Ampliando la perspectiva de los fríos números del calendario, este momento tiene la peculiaridad de que quedará registrado, con un título especial y destacado, entre los grandes hitos de la historia. Nadie puede dudarlo. Con todo, la vida no acaba en el M4.
La vida no acaba en el M4. Desde donde se lo mire, el país está más politizado que nunca; en estos días, vive pendiente de los acontecimientos previos al 4 de mayo (M4), cuando los cruceños definirán el futuro de su autonomía porque, en las urnas, mediante un referéndum, decidirán si aceptan o rechazan el proyecto de Estatuto Autonómico.
Está claro que la coyuntura política acapara la atención de los medios de comunicación, y que incluso, debido al clima de tensión y de incertidumbre social, tal situación está mereciendo un particular interés de otros países del mundo.
Evidentemente, lo que ocurra dentro de una semana puede cambiar el rumbo de la política nacional, ya sea fortaleciendo o debilitando al oficialismo o a la oposición.
Es más, ampliando la perspectiva de los fríos números del calendario, este momento tiene la peculiaridad de que quedará registrado, con un título especial y destacado, entre los grandes hitos de la historia del país. Nadie puede dudarlo.
Con todo, la vida no acaba en el M4.
Quién puede negar que las autonomías departamentales darán paso a una nueva nación. Para bien o para mal, esta profundización del manejo descentralizado de la administración estatal, después de 14 años de experiencias similares en los municipios del país, se anuncia como un cambio radical de la forma de pensar y de ver a Bolivia proyectándose hacia el futuro sobre la base de departamentos pujantes y menos dependientes del Gobierno central.
Algunos, los pesimistas, auguran que las autonomías departamentales, tal como están planteadas en el proyecto de Estatuto de Santa Cruz, hasta pueden abrir las puertas a un cambio perjudicial de la forma de organización del Estado nacional. En un tono fatalista, advierten con que éste sería el primer paso hacia la independencia de esa región oriental y, consecuentemente, hacia el desmembramiento del territorio boliviano.
Otros, advierten que vamos camino a una futura modificación del Estado Unitario por uno Federal, el mismo sistema que adoptaron, hace mucho, Argentina y Brasil.
Y los optimistas aseguran que la Bolivia de las autonomías será la más próspera de todas, porque desconcentrará el poder anquilosado en la plaza Murillo y permitirá, dicen ellos, un desarrollo más equitativo de los nueve departamentos del país.
En este maremágnum de posiciones, sazonado con amenazas de quiebre institucional y con el miedo latente de que autonomistas y masistas choquen frontalmente el M4, la población deglute como puede la diaria ración de política que los medios de comunicación servimos casi sin darnos cuenta de que la vida, en realidad, no acaba el 4 de mayo.
Es que, por más importante que sea, el M4 no lo es todo.
Aparte de la conflictiva (y desmoralizadora) situación macro del país, la gente común tiene problemas cercanos, que tocan directamente a su comunidad, a su barrio, como la inseguridad y los accidentes viales, la deficiente atención en los hospitales públicos, los virus que amenazan a sus hijos, los caminos en malas condiciones, la proliferación de las drogas...
El M4, en definitiva, puede ser determinante para todos. Pero aun así, el país, la vida, no se detiene por un día.