las emotivas demostraciones de cariño de amigos, compañeros y adversarios de mi padre. Tratándose de un ex dignatario de Estado, parte del velorio se llevó a cabo en el Congreso Nacional. Si mal no recuerdo, hasta ahí llegó mi compostura: Cuando llegué al hall central del Congreso y vi que la bandera nacional que cubría el féretro había sido reemplazada aquella tarde por una bandera atigrada, y que el estandarte del Strongest flanqueaba a mi padre, lloré desconsoladamente.
Cómo es la vida. Ni los grandes homenajes encabezados por el presidente Paz Estenssoro lograron conmoverme tanto como aquel gesto del club The Strongest. Quizás aquello simbolizaba los momentos más gratos de mi vida, junto a mi padre, en las graderías del estadio, inmersos en la catarsis colectiva de sabores agridulces, haciendo gala de nuestra garra aurinegra. También me tocó el honor de defender la camiseta del Tigre del otro lado de las graderías, desde la cancha y debajo de los tres palos. Me transpiran las manos y se me hace un nudo el estómago con sólo recordar la larga fila de changos aspirantes a la Escuela de Fútbol del Strongest en el Complejo Achumani, los durísimos entrenamientos sobre tierra en la Cancha Zapata al mando del legendario Benjamín Robles, el gesto invaluable de mi amigo Rafael Carri regalándome sus guantes Adidas Amadeo Carrizo, y cómo no, aquel debut inolvidable en el Siles contra Municipal, frente a cuarenta mil personas, en el preliminar de la primera edición del superclásico. Sin duda, un recuerdo indeleble, que llevo conmigo como una medalla de honor.
Quería escribir una columna de homenaje a mi querido club, y no encuentro otra forma que no sea a través de mis vivencias y mis pasiones. Creo que al final, esa es la grandeza de las instituciones: la gente que la acompaña y que con su amor a la camiseta, les da vida y les da sentido. El tamaño y la historia de un club no se pueden medir a través de la fría estadística de títulos obtenidos o de victorias y derrotas; detrás de aquello, siempre encontraremos rasgos esenciales que diferencian a unos de otros. En el caso del Strongest, queda claro que su mítica garra, su extracción popular y su gran capacidad para reponerse frente a la adversidad, constituyen su acervo. A los stronguistas nunca se nos dieron las pretensiones académicas, ni las ínfulas de millonarios; somos un club como el pueblo que lo compone y lo acompaña: medio pobretón, sacrificado, pero siempre digno y valiente a la hora de los grandes retos.
En un país de una institucionalidad tan frágil, cumplir cien años de vida no es poca cosa; cumplirlos y hacerlo en relativo buen estado de salud es toda una proeza, sobre todo tratándose de una institución ligada al fútbol: una pasión convertida en un crudo negocio de millones en todo el mundo. Para los hinchas del Strongest, y de alguna manera, para los paceños en general, este es momento de festejo y algarabía, y por lo tanto no vale la pena empañar tan lindo momento con la dura realidad que nos ofrece el fútbol nacional, presa de una crisis estructural tan seria como la que sufrieron los partidos políticos tradicionales hace un tiempo atrás.
*Ilya Fortún es comunicador social.
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