Fue en su momento el centro comercial más importante del sur de Bolivia, hoy es todo un monumento nacional que alberga a la Casa de la Cultura de la ciudad andaluz.
Texto: Abdel Padilla Vargas • Fotos: Casa de la Cultura de Tarija y David Guzmán
Al más perspicaz de los lectores pudo habérsele pasado que el ajetreado billete naranja de 20 bolivianos tiene como figura central un edificio de dos plantas con numerosos balcones, todos iguales, casi calcados. Alguno se habrá percatado que la inscripción en la parte izquierda inferior de la figura dice “Casa Dorada, Tarija”. Excepcionalmente, está quien —lo más probable y deseable es que esta persona sea, precisamente, de Tarija— es consciente del valor de lo que representa esta casa: todo un monumento nacional y uno de los mayores orgullos chapacos.
Su inauguración, el 1 de enero, opacó los festejos del Año Nuevo de Tarija de 1903, lo opacó o le dio mayor brillo, como se mire. Después de todo, los dueños —los esposos Moisés Navajas Ichazo y Esperanza Morales Serrano— habían esperado 16 años para que llegue ese día. Tres lustros desde que la obra fue concebida y proyectada por los arquitectos suizo-italianos Miguel y Antonio Camponovo Pagano.
En este lapso, se labró detalle a detalle cada uno de los espacios distribuidos en las dos plantas, destinadas a convertirse, como finalmente lo fue, en el mayor centro comercial de Tarija y uno de los más grandes del sur boliviano; algo así como una especie de shopping de inicios del siglo XX.
105 años después, la estructura sigue en pie, es más, está en pleno proceso de refacción, y alberga a la actual Casa de la Cultura de Tarija, en la intersección de las calles Bernardo Trigo e Ingavi.
Mezcla de estilos
El estilo bajo el cual fue concebida corresponde al llamado Art Nouveau o —para ser más precisos— al Eclecticismo, que no era otra cosa —dice el investigador Guido Medinaceli, en “Historia de la Casa Dorada”— que una mezcla de estilos pasados, como el renacentista, el gótico, el barroco, el neoclásico y el mudéjar. No se olvide que la primera etapa del periodo republicano fue una época en América Latina en la que se intentó recuperar el arte clásico de la Vieja Europa de entonces.
“La simetría es característica de esta joya arquitectónica, planificada minuciosamente, tanto en los detalles estructurales como en la delicada y difícil ornamentación, la plafonería y pintura mural, siendo autores de estas dos últimas José Strocco, arquitecto y pintor italiano, y Helvecio Camponovo, este último hermano de los proyectistas y constructores de la casa”, dice Adela Lea Plaza, directora de la Casa de Cultura, para quien la mansión abrió sus puertas no el 1 sino el 3 de enero.
La suerte del diablo
Como se dijo, la casa consta de dos plantas. “Las puertas de la planta baja, en ambos frentes de las calles, tienen arcos levemente apuntados sobre columnas de pedestal con decoración floral. La parte superior de las puertas luce hierro forjado y todas ellas están recubiertas de láminas metálicas con repujados ornamentales”, describe Medinaceli.
Llama la atención en esta planta la gran cantidad de dependencias, reservadas la mayoría a las tiendas de artículos importados de Europa y Estados Unidos, lo que convirtió al lugar en el centro comercial más importante del sur de Bolivia, dice el investigador.
Farmacia, ferretería, cristalería, papelería, venta de ropa y telas finas para hombres y mujeres, porcelanas, perfumería y cosméticos, fueron algunos de los servicios ofrecidos en estas tiendas, y de los cuales quedan todavía catálogos. Hoy, algunos de estos ambientes están reservados para el auditorio, la biblioteca, la hemeroteca, la galería de arte, el foyer de ingreso al teatro y las oficinas administrativas de la Casa de la Cultura, que es tal desde julio de 1985, cuando la Universidad Juan Misael Saracho —que años antes la había adquirido— autorizó su pleno funcionamiento a iniciativa de Óscar Prada.
No cabe duda que el comercio fue la principal actividad y sustento económico de los esposos Navajas Morales. La bonanza fue tal que en algún momento corrió la voz que él, Moisés, jugaba taba con el diablo, que —comenta Lea Plaza— le dejaba ganar las partidas para incentivar su codicia y así alimentar su fortuna. Fue uno de los tantos rumores que nació en la esfera popular.
Los esposos Navajas Morales —sigue Lea Plaza—, si bien pertenecían a un cerrado círculo de amistades, abrían las puertas de su mansión una vez al año, cuando ofrecían un “sarao” a las comparsas carnavaleras en su condición de padrinos de las carnestolendas chapacas.
La fuerza de las cariátides
En la planta alta, donde se dice que aún pasean vigilantes los espíritus de los esposos Navajas Morales, se conserva parte del mobiliario de estilo victoriano, repartido —relata la directora de la Casa de la Cultura— en habitaciones empapeladas, con grandes espejos de lunas venecianas biseladas y marcos moldurados en pan de oro, sobre alfombras persas y ventanas cubiertas con cortinas de damasco, arañas de cristal de roca, plafones pintados al óleo, consolas de madera tallada y ornamentos en pan de oro.
Por fuera destacan los balcones de hierro forjado, las columnas soportadas por cariátides, con puertas coronadas por frontones circulares, sobre los cuales están las cornisas y pretiles.
A estos ambientes se suma un gran comedor, donde se conservan tapices persas, cortinas de gobelinos, centros de mesa en ópalo, lámparas que combinan ópalo con cristal de roca y cristal tallado, esculturas en yeso de cristal y algunos otros muebles que pertenecieron a los propietarios.
Un ambiente ineludible es el salón principal, que “es una dependencia señorial donde se recibían a las visitas especiales y a los invitados, en general, de las innumerables fiestas o saraos que ofrecían don Moisés y doña Esperanza. El piso del lugar está recubierto por alfombras persas floreadas con colores que van del crema amarillento hasta el crema intenso. Los muros están empapelados de color dorado. En las puertas aún se conservan las cortinas originales de color damasco. Sólo quedan tres de las cortinas que dan a la calle... Por otro lado, hay cuatro consolas de madera tallada, con tapas de mármol belga, sobre las que se han colocado esculturas de bronce”, reseña Medinaceli.
Cierra la lista de dependencias nada menos que una capilla y oratorio privado, donde no sólo se oraba sino que se celebraban misas y hasta matrimonios.
Con datos de Historia de la Casa Dorada, de Guido Medinaceli.
EL PIANO
Uno de los tesoros de la Casa Dorada es un piano original de la firma Steinway & Sons, traído por la ex presidente Aniceto Arce a Tarija para una de sus sobrinas, luego de ser comprado en una exposición de dicha firma. Años después fue adquirida por la Corporación de Desarrollo de Tarija para la Casa de la Cultura, donde en algún tiempo más será objeto de un minucioso trabajo de restauración con piezas originales, financiado por la Embajada de Holanda. Se dice que el instrumento fue traído desde el puerto al que llegó a lomo de mula y sobre las espaldas de un grupo de hombres.
CAPILLA
Ubicada en la planta baja de la Casa Dorada, al fondo de la galería paralela a la calle general Trigo, se encuentra la que fue la capilla y oratorio privado de los esposos Navajas Morales, donde se celebraban distintas ceremonias y rituales católicos, como misas y matrimonios, lo que contaba con la autorización del propio Papa Pío XII. En el lugar destaca —dice el investigador Guido Medinaceli— una cúpula bajo la cual está ubicada la imagen del Corazón de María. También están las figuras de San Antonio de Padua, San Buenaventura, San Judas Tadeo y el Niño Jesús de Praga.