Recientemente, la conciencia nacional ha sido sacudida por la crudeza de las imágenes y relatos con que los medios de comunicación dieron cuenta de sucesivos linchamientos acaecidos en diferentes puntos del país. La extremada crueldad exhibida por los agresores y la indefensión de las víctimas obliga a reflexionar sobre los motivos que explicarían semejante barbarie y el rol de la moralidad en la determinación del comportamiento. He aquí algunas reflexiones desde la ciencia de la conducta.
El razonamiento moral se convierte en acción con la ayuda de mecanismos sicológicos que la regulan y explican. La gente regula sus actos a través de las consecuencias sociales que éstos tienen para sí mismos y para otras personas y refrenan sus acciones cuando éstas violan los estándares morales y generan autocensura.
Cuando alguien se encuentra en circunstancias de cometer un acto inhumano, puede comportarse de forma diferente merced a un ejercicio de autoinfluencia. La posibilidad de experimentar autosanciones mantiene la conducta de las personas en línea con los estándares internos. Así, el ejercicio de la autoinfluencia motiva y regula el comportamiento moral. En ocasiones, estos procesos regulatorios no ocurren y las autosanciones se desvinculan de la conducta inhumana. Este proceso, llamado ´desenganche moral´ por el Dr. Albert Bandura de la Universidad de Standford, permite la aparición de conductas diferentes bajo los mismos estándares morales. Así, una persona con antecedentes de amante esposo, hijo respetuoso, amigo afectuoso o vecino solidario, puede muy bien involucrarse en un acto inhumano, cuando éste se desengancha de la regulación interna.
Esto es posible mediante los siguientes procesos cognitivos:
primero, a través de la autojustificación de la necesidad de la acción; es decir, se busca convertir la conducta a ojos y entendimiento propios, en un acto socialmente aceptable (´alguien tiene que hacer algo para terminar con la delincuencia´). Argumentos como la ´preservación del honor y las buenas costumbres´ ablandan la regulación cognitiva alterando la expresión de moralidad.
En segundo lugar, el llamado ´lenguaje eufemístico´ encubre los argumentos inmorales, disfrazándolos de nociones tolerables o socialmente aceptables. Llamar ´justicia comunitaria´ al linchamiento es un eufemismo que justifica dicha conducta. Llamar ´acción disciplinaria´ al castigo corporal infligido a un niño en el seno de la familia o en la escuela es otro ejemplo del uso del lenguaje para disfrazar la inhumanidad. A fuerza de expresar falsedades, termina uno creyendo en ellas como verdades indiscutibles y comportándose en consecuencia.
El ´desenganche´ moral ocurre también al minimizarse un acto execrable por comparación con acciones más graves. Una autoridad puede violar la ley argumentando que otras, antes que él, cometieron faltas aún mayores. Aceptar una coima para liberar a un conductor descuidado puede autojustificarse si se compara esta violación con un negociado millonario.
Otro proceso de desligamiento que evita la autocensura ocurre cuando el perpetrador deposita su responsabilidad en otras personas. Sabemos que se cometen atrocidades invocando la obediencia a la autoridad (´yo sólo seguí órdenes superiores´) y el acto inhumano pasa a ser un producto de presiones de terceros. Este reconocimiento libera de la responsabilidad de haber concebido la idea criminal, asumida como más grave que el acto mecánico que la materializa.
La dispersión de la responsabilidad debilita la conciencia moral cuando opera algo parecido a la división del trabajo en el proceso de cometer la inhumanidad. Involucrarse parcialmente en el acto reduce la culpa en la proporción de la participación (´yo sólo traje la gasolina, no prendí el fuego´).
Un quinto mecanismo que debilita el control moral es la actuación en grupo. Cuando hay muchos responsables, nadie se siente responsable y el daño realizado por un colectivo puede ser atribuido a la actuación de los demás. En los linchamientos, las personas pueden llegar a ser más crueles cuando actúan amparadas por el grupo que facilita el anonimato y garantiza seguridad por encubrimiento.
Un último factor que inhibe el ejercicio moral tiene que ver con la deshumanización de las personas objeto de violencia. Los agresores privan a sus víctimas de su calidad humana: de sus sentimientos, valores, esperanzas y preocupaciones, (´son sólo delincuentes sin conciencia´) y les asignan, como pasó con los operadores de los campos de exterminio, cualidades subhumanas o bestiales. Así reducen ante sí mismos la censura que debería generar todo acto inhumano.
Vincular la inhumanidad al pensamiento moral no niega la influencia sociocultural, económica e ideológico-político sobre la conducta moral. La descomposición social e institucional y el enfrentamiento en escalada que ahora vive la sociedad boliviana, son también condiciones que contribuirían a la mitigación de la conciencia moral. No estaría fuera de lugar suponer que la agudización de la crisis podría exacerbar los actos inhumanos. La sociedad en su conjunto juega un papel fundamental en la contención de dichos actos y para hacerlo debe estabilizar las instituciones que, como la escuela y la familia, contribuyen al fortalecimiento de los procesos sicológicos autoregulatorios.
*Erick Roth U. es sicólogo.
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