Una melancolía innegable se apoderó ayer de muchos hogares austríacos de esta aldea en la que, según la policía, Josef Fritzl encarceló a su hija durante 24 años en un sótano sin ventanas y a prueba de sonidos y en el que tuvo con ella siete hijos.
Muchos austríacos se preguntaron si su cerrada sociedad y su sacrosanta privacidad contribuyeron a semejante aberración —a menos de dos años que una joven escapara de su torturador en otro caso muy llamativo—.
"Sin duda, esta experiencia demostró que el sistema no funciona", dijo Wolfgang Bachmayer, encargado de reparar la maltrecha imagen nacional.
"Se trata de tener una sociedad que funcione", dijo Bachmayer, que dirige el Instituto Austríaco de Mercadeo. "Las autoridades no pueden vigilar todo y mirar en cada dormitorio. Sólo resta esperar que los políticos adopten la decisión adecuada".
Empero, otras personas se preguntan si hay causas más siniestras detrás de estos hechos.
Natascha Kampusch, una niña pecosa de 10 años cuando fue secuestrada camino de la escuela en 1998 y encerrada en un calabozo durante casi 8 años, dijo a la British Broadcasting Corp., en una entrevista, que en su opinión la pasada complicidad de Austria con los nazis es parcialmente responsable de la situación.
Los abusos existen en todo el mundo, indicó, "pero creo que es también una ramificación de la Segunda Guerra Mundial". Fritzl tenía sólo tres años cuando los nazis se anexionaron Austria en 1938. Era un adolescente impresionable cuando Amstetten, su ciudad natal, sufrió un intenso bombardeo aliado.
En un nuevo giro grotesco, los investigadores revelaron ayer que Fritzl advirtió a sus cautivos que si lo atacaban en un intento de fuga, soltaría gases tóxicos.
Los nazis mataron con gases a millones de judíos en los campos de concentración como el de Mauthausen, que no está lejos de Amstetten. No estaba claro si Fritzl había instalado dispositivos para liberar gases tóxicos en el sótano. Amstteten (Austria), AP