Si entendemos por oportunismo, la actitud de sacrificar los principios para adaptarse a las circunstancias del momento, podríamos comprender algunas acciones del Presidente de la República. Algunas, porque ciertamente no abandona ese discurso victimista, que se ha hecho una verdadera cantaleta, en el que lo único que varía son los casos accidentales mientras la substancia permanece idéntica. ¿Cómo calificar, sino de oportunista, el intento de acercamiento del Presidente hacia la alta jerarquía católica?
El Presidente y su gobierno no están dispuestos a dialogar —en eso no traiciona su convicción marxistoide de ser un mesías catalizador de una inexorable revolución liberadora—, pues el diálogo implica aceptar que la postura personal es susceptible de ser mejorada por la opinión del otro. El Presidente nunca ha dejado de considerar a sus opositores como oligarcas egoístas e inhumanos, llegando a calificarlos de esclavistas, sabiendo que para la mayoría de los mortales la palabra esclavo, y sus derivadas, tiene un significado bien claro. Muy a pesar de supuestos entendidos que con segundas acepciones —en vez de dedicarse a lo que deberían— sólo ayudan a acrecentar la confusión general.
Y como el recurso oportunista del Presidente no resultó como quería, no duda en ´sentirse traicionado´ para añadir inmediatamente después un eslogan típico de una víctima: ´No importa que no nos ayuden en esta lucha, pero que ayuden a la gente que necesita´. Y para confirmar ese afán oportunista al buscar el apoyo de la jerarquía católica, al ´sentirse traicionado´, busca el apoyo —obviamente oportunista— de otras denominaciones cristianas, las cuales por tener sus cinco minutos de fama no dudan en entrar al juego del Presidente; aunque, deberían saber que la solución a los problemas nacionales no pasa por cuál sea la religión mediadora. ¿Qué seguirá después?, ¿una petición de mediación al Dalai Lama, que ya bastante tiene que bregar por la liberación de su nación cautiva?
Más bien para todos, la Iglesia ha demostrado nuevamente la grandeza espiritual que es capaz de infundir en sus miembros, en este caso particular la grandeza de este buen pastor —el Cardenal— que brindó apoyo, junto con los demás pastores de la Iglesia, a pesar de lo comprometido de la situación, y que además lo hace capaz de ofrecer esa bendita otra mejilla ante los agravios de propios y extraños.
*Jorge Eduardo Velarde R. es cientista político.
El fin del Estado Unitario
En un texto juvenil (La positividad de la religión cristiana, escrito en 1800), el filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel decía que la historia avanza casi siempre por el "lado malo", en referencia a que, en el juego dialéctico de la unidad y lucha de contrarios, existen fuerzas muy poderosas que definen el curso de los hechos, muchas veces contrariando a las intenciones de los protagonistas de los cambios sociales.
El Cardenal y el padrecito
Una frase del Cardenal sembró tolvanera estos días. Luego, Xavier Albó defendió la hipérbole para la que esclavismo es, finalmente, un modo de servidumbre.