Los libros de la biblioteca de mi padre sufrieron entre traslado y traslado, a pesar del cuidado que él ponía para aminorar los daños. Los embaladores fueron poco cuidadosos con todo lo que no tenía por delante la etiqueta de frágil y los libros, si bien lo eran de muchas maneras sin parecerlo, no recibieron atención especial. Tampoco el clima de los lugares por donde pasaron les dispensó un trato considerado. Las hojas se volvieron amarillas y manchadas como mano de viejo, los lomos se despegaron dejando a la intemperie su cosido, convertido en manjar de voraces turiros.
Hace unos días, mi mujer ganada a la estética minimalista, que en buen romance quiere decir botar todo lo que esté al paso, y yo, que no comparto el gusto del momento, decidimos poner orden en el naufragio de los libros que me tocaron en herencia. No quedaban allí los ejemplares raros, las ediciones especiales, los grandes autores. Esos encontraron pronto propietario y lugar en los anaqueles. Ese mundo, como cualquier otro, también tiene sus jerarquías y su orden. Sólo había obras baratas, impresiones pobres en papel corriente.
Grande fue mi sorpresa cuando en medio de ese revoltijo encontré un ejemplar de Sobre la cruz de la espada de Claudio Cortez con la firma de Víctor Paz Estenssoro y fechado en 1942, año en que esa obra ganó el primer premio del concurso municipal de literatura, en La Paz, con un jurado encabezado por Augusto Céspedes. Quiero creer que V .P. E. se la regaló a mi padre para compartir una lectura que juzgó interesante, o tal vez fue lo contrario. Por aquel entonces, los Paz y nosotros compartíamos la misma casa a la entrada de la Cañada Strongest, que aún está en pie, cada familia en su departamento. Imagino al Dr. Paz con un traje a rayas oscuro, cruzado, de amplias solapas, adornado con una severa corbata, paseando por la calle Comercio cuando a través de sus gruesos lentes vio en una librería el texto de Cortez y lo compró o tal vez la Alcaldía se lo envió como obsequio; ya era un personaje en la política nacional.
Mis hallazgos no terminaron ahí. Caí sobre otro primer Premio a la Cultura, Los títeres de la meseta, 1952, de Hugo Blym, seudónimo de Hugo Vilela, en impresión barata y con errores tipográficos. Al contacto con esas pobres presentaciones gráficas recordé la vida austera de los bolivianos de antes de 1952, para quienes las historias de esos libros evocaban problemas que les tocaban de cerca. Aunque seguramente éstos, de modesta apariencia, encuadernados en tapas de cartulina ajada, salpicados de expresiones datadas, no han terminado de contar sus relatos. Hay cierta sensualidad en hojear las páginas de viejos libros, dijo alguien, que pasaron por otras manos, por otras cuitas.
No había leído ni uno ni otro. Busqué información sobre ellos en varias historias de la literatura y fue relativamente poco lo que hallé. Ninguno, en el momento del premio, era un escritor primerizo. Ambos eran conocidos dentro y fuera del país y contaban con varias distinciones internacionales. Intenté saber algo más y pregunté a profesores de Literatura si los conocían. Las respuestas fueron generales. Habían visto algún texto por ahí, uno leyó una narración de Cortez, pero no recordaba bien el argumento.
¿Cuántos otros laureados celebrados en su momento, por el público y la crítica, sufrirán el mismo destino, apenas recordados o sencillamente olvidados? Un sentimiento de esfuerzos y ambiciones perdidas me invadió. ¿Alguno de esos escritores pudo imaginar que, una generación más tarde, casi ningún lector culto sabría de sus obras, de sus desvelos? No faltarán quienes piensen como el poeta inglés J. Webster que la gloria, como las estrellas fugaces, brillan a lo lejos, pero de cerca no tienen ni luz ni calor, achacando así a la calidad de las obras la suerte corrida por los autores. Pero tal vez la conclusión sea un tanto precipitada.
Que el olvido sea pronto y largo no constituye un motivo de escándalo ni de sorpresa. No son los únicos cuyos libros pasados apenas resuenan para su posteridad, carente de interés para averiguar qué ocurrió con ellos. Lo mismo que con un buen número de premios Nobel de Literatura, escasamente conocidos, con excepción de un reducido público de especialistas. Y se trata de personalidades escogidas al peine fino. Pedir, mencionar los nombres de los premiados los tres últimos años constituye una prueba de conocimientos exigente. ¿Quién?, ¿Pamuk ? Sí, he oído algo. Ya sé, ¿un escritor egipcio? Falló. Por eso, los nobeles se han convertido en las casillas bravas de los geniogramas y otros entretenimientos parecidos, para los que no tienen a mano la última versión del Almanaque Mundial de Selecciones.
Ignoro el valor actual que puedan tener los hallazgos, tema por demás relativo. Pero me resisto a creer que el desconocimiento de hoy se debe sólo a las debilidades de los textos, sobrevaluados en su momento por jurados sospechosos de actuar bajo presiones ajenas a la literatura, igual que el Nobel. ¿Acaso no se postergó a Borges por escritores de talla menor, según la crítica?
Parte de la respuesta parece encontrarse en la sociedad moderna dominada por las comunicaciones electrónicas, que ponen lo que ocurre en cualquier lugar del globo al alcance de todo público, en tiempo real, ávida de novedad que provoca la obsolescencia rápida de hombres, ideas y objetos. Como pocas veces en la historia de la humanidad, la búsqueda de lo nuevo por lo nuevo se ha vuelto un fin en sí mismo. Abundan los escritores, artistas, los festivales, los premios que se empujan los unos a los otros pasando fugazmente por un escenario asimismo efímero. Como sostiene G. Steiner, se vive en una ´cultura de casino´ donde todo producto del ingenio o del arte de los hombres se ha concebido para eliminar, para desechar al precedente. La tendencia es pesada, pero no una fatalidad. Un texto, una pintura o una biografía pueden desempolvarse. Cortez, Blym y algunos más quizá esperan una relectura para volver a hablarnos.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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