El ilustre desconocido Este espacio es para quienes crean y no han tenido el suficiente y merecido espacio de difusión. La Razón espera sus colaboraciones.
a última estrella se retiraba y ahí estaban, todos los días, los dos hermanitos. Sabían que su abuelita los esperaba y no querían perder ni un minuto de esos encuentros siempre gratos.
El barrio donde vivía la familia se caracterizaba por ser popular, tradicional, de unión familiar. Con una hermosa vista del nevado Illimani, su plaza de siete vías era el centro de convergencia de un comercio incesante.
En esta oportunidad, la niña se había tenido que marchar a la escuela y solamente el pequeño aguardaba por la mujer más querida y complaciente con ellos.
Aquella mañana, sin embargo, la persona esperada no salía nunca, contra toda su costumbre.
El niño se decía: ´Pero si me estaba hablando bien, me prometió que se sanaría y que nuevamente iríamos de compras al Pasaje Ortega, y compraríamos los juguetes que yo había visto´. Lo que aumentó su sorpresa aquel día fue el ajetreo de sus padres y tíos, y las lágrimas que corrían por sus rostros.
´¿Dónde habrán llevado a mi abuelita? ¿Qué les pasa a todos?´.
Como la flor que hermosea las ruinas recordaba a la dulce señora que de la mano les llevaba, a él y su hermana, al mercado y de paso a servirse ricos platos en las gradas de la avenida Manco Kápac. En una ocasión, la abuelita le dejó olvidado frente a un gran plato y provocó un susto en la familia. Él ni se preocupó, pues sabía que la mamá de su mamá jamás dejaría de cuidarle.
Y así, pensaba el chico:
´¿Se molestaría tal vez por lo que le dije, por mi insistencia en saber cuánto tiempo más iba a estar enferma? ¿Habrá comentado con mi papá estos reclamos?´.
La última vez, hace unas pocas horas, la había visto cuando el doctor llegó a visitarla y la dejó durmiendo. En un descuido, el niño inclusive le había levantado la mano sin que la abuelita despertase, así que se alejó de puntillas para no molestarla.
Y ahora qué sucede. Todos se han vestido de negro. En la casa está ese cajón al que no le han dejado ni acercarse.
´La busco y no la encuentro. No lloro porque era muy buena y sé que volverá, como dice mi mamá, para contarme sobre ese lugar maravilloso al que ha ido. Pero, ¿cuándo?´.
Pronto le tocará ir a la escuela ´y necesitaré más de su cariño y apoyo´. ´Mis papás hablan de la muerte, pero no me explican nada. Voy a esperar a mi hermana para que juntos busquemos a la abuelita. Cuando la vea le haré la promesa de ser un buen alumno y, a cambio, ella no deberá dejarme solo nunca más”.