Historia del “monstruo” de Austria El caso del “monstruo de Austria”, que secuestró y violó a su hija, estremeció a los austriacos y abrió interrogantes sobre ese país. Dos sucesos similares se produjeron en sus tierras. Hoy, el trabajo de las instituciones estatales está en entredicho.
“¿CUÁNTO SABÍAN EN REALIDAD LAS AUTORIDADES?” • Eso se preguntaba ayer uno de los periódicos que circulan en Austria. Los medios de comunicación cuestionan la labor estatal.
Josef Fritzl era considerado un vecino amable y un abuelo autoritario pero también generoso, entregado, educado y siempre dispuesto a ayudar a los otros.
Pero ese espejismo en el país de Freud, Austria, se esfumó el sábado pasado cuando se descubrió que durante 24 años ese hombre de aspecto inocente había mantenido encerrada a su hija Elisabeth en un sótano y le había engendrado siete hijos.
El drama de Amstetten, una ciudad industrial a 130 km de Viena en el este de Austria, abrió de inmediato una serie de interrogantes sobre ese país, donde parecen proliferar los casos sórdidos, como el de Natascha Kampusch, que permaneció ocho años en un sótano secuestrada por un desequilibrado.
El padre del sicoanálisis, Sigmund Freud (1856-1939), tendría mucho que decir probablemente sobre los extraños sucesos que surgen periódicamente en Austria, tierra de campiñas apacibles y granjas de ensueño que parecen salidas de un cuento.
Esa apariencia suele ocultar misterios que, cuando salen a la luz, son capaces de horrorizar al mundo, como ocurrió esta semana con Josef Fritzl, que a sus 73 años se divertía con sus nietos en la piscina o cultivando el jardín. “Tenían una piscina en el jardín. A los niños se les escuchaba a menudo reír”, comentó una vecina. Ese electricista, que había trabajado como empleado en una empresa de materiales de construcción, era también un pescador apasionado y apreciado compañero de veladas.
Con su esposa Rosemarie tuvo siete hijos, entre ellos Elisabeth, y el vecindario recuerda que se había ocupado muy bien de ellos. “Logró construir una leyenda y todo el mundo le creyó”, manifestó asombrado el ministro del Interior, Gunther Platter.
Fritzl ideó y desarrolló una puesta en escena rocambolesca, pero eficaz. Inventó historias y fábulas, pero nadie, ni su esposa ni las autoridades locales, sospecharon su existencia esquizofrénica: durante 24 años, absolutamente nada le impidió llevar a cabo una vida tranquila en la casa que compartía con su esposa y perpetrar a la vez atrocidades inimaginables tres metros más abajo, en el sótano.
Allí, drogó, esposó y encerró a su hija un día de 1984, cuando Elisabeth tenía 19 años. Con el paso de los años, acondicionaría este calabozo de unos 60 metros cuadrados en un angosto cuchitril con tres pequeñas habitaciones, aseos, una ducha, una cocina y un televisor.
Desde el principio, Fritzl prohibió a su entorno que accediera al sótano, con el pretexto de que se trataba de su taller personal. Con el fin de no correr riesgos, construyó una puerta de hormigón con un cerrojo electrónico protegido por un código, un proceder “muy inteligente”, según dijo la Policía.
En su interior, abusó sexualmente de Elisabeth, tal y como venía haciendo desde que la pequeña tenía 11 años, y le engendró siete hijos, como confirmaron las pruebas de ADN efectuadas días atrás con los seis que viven y que tienen de cinco a 20 años. Tres serían adoptados al poco tiempo de nacer por Josef y su esposa, otros tres permanecerían hasta hace unos días en ese sótano sin ventanas y uno fallecería justo después de nacer y su padre lo incineró en una caldera que en el año 1999 fue revisada por técnicos de la Alcaldía que no imaginaron lo que ocurría del otro lado de la pared.
A su esposa y a las autoridades locales les mintió con historias que fueron aceptadas por todo el mundo sin gran dificultad. Para justificar la desaparición de Elisabeth en 1984, explicó que había caído en las redes de una secta y como prueba, hizo escribir a la joven una carta dirigida a sus padres pidiéndole que dejaran de buscarla.
Con el paso del tiempo, tuvo que ingeniárselas para revelar la existencia de tres de sus hijos fruto del incesto sin levantar la mínima sospecha.
Con varios años de diferencia, los tres fueron depositados a los pocos meses de nacer en la puerta de su domicilio, junto a cartas escritas por Elisabeth, que desde su “paradero desconocido” recurría a los abuelos para que se hicieran cargo de los retoños.
A los servicios sociales de Amstetten, localidad de 20.000 habitantes, que aprobaron la adopción de los tres por parte de Josef y Rosemarie, “nunca se les ocurrió buscar en la casa cada vez que un niño era depositado en la puerta de sus abuelos”, dijo su responsable, Heinz Lenze.
La prensa austríaca ha cargado contra la “indiferencia” general de los ciudadanos por lo que les rodea en su vida cotidiana y la “ceguera” de las autoridades, que explicaría en parte que casos así puedan ocurrir en este país. Este es el tercer secuestro digno de una película de terror en Austria.
El 2006, la joven Natascha Kampusch logró escapar de las manos de un desequilibrado que la mantuvo encerrada durante ocho años en un sótano. Y recientemente, las autoridades pusieron fin al calvario de tres niñas, secuestradas durante siete años por su madre, disminuida síquica. Estos dramas podrían darle a Freud material para reflexionar sobre el comportamiento desconcertante que pueden tener a veces los seres humanos y las sociedades. Viena, AFP
“Josef Fritzl logró construir una leyenda... y todo el mundo le creyó”. Gunther Platter, ministro austriaco del Interior.
Punto de vista
“Situaron el caso lo más lejos de nuestras vidas”
MARIANO MARESCA. El País de Madrid para La Razón
Los medios de comunicación han situado los hechos cometidos por Josef Fritzl lo más lejos posible de nuestras vidas: Fritzl es un monstruo que no pertenece a la especie humana porque su conducta sólo se entiende como resultado de un gravísimo trastorno mental, como un comportamiento no humano que los demás, los verdaderamente humanos, no podemos ni siquiera entender.
Todo lo que no podemos reconocer que somos capaces de hacer es considerado ajeno, patológico y monstruoso, es sólo suyo. La posibilidad de que dentro de cada uno de nosotros pueda haber un asesino, no entra en nuestros cálculos.
El caso Fritzl, sin embargo, desmonta de un plumazo todo ese artefacto ideológico. Estamos ante un individuo malvado que ha planeado con una inteligencia nada corrupta todos los extremos de su conducta criminal. Eso es lo que nos resulta intolerable: el reconocimiento de que la conducta criminal, incluso en grados tan extremos como éste, no es una excepción en los hábitos de la especie, sino una constante terca y terrible. En este caso, el recurso de las palabras gruesas fue unánime.