Ya sabemos que, en términos jurídicos, el “referéndum cívico” no tiene aval, control técnico ni reconocimiento oficial, por mucho que lo convoque un prefecto electo, pues no es de su incumbencia hacerlo. Por eso mismo ni la OEA ni otras instancias internacionales tampoco le han dado el aval, tras haber recibido comisiones de ambos bandos.
Pero es evidente que será un evento de indudable incidencia política, como en el pasado la han tenido marchas, bloqueos y cabildos para unos u otros, legales o no tanto. Por eso sus promotores se han negado al diálogo antes de este 4 de mayo; y algunos, también después.
Se ha montado a favor del Sí un gran despliegue de recursos, con la consabida presión sobre funcionarios que deben proteger su “pegas” y con un manejo unilateral de gigantografías y medios de comunicación, en particular la TV. La palabra “autonomía” tiene un efecto mágico sobre buena parte de la población, pero no les preguntemos sobre el contenido del estatuto, del que pocos saben y bien poco. Las cifras que hoy surjan habrá que leerlas con ese lente.
Deseo de todo corazón que este domingo todo transcurra con tranquilidad y sin mayores conflictos. Soy también un convencido de que tarde o temprano deberá entrarse en un proceso de diálogo serio con ese sector tan importante del país que tiene otras propuestas, trabajadas con igual gran entusiasmo. En esta esperanza, ahí van algunos de mis sueños, específicos para Santa Cruz. Se quedan sin duda muy chiquitos comparados con los que tendría Martin Luther King, el líder negro luchador por los derechos civiles, si fuera guaraní en una hacienda del Parapetí cruceño.
Sueño que tras el referéndum, sea cual fuere su resultado y efectos jurídicos, Santa Cruz fortalezca y amplíe su tradicional sentido de acogida a toda la población que llega y seguirá llegándole, muy particularmente a quienes arribaron para salvar su magra economía pero que, a su vez, son esos “otros cruceños” que juegan un rol fundamental en el desarrollo del departamento. Que se destierre de una vez la consabida expresión “colla de mierda”.
Que haya, efectivamente, autonomías. Pero así, en plural, con “s” final. La departamental, para que Santa Cruz pueda desarrollar con mayor eficiencia su propio potencial. La municipal y de los pueblos indígenas, para que lo mismo les pase a ellos, dentro del departamento y para que esa “autonomía departamental” no se convierta en una réplica a otra escala del centralismo que tanto critican los promotores del referéndum.
Que el principio de subsidiariedad empiece de abajo hacia arriba: que lo que ya se hace bien desde el municipio y cada pueblo indígena (incluidos los más numerosos, de origen colla) no dependa de las decisiones e intereses de los de más arriba; y que, cuando necesitan ese subsidio y apoyo desde el Gobierno departamental o más arriba, sea también en beneficio de ellos.
Sueño que la tierra, madre fecunda para todos, permita a todos vivir y convivir bien, y con dignidad humana. Santa Cruz y el país tienen mucha conciencia de que en esas latitudes, ya desde los años 50, la reforma agraria se hizo al revés, y que en varias partes sigue así, tanto en el acceso al recurso como en el trato a los que carecen de tierra suficiente. Para lograr este objetivo humano básico, ¿no se necesitará el subsidio del Estado Unitario, que mira por toda la gran familia boliviana? ¿Puede y debe el pastor ceder al tigre todo el cuidado de las ovejas y las gallinas?
Sueño, finalmente, que Santa Cruz sepa ser generoso en compartir su riqueza generosa y solidariamente con el conjunto de su gran familia, Bolivia. Medio siglo atrás pudo surgir de su aislamiento y retraso gracias a la prodigalidad con que otras partes del país —con el apoyo y subsidio del Estado Unitario— le transfirieron los recursos que necesitaba. Que sepa devolver el ayni o vueltamano.
Por unas autonomías así, sí diría Sí.
*Xavier Albó es antropólogo lingüista y jesuita.
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