Los jóvenes y cholitas pasean y beben en bares de cuatro ruedas Los colegiales que no tienen coches particulares llaman radiotaxis y los contratan por horas. El costo varía entre Bs 35 y Bs 50 la hora. Algunos optan por consumir bebidas alcohólicas dentro de los motorizados.
Eran las cuatro de la tarde de un sábado. La central telefónica del radiotaxi Remisse recibía llamadas comunes. Cuando el operador contesta una joven y tímida voz se escucha tras el auricular: “Mándeme un móvil adaptado a la puerta del Correo para dar vueltas durante tres horas...”.
El operador dice que no es la primera vez que recibe ese tipo de llamadas. En fin de semana, las mismas se multiplican y él conoce perfectamente qué vehículos fueron equipados especial- mente para llevar de paseo a los jóvenes.
“Móvil 21... ¡atento móvil 21!”, dice el operador y anuncia el destino donde aguardan los jóvenes.
El radiotaxista se alista, prueba sus parlantes, más grandes de los comunes y pone en su radio un CD con lo último de Daddy Yankee.
Los clientes abordan el coche que será suyo por más de una hora, no piden que se cambie la música, abren las ventanas y dan la orden de pasear por el centro.
No pasa ni media hora y los jóvenes hacen parar el carro. Compran un combo (gaseosa, ron, vasos de plástico y una bolsa para mezclar), vuelven al coche y piden más volumen. “Uno de ellos se embriagó rapidito y se quedó dormido, mientras los demás seguían bebiendo. Cuando veían chicas simpáticas tenía que ir más lento para que puedan piropearlas” cuenta Roberto Clavijo, chofer de ese móvil.
Más de una hora ha pasado y en la avenida Camacho los colegiales (mareados) piden al chofer que se detenga cerca de un grupo de jovencitas. La puertas se abren y casi todos salen corriendo. Uno se queda adentro, el que está dormido. Clavijo no sabe lo qué pasa hasta que mira a la ventana y una señora está parada a lado del vehículo.
“La señora no paraba de gritar, pensaba que yo le había hecho tomar a su hijo. Quería llevarme a la Policía y el chango no se despertaba. Más bien, casi media hora después, entendió que no conocía a su hijo. Se fueron y ni me pagaron”, recuerda y asegura que ahora está atento a que sus clientes no huyan.
Ante el control de las plazas donde, por lo general, los jóvenes suelen consumir bebidas alcohólicas, éstos optaron por “vu- eltear” y beber dentro de los vehículos del servicio público.
Algunos jóvenes consultados por La Razón coincidieron en que no siempre contratan radiotaxis para consumir bebidas alcohólicas, sino para vueltear (pasear) y chequear (mirar). Los sitios preferidos son por Sopocachi y el centro de la urbe.
Hay radiotaxistas que prohíben comer, beber o fumar dentro de sus vehículos. La mayoría de los que pide el servicio está en los últimos cursos del colegio.
El costo del servicio va desde 35 bolivianos hasta 50 si son cinco personas. “Yo ya no hago el servicio porque los chicos se han degenerado y ahora toman mucho”, comenta un conductor que ya no ofrece el servicio, pues asegura que la gente en estado de ebriedad suele pelear y discutir adentro y afuera del coche.
Otra anécdota surge del recuerdo de los conductores de radiotaxis. Tres quinceañeras vestidas de pollera son las protagonistas. Se suben al radiotaxi y le piden al chofer que las lleve de paseo y que ponga buena música.
¡Marilyn!, ¡Marilyn! cantan mientras abren una de las seis botellas de cerveza que introdujeron al carro, cuenta Pedro Huayhua, conductor del radiotaxi Droopy que tiene seis parlantes y un equipo que lee MP3.
Después de pasar por la Garita de Lima, la Tumusla, la plaza Eguino y llegar hasta la Pérez Velasco la cerveza tuvo efecto. “Casi todas reían, pero una estaba a punto de llorar por su chico. Yo no intentaba ni mirarlas para que no se incomoden”. Una hora después, una de las cholitas le pide al chofer que pare porque está indispuesta, pero no podía porque estaba en medio del congestionamiento. “Le dije que espere un poco, pero no pudo y por no ensuciar mi auto, vomitó en su sombrero. No sabía si reírme o enojarme y no me quedó más que pedirles que se bajen”.
De todas las historias que ruedan por la ciudad, en algunas hay víctimas. El amigo de un radiotaxista que sufrió un atraco contó que cuatro jóvenes se embarcaron en el móvil Car Máster, a la altura de la plaza Villarroel. Lo contrataron por dos horas y le pidieron ir al cruce de las Villas. “Antes de llegar sacaron un cable y le quisieron acogotar. Por suerte no lo mataron, pero lo dejaron inconsciente y le robaron su licencia, su radio y su billetera con toda su plata”.
Justo Prudencio, es conductor del radiotaxi Candy. “Le puse a mi auto llantas con tapas cromadas, forros de cuero, un equipo de sonido digital y compré más de 30 CD de música variada. Me fue bien. Un día me contrataron tres jóvenes que llegaron de Sucre. No tomaron ni fumaron y querían manejar mi carro. Parecían tranquilos así que los dejé. Uno de ellos se chocó con un poste y yo terminé en Tránsito.
“La señora no paraba de gritar, pensaba que yo le había hecho tomar a su hijo ” Roberto Clavijo, conductor del radiotaxi Remisse.