Fueron construidas entre 1.200 y 1.532 dC y pertenecen a los señoríos aymaras e incas. Se encuentran en un cerro que tiene cinco nombres.
Texto: Jorge Quispe Fotos: Nicolás Quinteros
Un lago y objetos de oro están debajo del primer chullpar. Desde niño que Severo Gómez (62) lo sabe, al igual que tiene en cuenta la advertencia de los abuelos de nunca atreverse a entrar en ninguna de las 22 torres funerarias. El temor de que la chullpa o momia se pueda apoderar del alma de los profanadores se ha heredado de una generación a otra. “Mi abuelo, Domingo Mamani, me decía: ‘No vas a entrar, porque no vas a poder salir’”, cuenta el dirigente y autoridad del cantón de Chiaraque, en el municipio de Patacamata (La Paz), a una hora y media de la sede de gobierno.
Don Severo recuerda, con un dejo de tristeza, que en la década del 60 llegaron unos extranjeros con la intención de profanar las tumbas. “Dicen que hallaron una yunta de oro, pero que luego desapareció”. No hay pruebas de que este relato sea real, más cuando todavía se ven firmes a los “gigantes de adobe”.
De aymaras a incas
El arqueólogo Jedú Sagárnaga Meneses (49) es un especialista en chullpares. Con 25 años de experiencia en la profesión, afirma que “las torres pertenecen a la cultura de los Pacajaqis (hombres águila, en aymara), que vivieron entre 1.200 y 1.450 dC, y a la de los incas entre 1.450 y 1.532”.
Cree que existen al menos 250 chullperíos o formaciones de chullpares en todo el país, pero no habrá un dato preciso mientras no se realice un censo. “Alguna vez se dijo que eran casas, pero en realidad son torres funerarias donde los muertos eran enterrados con sus mejores ropas, comida, coca, entre otros objetos”, indica.
En el lugar, hoy sólo se ven piedras y algunos huesos. El saqueo fue una constante hasta nuestros días. “Supe que incluso llegaron extranjeros con detectores de metal”, comenta el arqueólogo.
Las atalayas están construidas con adobe alivianado y un importante volumen de paja entrelazada para formar las paredes. Tienen una altura promedio de 10 metros y dos metros y medio de ancho; todas tienen una puerta dirigida al este para esperar la salida del sol y algunas terminan en una cúpula.
Un cerro de cinco nombres
Jankusa, Turini, Llok\'o Llok\'o, Jallawaya y Wilawaranka son los cinco nombres del cerro que domina el cantón de Chiaraque, donde se encuentran los chullpares.
“Se dice que hay un hueco que comunica con el otro lado del cerro”, relata Edwin Altamirano (20), quien ha superado el temor de ingresar a los chullpares.
Don Severo insiste en que hay un túnel que incluso comunica con la población de Chairumani, a media hora de Chiaraque. Por su parte, el arqueólogo Sagárnaga cree que todas son leyendas y prefiere hablar de la preservación de las torres. “Queremos que sea un área turística”, toma la palabra don Severo. Por el momento, la Dirección de Cultura de la Prefectura promociona el sitio y se espera que sea declarado patrimonio.
En tanto ello suceda, cada 15 de agosto los 150 habitantes de Chiaraque suben al cerro para la fiesta de la Asunción. Si bien una mayoría de la gente está convencida de que no hay más tesoros en las tumbas, todos apuestan a que los chullpares algún día los llevarán a las puertas del progreso.
La leyenda relata que debajo de las atalayas hay un lago, tesoros y un túnel que comunica a Chiaraque con Chairumani, a media hora de los chullperíos.