Bitácoras de mujer, por Ewel En “La mujer rota”, Erika Ewel crea irónicas lecturas en torno a grabados anatómicos que intentan explicar el alma femenina.
LA ARTISTA Y SU OBRA • Erika Ewel en medio de los cuadros de “La mujer rota” que se exponen en el Artespacio CAF (avenida Arce, casi San Jorge) hasta el próximo 30 de mayo.
Características femeninas - la histeria - la depresión”. La letra manuscrita, fina, algo inclinada hacia la izquierda, fija el sentido de esa imagen grabada de una mujer que se retuerce (en el piso, en la cama) y a la que hay que descubrir en medio de un precioso fondo pictórico que imita los diseños de una tela “femenina”.
Descubrir es la acción que se demanda al observador, pues el cuadro, como el resto —30 en total— que Erika Ewel ha pintado, sobreponiendo luego imágenes digitalizadas de antiguos grabados de anatomía, son de pequeño formato, universos que exigen la proximidad, la mirada atenta para reparar en lo que el crítico de arte Pedro Querejazu llama parodias.
Ciertamente, hay una ironía en Ewel sobre la mirada estereotipada de la sociedad hacia las mujeres. En medio del preciosismo de la pintura al óleo que atrapa la vista de inmediato —por sus formas y colores intensos— se abren como ventanas en blanco y negro que nada tienen de bello: cabezas despojadas de la piel para apreciar el cerebro —“quitarse peso de encima... despejar las ideas... huir de ellas”—, labios leporinos con suturas —que lo mismo hablan de curar como de acallar—, dedos —“pequeña parte de uno que nos identifica... señala, apunta, interpela... incomoda, acusa”—.
Mujer rota se llama la exposición que, explica Erika Ewel, surgió de la lectura de una obra homónima de la francesa Simone de Beauvoir y que activó un mundo de ideas sobre la mujer ausente, la mujer mutilada, la mujer callada, la mujer entregada, etc. En todo caso, un tema que es una constante en la obra de la artista. “Cada mujer es única, no se piense que intento definirla”, aclara Ewel. “Me interesa lo cotidiano, la rutina que dentro siempre tiene algo que sorprende”. Para el caso, la anatomía, la explicación científica sobre las emociones femeninas que, puestas en evidencia a la manera de bitácoras de vida, resultan reveladoras de una mentalidad obsoleta pero vigente, como señala Querejazu en el catálogo.
Las obras se hallan en Artespacio de la Corporación Andina de Fomento (av. Arce N° 2915) hasta el 30 de mayo. “Han sido pensadas específicamente para esta sala” que es más bien pequeña. “Sólo haría falta colocar un sofá rojo en medio para que resulte íntima, para que se sienta el deseo de quedarse aquí”, fantasea la artista.
“Estas obras parecieran ser, por una parte, una parodia del conocimiento antiguo y obsoleto sobre la mujer —interpreta Querejazu— y, por otro, un cuestionamiento de lo banal de la búsqueda del alma y el ser de la mujer en los sustratos interiores de su fisiología, donde ciertamente no está”. Estas obras “son también una reflexión y una protesta por el dolor de la mujer destrozada y lastimada, desestimada, siempre incomprendida y desconocida, pese a todas las búsquedas”.
El libro de tres cuentos de Simone de Beauvoir —La mujer rota, La edad de la discreción y Monólogo— llegó a manos de Ewel. En ellos leyó sobre tres víctimas de las relaciones con sus parejas, víctimas que no siempre son conscientes de su condición de tales o que se descubren de un modo inesperado.
Beauvoir, compañera sentimental e intelectual de Jean-Paul Sartre, le pareció a la artista que, pese al tiempo pasado desde que ellla escribió los textos —1968—, suena tremendamente actual. La idea de que es preciso hablar más del tema, hacerlo presente, evidente, se puso en marcha.
Había que crear, formalmente, el referente femenino. Los diseños de las telas le parecieron ideales a Ewel, pese a que ella no usa tal tipo de diseños en su propio vestuario. “Me encantan los tonos, los colores”. Así que los reprodujo, a la manera de filigranas, muy cuidadosamente.
Al igual que pasa con la escritura de Beauvoir, temporalmente lejana, la artista pensó en los tratados de anatomía que alguna vez había visto. “Fue lo que más me costó encontrar. Busqué mucho tiempo”, hasta que logró tener ejemplos de los siglos XIX y principios del XX.
Los trabajó digitalmente, impresos sobre tela, casi a escala, pequeños dentro de lo pequeñas que son las pinturas.
Lo siguiente fue combinar dibujo con diseño. “Nada es casual, todo ha sido pensado. Trabajé para que el dibujo combine con el diseño”. Y vino la etapa de coser, otro momento de dedicación, minucioso, manual.
Al final llegó la escritura. “Me encanta hacerlo. Siempre tengo la tentación de escribir; tuve que frenarme mucho en la anterior exposición de seres de la naturaleza”, pero esta vez no tenía por qué hacerlo. Al contrario, es la letra de Ewel la que termina de darle el sentido a esas bitácoras en las que, por ejemplo, las manos identificadas por sus partes anatómicas, hablan de “amar, lastimar, obrar” y de que “cada punto” es “una sensación... tensión-extensión”.
Lo siguiente tiene que ver con el observador, pues el juego de “presentarse y no” de la obra, por sus dimensiones, “obliga a acercarse mucho para verlas”. Es decir, a implicarse con ellas.
PERFIL DE LA ARTISTA
Vida • Erika Ewel nació en Santa Cruz de la Sierra en 1970. Vive y trabaja en La Paz. Es artista visual, con estudios y especialización en Bellas Artes.
Exposiciones • Representó a Bolivia en bienales internacionales, como la IX Bienal de Cuenca, Ecuador; la del Mercosur, en Porto Alegre, Brasil, y en la II de Estandartes, México..
Fotografía • La foto es parte de sus medios de expresión. Acaba de presentar en la Manzana 1 de Santa Cruz la obra que mostró en el Fotoencuentro 07 de La Paz.