En varias ocasiones el Gobierno ha llamado al diálogo, pero en igual número de veces lo ha roto o impuso medidas que iban contra la concertación. Así pasó cuando el Presidente convocó a los prefectos, pero simultáneamente decidió avanzar, mediante Decreto Supremo, con el uso del IDH para financiar la Renta Dignidad, de ese modo quedó prácticamente cancelada la iniciativa de diálogo. En otro momento, el Vicepresidente convocó a parlamentarios de oposición, incluido el presidente del Senado, para dialogar, para generar concertaciones políticas, pero los dejó en ´cuarto intermedio´ y se fue al Congreso a aprobar medidas que iban contra el diálogo. Recientemente, el Presidente pidió la presencia de la Iglesia, ya sea para facilitar o para efectuar mediación entre Gobierno y prefectos, pero simultáneamente, aprobó un decreto prohibiendo la exportación de aceite, de modo tal que, justo al inicio de la posibilidad de diálogo, echó un balde de agua fría al trabajo de la Iglesia, pues con esa medida atacó a Santa Cruz y cerró las posibilidades de diálogo. Estos son solamente tres ejemplos, y hay muchos más, de cómo la palabra gubernamental va en un sentido: clama por diálogo, pero los hechos van por otro: rompen el diálogo. Es eso lo que estamos viviendo en estos dos años de gobierno. Pero, no sólo ocurre en el tema del diálogo y de las concertaciones, sino que en general hay una discordancia muy fuerte entre la palabra y los actos. El resultado de esa distancia es que los interlocutores políticos del Ejecutivo pierden la confianza en la palabra gubernamental. Pero, si eso ocurre con quienes son oposición política, no ocurre lo mismo con muchos, pero muchos sectores populares que han apostado por el Gobierno, que apostaron por Evo Morales; la mayoría de ellos creen todavía en la palabra gubernamental y en las decisiones o discursos del Presidente. Es que hay un acto simbólico de cercanía de esos sectores populares con Evo Morales, ellos se sienten representados por el Presidente y le depositan su confianza; no obstante, en política, la confianza en los líderes no es eterna, depende mucho de la actitud y de la conducta de esos líderes. La discordancia entre la palabra y los actos puede llegar a un momento en el cual genere desconfianza en los propios sectores populares, de manera que el Presidente y su gobierno deben comprender que la popularidad y la confianza no es eterna, por tanto, no deben dilapidarla.
Por de pronto, no sólo la oposición política, sino que también muchos sectores de clases medias y algunos de la población que votaron por Evo Morales, se dan cuenta de que la palabra gubernamental que clama por diálogo no es creíble, pues cada día ven que el discurso presidencial y gubernamental es confrontacional y guerrerista. Esos sectores entienden que el Gobierno no desea diálogo, sino imposición. Pero, esa política de llamar a la guerra debilita el tejido social y complica la convivencia pacífica entre todos los bolivianos. Los gobiernos poseen la obligación de generar paz social en el territorio, pero da la impresión de que el Gobierno nacional va en sentido inverso.
*Carlos Toranzo R. es economista y analista político.
Shift F7
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