La casa hotel Villa Saracena, a 10 minutos de Coroico, es la primera experiencia en la región que invita a dejar la ciudad por un par de días a cambio de un encuentro cercano con la naturaleza de los Yungas y en compañía de toda la familia.
Texto: Jorge Quispe • Fotos: Nicolás Quinteros
Una cascada pasa por el centro del cafetal. Chirimoyas, limas, mandarinas, naranjas, higos y paltas cuelgan de los árboles. Por la noche, se puede ver a pequeños monos ir de rama en rama y por la mañana observar el nevado del Mururata, para luego darse un chapuzón en la piscina de la casa hotel Villa Saracena, en Coroico.
“La vía indecisa al norte”, “el mirador curioso”, una pequeña cancha de fútbol y hasta un “sendero arácnido”, entre otros, esperan a quienes buscan aventura y diversión en cerca de una hectárea y media dentro de la comunidad Panqarani, a menos de 10 minutos de la capital coroiqueña y a 111,5 kilómetros, por carretera, de la sede de gobierno.
“Villa Saracena es una casa. La idea es dar a nuestros huéspedes un servicio de excelencia y tratarlos como si estuvieran en su propia vivienda. Es como si te fueras de tu casa a otra, pero que también es tuya, esa es nuestra filosofía´, cuenta el vallegrandino Jaime Vizcarra Cuéllar (50).
Con una capacidad máxima para nueve personas, la casa hotel es la nueva opción turística para acoger a una familia entera o un grupo de amigos durante los fines de semana. “Un sitio donde el contacto con la naturaleza, fuera del estrés de la ciudad, y un clima agradable, están garantizados´.
Villa Saracena (o Sarachena, en italiano) debe su nombre a un pequeño pueblo al sur de Italia, rodeado de montañas a orillas del Mar Adriático, un lugar donde nacieron los abuelos maternos de la familia Vizcarra Cuéllar.
Como en la propia casa
A principios de este año, unos franceses alquilaron la morada durante dos días. Disfrutaron de los 25 grados centígrados, de la piscina de 15 por seis metros, jugaron fútbol y hasta cocinaron un lechón, la especialidad de moda en Villa Saracena, donde un parrillero y un horno permiten preparar el menú que uno desee.
Un fin de semana en el campo. Eso ofrece Villa Saracena, donde los huéspedes pueden llevar sus víveres para cocinar, hornear su propio pan y hasta hacer un camping en una superficie abierta de 30 por 20 metros.
Una cocina, un comedor y una sala están conectados con la planta alta por 16 peldaños. Arriba aguarda una terraza con la mejor vista de los Yungas, además de tres dormitorios, dos de ellos matrimoniales, con duchas y baño.
La mueblería conduce al pasado. La casa es de tipo colonial inglés, con ventanas amplias para apreciar el espectáculo natural y con una mesa chuquisaqueña de principios del siglo XX.
Jaime compró el terreno en 1993, la construcción de la casa terminó el 2000 y tres años después se instalaron los muebles. El 2006 empezó a operar como casa hotel Villa Saracena.
Diego Vargas Farfat fue el arquitecto y el estadounidense Robert Cashen, el constructor.
“Tuvimos que traer hasta picapedreros desde La Paz para cortar y labrar la piedra”, recuerda Jaime. Aquello fue todo un desafío, pero el gran reto fue construir la vivienda en pleno monte, donde las pendientes son pronunciadas y se deben edificar takanas o protectores para sostener los muros. La labor fue encomendada a Mario Mamani Machaca (45). El coroiqueño conoce como pocos el lugar y sus takanas son parecidas a los muros prehispánicos.
La terraza domina todo
Jaime está empapado. Llega a su lugar favorito: la terraza al lado de la principal suite. Un café extraído del cafetal de la villa aplaca la sed. En la casa hotel nada fue construido al azar. La escalera está hecha con madera huasikuchu, una especie inmune a las termitas, mientras que las tejas y cerámicas \'blindan\' a la vivienda. Afuera piedra labrada y cortada rodean la hectárea y media. La casa tiene capacidad para siete personas, pero puede recibir a nueve.
Desde el mirador uno puede sentirse como en el cielo. “Cada mañana, la neblina llega hasta la terraza y es como si estuvieras encima de un avión”, dice Jaime mientras trata de divisar el Mururata y el Huayna Potosí, montañas que son visibles al amanecer.
Una vez en la planta baja, Jaime invita a descansar en una hamaca. ´La galería´, así se llama el espacio dedicado a la lectura, a sólo dos metros de la abundante vegetación en el bosque natural.
Si bien existen familias que prefieren cocinar su propia comida, hay jóvenes que se inclinan por descansar y gozar de la piscina.
El estanque tiene una profundidad máxima de 1,80 metros. Da la impresión de ser un pequeño mar azul en medio de la vegetación.
Mario, el cuidador y encargado del lugar, recomienda: “Los niños siempre deben tener cuidado cuando dan vueltas a la piscina, pero para eso también estamos nosotros, para velar por ellos”.
En toda la propiedad, un dócil amigo da la bienvenida a los visitantes. Se trata de \'Ron\', un perro pastor alemán de tres años, que juega en el bosquecillo y por momentos se refresca en la piscina.
Del camino arácnido al falso
Es difícil perderse en la Villa Saracena. Todo camino tiene su cartel. Desde la “Vía indecisa al norte” se puede ir al “Camino falso” para empalmar con el “Camino no sé cómo explicarle”, tomar “La ruta olvidada” y llegar a “La senda de víboras” y al “Camino arácnido”. En el recorrido de 800 metros puede hacerse una pausa en la “Plaza Glorieta”, para luego observar la vegetación desde “El mirador curioso”.
Silvia Vizcarra, hija del propietario de la villa, bautizó así a cada una de las sendas. Jaime suelta una sonrisa cuando transita por la ruta de “Las paltas chinchosas”.
Todo el trayecto se puede realizar en media hora. Durante ese espacio se puede observar la cascada natural, ver un pequeño ejército de hormigas en busca de comida, con suerte hasta una comadreja y en las copas de los árboles nidos colgados como cocos de los uchis, una especie de pájaro de cola amarilla.
Mario recuerda que una vez vio incluso un sari, una especie parecida al cerdo de monte, es común también observar ardillas y loros.
Además de los árboles frutales y el cafetal, la variedad de flores y vegetación es muy rica, una muestra son las buganvillas, las jacarandás, los tolomeros, los jazmines y el bambú. Flores guindas, rojas, amarillas, blancas, violetas pintan la estancia.
En Villa Saracena todo es natural, hasta sus muros perimetrales. A diferencia de algunos inmuebles de la zona que prefirieron construir paredes de ladrillos, la cerca de la propiedad es de pino. Jaime trajo 500 de esos árboles que fueron instalados a lo largo de toda la hectárea y media.
Caminar entre rutas, refrescarse con la cascada, sentir la fragancia del jazmín y escuchar el trinar de los pájaros, eso y más ofrece Villa Saracena en Coroico.
Atrás quedaron los 30 viajes anuales que Jaime y su hijo del mismo nombre hacían en la década del 90, el dueño de la villa le perdió miedo a la carretera antigua, pero aún le tiene respeto. Hoy, con la construcción acabada invita a pasar el fin de semana “en casa como si estuvieras en casa”.
Jamás olvidará mayo del 2006, cuando inauguraron la villa, pero cree que hay todavía mucho por mejorar para dar, cada vez más, un servicio de mayor calidad.
Al propietario le encanta, en particular, una planta denominada “mujer trabajadora”, que da frutos durante todo el año y que crece junto a la cascada. Jaime cree que las personas deben asumir aquello como filosofía diaria.
“Deberíamos tener más casas hotel para los turistas y para nuestra gente. En Chile esto funciona muy bien, porque la idea es que cuando uno salga de casa se sienta como en su propia vivienda mientras pasa sus vacaciones”.
Junio y julio son las mejores épocas del año en los Yungas, pero el calor humano en la villa se siente durante los 365 días.
Mario abre la puerta principal y junto a él esta el leal \'Ron\', llega un grupo de jóvenes, preguntan por la piscina y el parrillero. Un fin de semana comienza, los siete adolescentes quieren sentirse como en La Paz. “Pasen y siéntanse como en su propia casa”.
BRÚJULA
Salidas. Para llegar a la villa se debe ir primero a Coroico y desde la plaza tomar un minibús hacia Carmen Pampa. El costo del pasaje es de dos bolivianos. El taxi cobra 10 y el recorrido a pie dura 20 minutos. La villa está a kilómetro y medio de Coroico.
Precios. Por un día, en fin de semana, y por siete personas, la villa cobra 600 bolivianos. De lunes a jueves 525. La página web es: www.villasaracena.com