Las inundaciones en Beni provocaron que los animales huyan a territorios donde están más expuestos a la caza. Allí son capturados para llenar la olla y también para el tráfico.
Texto: Ramón Grimalt Fotos: Red de Control de la Biodiversidad
¡Ahitá, ahitá! ¡Atrapalo!”. Los gritos de Tico rompen la quietud de la noche justo cuando la intensa luz de su linterna descubre a un atolondrado tatú tratando de alcanzar tierra firme. Freddy, con 15 años y el mayor de cuatro hijos, se abalanza sobre el animal, agarrándolo de la cola. Con una triunfal sonrisa lo muestra al resto de la partida de caza. Son 15 personas, todos damnificados por las inundaciones. Vienen de la periferia de Trinidad y se hacinan en el improvisado campamento de Puerto Varador.
“Todinga la noche, pariente. Acá esperamos a que aparezca cualquier animal. Hay tatuces, pero nosotros esperamos a los jochis”, cuenta Tico, un trabajador de la construcción, hoy desempleado. “Tenemos hambre, pué. Lo que nos da la Prefectura no alcanza. Así que venimos pa’ acá y agarramos lo que nos traiga el río”, explica Richard, cuñado de Tico. “He hecho esto desde que era un peladingo nomás. Venía con mi padre, con una linterna y un palo. Mi padre me enseñó a atrapar tatuces. Pero un día salió una sicuri. ¡Carajo! Todavía recuerdo aquella víbora y su lengua, así como una ye”, dice Richard aclarando que todo lo que caza es para comer.
La ley se lo permite, sobre todo en medio del desastre. “Otra cosa son esos de allá”, dice bajando el tono de su voz y moviendo la cabeza hacia un grupo de cuatro jóvenes. “Todos sabemos que venden lo que agarran. No se lo comen. Hay gente en la ciudad que compra tatuces vivos y muertos. No sé pa’ qué cosa”.
Cada uno de los jóvenes porta una linterna. Uno de ellos utiliza un cayado para remover el agua y la maleza. Otro, en cuclillas, no pierde detalle del trabajo de su compañero, mientras los otros dos, uno a cada lado, aguardan con bolsas de arpillera a que aparezca su presa. La noche promete ser larga. Tal vez vuelvan a casa con las manos vacías y el cliente tenga prisa por hacer las maletas o quizás se trate de un tipo paciente, sabedor de que en la frontera brasileña la piel del tatú se puede vender a buen precio. En el país carioca se emplea para la elaboración de tabaqueras y también con fines medicinales.
De momento, doña Bertha calienta una olla y su hija Lena, lava la yuca. Esta noche la cena será diferente. “Lo más rico es pelar el caparazón. La carne es suave y riquísima”, asegura Tico, quien rodea con su brazo derecho el cuello de Freddy. Padre e hijo tienen bien ganada esa lata de cerveza que pronto compartirán en la precaria intimidad de la carpa, su hogar en definitiva.
Especies en fuga
La doctora Ana Karina Bello, responsable de la Red de Control de la Biodiversidad dependiente de la Prefectura del Departamento de Beni, es una mujer tan activa como inquieta. Acaba de llegar de San Bartolomé y ya prepara un nuevo viaje a San Silvestre. La crecida del río Mamoré y de sus afluentes, así como las torrenciales lluvias registradas entre los meses de enero y febrero, han anegado 60 por ciento del territorio de las ocho provincias benianas.
Los reportes de las comunidades originarias y campesinas se amontonan sobre su escritorio. Son informes escuetos, pero relevantes. “Se han visto antas desplazándose de su hábitat hacia Dios sabe dónde. Tienen miedo, oiga”, dice la doctora Bello mientras revisa las últimas noticias. “Aquí somos unos cuantos. Treinta y pico. Comprenderá que no podemos atender la emergencia”, confiesa Karina y pondera la labor de quienes tiene a su cargo, la mayoría jóvenes, de gran voluntad y capacidad de sacrificio.
“No hay presupuesto, eso dicen. A veces ponemos de nuestro bolsillo para comprar combustible. Lo ideal sería poder contar con un GPS. Menos mal que somos de la tierra y nos conocemos los bosques como la palma de la mano”, dice uno de los jóvenes de la Red que prefiere mantenerse en el anonimato. 48 horas antes, cerca de Rosario, trató de impedir que unos comunarios mataran un pecarí hembra. “¿Ve usted este tajo? No sirvió de nada. Esa gente tiene hambre. Sus pelaos tienen hambre. Y yo les voy a decir que no maten pa comer”.
No es la primera vez que la Red enfrenta estos problemas. Aunque en Beni las inundaciones son parte de su realidad y la naturaleza pone cada cosa en su sitio marcando los ciclos vitales, en los dos últimos años los fenómenos de El Niño y La Niña han roto las estadísticas. “Los patrones de comportamiento de la fauna parecen haber cambiado. Se tendría que hacer un estudio a fondo”, afirma Freddy Hurtado, de la Red de Control de la Biodiversidad.
En su búsqueda de terreno seco, especies como el anta o el ciervo se ven obligadas a abandonar su hábitat. “Recorren, qué sé yo, 30 ó 40 kilómetros y a veces no lo consiguen. Se cansan o mueren ahogados. También son cazados despiadadamente”, explica Freddy Hurtado mostrando la foto de un cazador furtivo escopeta en mano con el cadáver de un gato montés pendiendo del antebrazo.
“Los cazadores furtivos son un gran problema. Los conozco desde que tengo uso de razón”, reconoce Bello y admite que es un problema cultural, de educación. Si bien los pueblos originarios de Beni viven en armonía con su entorno e incluso denuncian la caza furtiva, la fauna está amenazada.
Bienvenidos al Arca de Noé
Miguel sostiene entre sus brazos un cervatillo, que los lugareños llaman guaso. Su madre, una hermosa e imponente cierva de pelaje rojizo moteado, yace sin vida a 100 metros de distancia. Quedó atrapada en alambre de espino, y en su intento desesperado por liberarse, murió desangrada en una lenta agonía. Miguel halló el cadáver de la cierva y salvó la vida de su tembloroso cervatillo. “Lo llevé a la casa y le di de comer. Primero no quería. Luego ya se dejó”, comenta el pequeño de 10 años.
Los ojos del ciervo, oscuros y profundos, reflejan su desconcierto. Es curioso. Los pecaríes sorprendidos en un claro de la floresta, reaccionan del mismo modo. “La comida escasea. Y lo que es peor. Nos hemos encontrado casos en que los animales se resisten a abandonar su hábitat natural. No los podemos obligar”, explica la doctora Bello.
Es imposible evacuar a todos los animales. La Red los libra a su instinto de supervivencia; luego la selección natural se encargará de que los más fuertes sobrevivan. Lo único que se puede hacer es luchar para salvar la mayor cantidad posible. Y a esa tarea se abocará hasta que baje el nivel de las aguas de inundación y la fauna pueda regresar a los bosques. De momento, el trabajo consiste en trasladar animales a las lomas. Se trata de verdaderos islotes de difícil acceso. “Cómo son las cosas. Nosotros conocemos las lomas gracias a los comunarios. Las lomas han existido desde siempre. Los comunarios nos dijeron que ahí pueden quedarse los animales, que no les harán ningún mal”, expresa con elocuencia el joven miembro de la Red que mantiene en reserva su identidad. Él mismo señala con el dedo hacia la loma que no debe tener una extensión mayor a un par de hectáreas. Ahí, conviven cuatro ciervos, dos antas y algún que otro pecarí que asoma la cabeza entre la vegetación. “Son unos cuantos. Pero para nosotros es como el Arca de Noé”, dice con orgullo el joven mientras los animales se mueven a medida que se acerca el deslizador cargado de alimentos. No se les puede reprochar el miedo.
Miguel pregunta si puede quedarse con el guaso. El voluntario niega con la cabeza. “Pero se morirá si lo dejo solo”, protesta Miguel mientras atardece en el Arca de Noé. El cielo se tiñe de malva y oro y el ciervo mueve su cabeza buscando el último rayo de sol. No puede ignorar el llamado de la selva. Se lo dice su instinto y millones de años de evolución contra los que no existe un antídoto humano. Afortunadamente.
Ante la crecida de las aguas, mucha gente caza animales silvestres para alimentarse.
La evacuación de animales se ciñe luego a la ley del más fuerte para la supervivencia.
DIVERSIDAD
Los bosques bolivianos representan el 35% del planeta. En el país se encuentran entre el 35% y 45% de toda la biodiversidad mundial. De hecho, el territorio boliviano comprende 4 biomasas, es decir, 32 regiones ecológicas y 199 ecosistemas. Destacan los Yungas paceños, la Amazonia, el bosque chiquitano, el Gran Chaco y los bosques interandinos. Se trata de un espacio geográfico donde coexisten las reservas silvestres de fauna y flora más grandes del mundo. Son 398 especies de mamíferos; 277 de reptiles; 235 de peces; 204 de anfibios y 1.440 especies de aves.
Según la guía de categorización de especies, en la República se promovieron leyes tendientes a proteger la fauna y la flora (1832-1922). Existen siete leyes sin numerar que prohíben la caza en diversos periodos. El Decreto Supremo 6883 (1964) prohíbe la caza y captura de mamíferos, aves y reptiles por tres años; y el Decreto Supremo 8367 (1968) prohíbe la caza de felinos con fines comerciales. Sin embargo, la Conferencia Sudamericana de Comercio Ilegal y Vida Salvaje, celebrada en Brasil, mostró que una cosa son los papeles y otra la realidad. Los datos sobre comercio ilegal de vida silvestre en Bolivia muestran un panorama cuando menos preocupante que trasciende la frialdad de las cifras para poner de manifiesto que no sólo se mata la letra de la ley.