Pilar Núñez, actriz y cantante peruana, pasó por el Fitaz con un monólogo sobre Flora Tristán, la activista francesa que vivió algún tiempo en el Perú —su padre era de esta nacionalidad— y que hizo historia entre los obreros franceses y como pionera de feminismo moderno.
La fascinante figura de Tristán, unida al cartel de una actriz con 30 años de trabajo, parecían una conjunción ideal. Sin embargo, esta expectativa se topó con una propuesta en la que no hay sino palabras y el rostro más anquilosado de lo histriónico.
La obra de Núñez carece de ese juego de intensidades que tiene que ver con la estructura dramática. Por eso, la Flora Tristán niña es la misma que la Flora Tristán solitaria. No se aprecia, salvo por lo que se dice, una evolución. No ayuda, claro, una puesta pobrísima, donde los objetos (la alfombra, la mesa) están ahí pero podrían no estar, tan inútil es su presencia.
Se puede optar, claro, por una puesta basada nada más que en la actriz. Pero, si tal era la intención, el naturalismo del vestuario y los elementos coartan el simbolismo. Al final, Flora Tristán no es más que una evocación inofensiva.