Llama la atención que, luego de más de dos años en funciones, ciertos servidores públicos se hayan dado a la tarea de gritar al mundo que “¡hay esclavos en Bolivia!”. Incompetentes. Sí, y por partida doble. Porque, si en verdad hubiera en el país aquella esclavitud que sindican, no sólo tardaron un mundo de tiempo en denunciarla, sino que convivieron con ella por más de dos gestiones, a no ser que recién se hayan dado cuenta de ello, lo cual les haría más incompetentes aún.
Lo cierto es que alguna gente quiere pasar por “buen samaritano” sin tener oficio y rescatar algún herido del camino, ¡así tenga que fabricarlo! Para el caso, buscan esclavos en el campo sin darse cuenta de que la verdadera esclavitud está en sus mismas narices ¡y ni se enteraron!
Porque, si de esclavitud se trata, hablemos de la que salta a la vista. Por ejemplo, la esclavitud de la pobreza, esa que no sufren los ministros, los viceministros u otros circunstanciales servidores públicos, porque ellos la están pasando bien —demasiado bien— comiendo manjares hasta cinco veces al día (“La Razón”, 21/oct/07) mientras Juan Pueblo padece hambre.
Hablemos también de la esclavitud que sufren nuestros compatriotas en el exterior, sometidos a vejámenes por ser indocumentados. ¿Su pecado? Salir expulsados de su Patria por el desempleo, “exiliados en plena democracia”, verdaderos parias esclavizados y abandonados a su suerte.
Pero también se podría hablar de la drogadicción, como esclavitud, a la que contribuye la “milenaria hoja” que es una bendición para los que la siembran, la machucan y la hacen cocaína, y una verdadera maldición para los esclavos de la droga, sin que el Estado venga a su rescate.
O, hurguemos la esclavitud de la hipocresía de los que se autoproclaman indígenas-originarios, pero que curiosamente visten hoy prendas costosas que “no cuadran” precisamente con sus rostros; aquellos que traicionaron el estilo del “poncho” —carmesí o no— y que se disfrazan ahora con atuendos occidentaloides o con cuellos “tipo Mao” y detalles típicos cada vez más pequeños, revelando una baja autoestima cultural y un deseo por emular los diseños de Versace.
Están también los esclavos del engaño, aquellos indolentes frente a la verdad que tienen la conciencia cauterizada; los que de tanto repetirla, se han creído su propia mentira. Los que no se ruborizan por torcer la verdad a su favor o sólo para perjudicar a quien no piensa como ellos. Estos esclavos en muchos casos son letrados, pero están envilecidos por el poder y por el odio.
Y ¿por qué no hablar de las pasiones desordenadas? Hay quienes son esclavos del libertinaje en el sexo, la sodomía, la pornografía y otras prácticas que los degradan como seres humanos.
Por tanto, a los buscadores de esclavos, un consejo: miren de frente un espejo, y también a su alrededor, tal vez eso les ayude a descubrir otra dimensión de la esclavitud que existe.
*Gary A. Rodríguez A. es economista y gerente general del IBCE.
Para Santa Cruz, no para el país
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¿Qué estamos haciendo en Haití?
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