Escribir es resistir. Supongo que el hecho mismo de vivir también es una cuestión de resistencia, pero de lo que no cabe duda es de que para escribir, sobre todo novelas, la tenacidad es más necesaria que el talento.
Escribir novelas es soportar el desdén de los editores, los adelantos a menudo miserables, las cifras de ventas muchas veces ridículas, las críticas que pueden ser feroces, la destrucción de la edición porque no se vende, la falta total de eco en la prensa, el desinterés general engullendo y sepultando tu libro como una colada de achicharrante lava. El alegre chisporroteo del mercado y la caída de ojos de Paul Auster han hecho creer a la gente que esto de ser novelista es un oficio glamuroso, pero en la vida real la inmensa mayoría de los escritores han de sobrellevar una infinidad de humillaciones. Y cuando son autores de raza, cuando de verdad les mueve la pasión por la literatura, ¡con qué impavidez se dejan maltratar por el bien de su obra! Para sacarla adelante. Y para conseguir ganarse la vida de algún modo sin tener que abandonar su escritura.
La historia de la literatura está llena de vejaciones de este tipo. Como lo que le sucedió al notable escritor suizo Robert Walser (1878-1956). El pobre estaba tan desesperado (no le publicaba nadie y no tenía un duro) que, pese a ser un auténtico misántropo, aceptó dar una conferencia que le había conseguido un amigo en un Círculo de Lectura. Hizo a pie más de 100 kilómetros desde Biel a Zúrich para ahorrar, pero, cuando llegó, el presidente del Círculo, intranquilo por su aspecto de pirado, le pidió una prueba de la charla. Ni qué decir tiene que Walser lo hizo fatal y que fue sustituido por otro conferenciante. O como La Fontaine (1621-1695), que no dudó en convertirse en un gorrón y vivía de la caridad ajena hasta que le echaban. Una de sus ricas anfitrionas escribió en una carta: “Hoy estoy sola. Despedí a todos mis sirvientes y me quedé con mis animalitos y mi pequeño La Fontaine”. Sí, pequeño, menospreciado y aparentemente tan domesticado como un perro pomerania, pero aferrado a su obra de tal modo que hoy sabemos de él y no de la mordaz aristócrata que lo alimentó. Escribir es resistir, pero hay casos en los que el combate parece demasiado duro, demasiado inclemente. ¿Por qué algunas novelas francamente malas se publican y venden fácilmente, mientras que hay buenos autores y libros hermosos que no consiguen ni siquiera ser editados? Déjame que te hable de Jorge Omar Viera. Nacido argentino, español desde 1992. Leí el borrador de su primera novela, El regreso de Nightenday, en 1993, y me pareció poderosa, original, muy bien escrita. Aún sigue inédita. Jorge ha sido rechazado por más de 20 editoriales y ha seguido escribiendo en ese cortante filo de aguante y de dolor durante 20 años sin lograr resultados. Sólo por esa proeza de resistencia ya lo encuentro admirable. Ahora la rompedora editorial Funambulista acaba de sacar Mientras gira el viento, que fue finalista del Premio Mario Lacruz. Es la tercera novela de Viera (la segunda tampoco se ha publicado), una historia conmovedora, sugerente y bella que comienza con la muerte a tiros de un muchacho en los arrabales de São Paulo y termina siendo una vibrante celebración de la vida.
Es un alivio que Viera haya sido por fin editado, pero esto no significa necesariamente el fin de la agonía. Si no se rinden, creo que, antes o después, los buenos escritores siempre consiguen publicar. Pero luego les aguardan nuevos despeñaderos, la criba feroz de quienes no son leídos. ¡Es tan fácil pasar inadvertido, es tan fácil que la novela de un desconocido quede sepultada bajo las pilas de best sellers, que sea devuelta a los 10 días y convertida en pulpa de papel un mes más tarde! Y así, puede que te editen una, quizá dos novelas. Pero, si no las vendes, lo más probable es que no consigas publicar jamás una tercera.