Cuando se produce un golpe militar la gente queda desprevenida, estupefacta, pero de hecho se ha atropellado la Constitución y la fuerza de las armas ha tomado el poder. Se produce el estado de sitio, el toque de queda y, con eso, se suspenden las garantías constitucionales, se limita la libertad de las personas. La prensa, por lo general, queda amordazada o se produce la autocensura, ante la mirada torva de los nuevos gobernantes. Eso es algo anormal y al cabo de un tiempo, que pueden ser meses o años, se retorna a la senda democrática cuando ha pasado el motivo que produjo el levantamiento o cuando otro militar quiere relevar al de turno. Todo esto lo hemos visto en nuestro país durante el siglo pasado y antepasado, con más frecuencia de la deseada.
Contra un gobierno fáctico se producen protestas, huelgas, paros —menos que contra los gobiernos democráticos por causa del miedo— pero existe una causa legal para protestar porque se ha escamoteado la independencia del pueblo. Las naciones poderosas de occidente no ven con buenos ojos a los regímenes de fuerza (salvo que, como en la década de los 70 y 80 del siglo pasado, casi todos fueran por el estilo) y alientan a los grupos democráticos a retornar por la senda institucional. Hoy a un gobierno de facto no se lo acepta en las organizaciones regionales o internacionales, con excepción de las dictaduras eternas que existen en el Medio Oriente, África o Asia.
Pero otra cosa muy distinta es lo que sucede con el Gobierno actual. El gobierno de Evo Morales, aunque a nadie le entre en la mollera, ha sido elegido por el voto popular. ¡Y en qué forma! ¡Con el 54 por ciento de los votos! Esa fue una equivocación imperdonable de la que muchos de los que se embaucaron con el ´cambio´ o la ´revolución en democracia´ deben estar arrepentidos. Así estarán los de la clase media y algunos de los segmentos acomodados, que, ingenuos, creyeron que un indio merecía gobernar y que había que hacer justicia a la raza. Pensaron en esas operías de la ´Bolivia profunda´ y del retorno a las viejas prácticas del ayllu, el culto a la Pachamama y a la hoja sagrada, y el renacimiento del Kollasuyo. Recuperaron la idea del endogenismo del ´compadre´ Palenque y en que Bolivia viviría de la coca, la tunta y el chuño, anhelando una nueva nación indígena, fiel a sus raíces, auténtica. Supusieron, además, que se podría regresar a las nacionalizaciones y al estatismo y, de esa forma, liberarse de las políticas globalizadoras, de la democracia pactada y corrupta, y de las empresas transnacionales expoliadoras.
Las consecuencias de esa equivocación están a la vista. Estamos gobernados por un Presidente presuntamente demócrata, aunque se adivinan evidentes rasgos de autocracia en su proceder. Pero el ´cambio´ tan esperado se ha diluido en una nacionalización de los hidrocarburos que no se entiende, en una ambición desmedida por la captura de tierras, en un incremento del narcotráfico que había sido vapuleado y por un ensalzamiento de la raza aymara, que no la criticaríamos si no fuera que excluye al mestizo y al blanco, sobre todo al camba. Su encono contra Santa Cruz es innegable. No es cosa de quejarse porque sí. Evo Morales tiene un motivo: quiere sentarle la mano a una ciudad y un departamento que lidera el sistema de autonomías —lo que significa quitarle poder— y que lo rechaza abiertamente por su provocadora y criminal política económica de restricciones a las exportaciones cruceñas. Y otra cosa: Santa Cruz no acepta el retorno al pasado incaico sino que se esfuerza por sumarse a las nuevas corrientes de la modernidad y de los grandes mercados.
Nos hemos equivocado con Evo Morales. No ha podido constituir un gabinete responsable y se ha rodeado de izquierdistas perdidos en la nebulosa. El anunciado gobierno de indios ha sido reemplazado por cholos masistas. Ha creado milicias —movimientos sociales— que nos amenazan con fanfarronadas. Permite la cruel ´justicia comunitaria´. Y ahora sólo nos queda esperar que se vaya, lo que no es fácil.
*Manfredo Kempff S. es escritor y diplomático.
Shift F7
En estos difíciles momentos, en estos problemáticos tiempos, en esta incierta coyuntura en que el glorioso pueblo, la indomable plurinación, la imperecedera casa de todos se encuentra acechada, se halla emboscada, se descubre sitiada por los que se oponen al cambio, por los que bloquean al país, por los que producen para su lucro, el Gobierno nacional, el Poder Ejecutivo,
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