La Muralla China fue construida a lo largo de miles de kilómetros y cientos de años para proteger al poderoso imperio que regocijaba en ella, sin detener las guerras y la muerte que lo asolaron. El Muro de Berlín no pudo impedir que los dos pedazos de Alemania se volvieran a juntar, cayó con estrépito hace 20 años y todavía quedan sus rastros, que los alemanes muestran con una sonrisa triste ´para que no vuelva a ocurrir´.
Todavía quedan vestigios de la Guerra Fría en el paralelo 38, que divide las dos Coreas en la zona que se conoce como ´la más militarizada del mundo´. Nicosia, capital de Chipre, aún sigue partida en dos con la denominada ´Línea Verde´ que separa a los chipriotas de origen turco de los de origen griego. El cerco que limita Palestina con Rafah fue volado por militantes de Hamas y no pudo detener a los miles de palestinos que cruzaron la Franja de Gaza. En Marruecos, el Muro de la Vergüenza fue construido ´con bolsas de arena a lo largo de 2.400 kilómetros cruzando el Sahara Occidental para evitar la entrada de independentistas´, sin lograrlo.
Los enclaves españoles en Melilla y Ceuta tampoco detienen a los africanos que, huyendo del hambre, la guerra y la miseria, van tras un sueño que a veces se cumple y a veces termina con la muerte. Un muro de 550 kilómetros separaba en los años 90 a la India de Cachemira. Cien kilómetros más tenía el Cerco de Cisjordania, construido por el gobierno israelí, que no logró frenar los ataques palestinos. De concreto es el muro que Arabia Saudita construyó a lo largo de su frontera con Yemen.
Pakistán cree que se separa de Afganistán construyendo un muro de defensa. En Bagdad es el gobierno de Estados Unidos quien construye un muro para separar barrios sunnitas de los chiítas en medio de una supuesta guerra de liberación que se ha convertido en burla y escarnio.
También es Estados Unidos el que construye un muro de más de 3.000 kilómetros en su frontera con México, pretendiendo detener el imparable flujo de emigrantes a los que ellos ya robaron una vez, por los mismos territorios que ahora quieren defender.
Nosotros, aquí y ahora, en Bolivia, estamos construyendo nuestro propio muro de la infamia, dizque para separar cambas de collas, dizque para eliminar la brecha entre pobres y ricos; para definir el destino del país como comunitario o neoliberal.
Nuestra historia republicana está llena de señales que muestran el anhelo de la integración, las apuestas compartidas, búsqueda de complementariedad. Nuestra vida cotidiana está desbordada por las experiencias exitosas de convivencias interculturales en la comida, los matrimonios, los emprendimientos económicos y los barrios y ciudades levantados a pulso por gente que viene de otros lares y raíces.
Sin embargo, ciegos y sordos a esas señales, estamos levantando ese muro con recelo, ignorancia y mala leche desde los dos lados. ¿Cómo explicar este insano impulso de los seres humanos? ¿De qué forma abismal el instinto de protección de lo propio termina por convertirse en acción ofensiva contra los otros?
De arena, hormigón, hierro, rayos láser, alambres de púa, piedras, electricidad, soldados armados, poderosos jeeps patrulleros, mentiras, ignorancia y desconfianza… no importa de qué estén hechos, todos estos muros de la infamia pretenden separar gente, países, comunidades, historias, opciones y destinos. Pero todos terminan por caer.
(Con datos de Adriana Rivas, 2007).
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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