En los últimos días, los haitianos salieron a las calles para protestar contra el brutal aumento de los precios de los alimentos. La respuesta de la Policía —con el apoyo de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah)— fue la represión, que se cobró la vida de al menos cinco manifestantes y provocó medio centenar de heridos.
Haití no sólo es la nación más pobre de América Latina, fue el primer país americano en declarar su independencia y el protagonista de una heroica rebelión de esclavos. Pero su economía fue saqueada sin piedad por la larguísima dictadura de los Duvallier (1957-1986), primero su padre y después su hijo, apoyados por Francia y EEUU.
En 1991 fue elegido presidente el ex sacerdote y líder popular Jean-Bertrand Aristide. Pero después de un primer derrocamiento y de su regreso al poder —ya muy distante de sus posiciones progresistas iniciales—, fue derrocado y secuestrado por un golpe militar apoyado, otra vez, por Francia y EEUU.
Pese a estar en medio del Caribe, Haití es un gran desierto, producto de la deforestación criminal, y sus barrios populares devinieron grandes basurales. Según un informe de Serpaj, Haití producía hace 20 años el 95% del arroz que consumía y hoy importa el 80% de EEUU.
Hasta aquí, podría ser la historia de cualquier pequeña nación empobrecida ocupada por fuerzas de paz internacionales, que encubren el intervencionismo de las grandes potencias. No obstante, la situación es diferente: esta vez, la misión está dirigida por un gobierno de izquierda —Brasil— y participan de ella varios gobiernos progresistas más: Uruguay, Argentina, Ecuador... y Bolivia.
De ahí que surja la pregunta, ¿nuestras tropas deberían estar en Haití codo a codo con los ejércitos de ocupación de EEUU y Francia disparando contra las manifestaciones populares con la excusa de que se trata de puras pandillas criminales (que obviamente las hay)? ¿No debería ser otra la forma de apoyar a los pueblos hermanos del continente por parte de gobiernos progresistas? ¿Acaso no elogiamos —con justicia— que Cuba manda médicos para salvar vidas y no militares para acabar con ellas? Finalmente, ¿el papel de la izquierda es “humanizar” las misiones internacionales diseñadas por las grandes potencias?
Hasta ahora el silencio es la única respuesta a estas interrogantes.
*Pablo Stefanoni fue asesor del presidente Evo Morales. Actualmente es director de Le Monde Diplomatique-Bolivia.
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