Sergio Caballero, a la cabeza de Liberavi, pasó por el Fitaz con Macbeth, una tragedia sobre la ambición y la traición que terminan por pasar la cuenta a la conciencia.
La mano de Caballero se siente en los actores, medidos, lejos del riesgo, que suele acechar en estos clásicos, de la sobreactuación. Su trabajo como puestista se decanta por lo mínimo: el blanco se llena del rojo sangre y basta.
Pese a los méritos, en los que hay que destacar la fuerza de la Lady Macbeth (Norma Merlo), que suele ser mayor que la del rey (Franz Pando), la obra resulta distante en el tiempo. Es el precio a pagar por un respeto al texto, a sus circunstancias, que, en este caso, apenas se salva de ser una arqueología teatral. Y Shakespeare tiene mucho que decir a los tiempos actuales.
LILIANA CARRILLO V., periodista
Un macabro aparapita en la escena
Desde que el poeta Jaime Saenz hizo del aparapita un símbolo de La Paz, se han sucedido cargadores, más o menos logrados, en la literatura y de allí han saltado a las tablas. En el teatro, estos seres son los marginales que cuentan historias de marginales, mejor si desde un basurero. A ese modelo se sumó sin chistar la obra Macabro del elenco paceño Bogatir.
La puesta es escrita, dirigida e interpretada por Saúl Alí. Y en Macabro el gran actor que demostró ser Alí decrece ante el dramaturgo mediocre. El guión reúne decenas de historias y salta desordenado de una a otra. Al final, sólo recuerdo que había un perro negro, una tía mala y un montón de prostitutas. El mérito es que Alí logre una buena interpretación con un texto deficiente. El actor (sólo él) merece un aplauso.