Desapercibidos por habituales en el quehacer diario, las peluquerías son, desde el irremediable progresar del cabello, punto de obligado paso. Inevitable centro de discusión, por ahí discurre la vida del que más y del que menos. Pero entrar en una unisex no es fácil.
Jairo Marcos • Fotos: David Guzmán y Pedro Laguna
Se puede ser feliz con poco dinero, pero nunca con un mal corte de pelo. Y si no, entren en una peluquería y atrévanse, no sé, con una cresta asimétrica y destellos en zig zag. Desde Sansón hasta hoy, no son pocos los que han sufrido la conmoción de un pelaje no deseado. “Recuerdo una vez, en Cochabamba, que me raparon demasiado. No me reconocía y me sentí mal. Nunca más volví´, relata Teodoro Condorino Espejo (65), que se arregla y tinta cada 15 días. Desapercibidos por habituales en el quehacer cotidiano, los peluqueros son empero una pieza clave en nuestras vidas.
La barbería fue, desde el irremediable progresar del cabello, un punto de obligado paso. En la urbe paceña, el peluquero popular ostenta su reino en las calles Santa Cruz y Murillo. Estas vías emanan una invitación hipnótica y lo complicado no es decidirse por rebajarse el cabello, sino dónde hacerlo, entre la sugerente treintena de posibilidades.
Es imposible alzar la vista aquí y no toparse con, al menos, cuatro o cinco luminosos que anuncian la presencia de una unisex, con servicio de tinte, permanente y cepillado incluidos, a precios de auténtico saldo (desde cinco bolivianos). Porque, claro, la competencia es mucha. “La situación laboral ha derivado en el auge de este oficio, fácil en su aprendizaje pero muy complicado en su adecuación a los gustos de cada cliente´, resume el peluquero Edwin Camacho (39), que ha estudiado a esta profesión en su tesis “Trabajo social en los gremios de oficio“.
Enfermero con batín de diseño
Entrar en una unisex no es fácil. Cuando ingresas, te recibe un extraño que parece vestir de enfermero con batín de diseño. Sitiado por los retratos sonrientes e impolutos de Jean Claude Van Damme, Ricky Martin y Alejandro Sanz, y enfundado en una capa azul, Alfredo Mamani Guarachi (39) atiende a uno de sus asiduos, que parece escondido a su vez bajo un vivo poncho amarillo, con cuello de cura en la parte superior.
Alfredo le habla de cortes, de ángulos de cara, de cambios de look, de flequillos y de simetrías. “Diseñamos según el rostro de la persona y damos creatividad a todo tipo de cabello“. Según prometen los dueños, según cuentan sus trabajadores y según reflejan sus letreros, por menos de 10 bolivianos es posible recibir un tratamiento exclusivo que no envidiaría al del mejor de los estilistas.
El proceso es (o debería ser) sencillo. Una especie de, buenas tardes, quiero cortarme el pelo. Un par de centímetros. Pero entonces, expertos como Carlos Sinca Sinca, que lleva 11 de sus 33 años con la tijera entre los dedos, te hablan del estilo americano, del romano y del medio pelo que, por el nombre, podría parecerse al de media melena, pero nada que ver, del corte filipo, del estilo semihongo, del clásico e incluso del Palermo, por cierto, un artillero que ahora golea en Boca Juniors ajeno al negocio de la brocha y la navaja.
Ante la duda, lo más sencillo fue siempre apostar sobre seguro: “Vengo cada dos semanas para cortarme bajito a los costados y atrás, pero con un poco de flequillo. No cambio“, explica Olguín Choque Flores (29), sentado frente al espejo. “Es el temor al cambio“, titula Edwin Javier Camacho. Porque cuando te acomodas en una de las mullidas y giratorias sillas de cuero que identifican estos locales, confías tu imagen a manos extrañas, cuya sola finalidad es que luzcamos bien. Son artistas de la navaja y la tijera, escultores del cabello, a quienes se encomienda el cliente. “Lo que más valoro es que me haga ver bien. Quedo en sus manos“, aclara Olguín Choque.
Guardadores de secretos
Inevitable centro de discusión, por estos locales discurre la vida del que más y del que menos: las subidas del pan y del arroz, las angustias caseras, la añoranza perdida, el terrible tráfico y su peor contaminación, el veto a la altura, los últimos cotilleos vecinales, la crispación política e incluso algunos escarceos amorosos.
“El cliente entabla mucha afinidad con el peluquero que, con los años, se convierte en un experto en resolver todo tipo de conflictos. Tiene que ser político, sicólogo, estar al día de los deportes, ser buen consejero familiar y, sobre todo, un buen amigo“, añade Edwin Javier. Las confidencias entre barbero y cliente son parte intrínseca de este oficio y, como tal, son secretos que nacen y mueren en ese preciso instante; revelarlos sería romper la mágica aura que rodea la figura del peluquero.
Entre confesión y confesión, Carlos Sinca introduce sus consejos: “Para caras delgaditas, lo mejor es medio pelo, romano o media melena. Y para las más redonditas, corto, para que no lo hagan ver cabezón“. Aunque la cabellera también vira al vaivén de la fluctuante moda. Respuesta unánime, hoy triunfa el estilo Palermo (bajito, tanto de costado como arriba, con un mechón delante), seguido del romano (rebajado clásico, con forma redonda).
Cuatro cortes de tijera al frente, tres delicados barridos de navaja en ambos costados, un par de giros de silla, máquina eléctrica en la nuca, brocha y gomina para un perfecto acabado. Observando cómo trabajan las habilidosas manos de Fidel Humérez Tinini en su local, de idéntico nombre, parece obvio que cortar el pelo es un arte muy preciso, matemático incluso o, al menos, geométrico. “El secreto es el pulso y ser creativo“, dice Alfredo Mamani. “Saber igualar el pelo es lo más complicado“, añade Carlos Sinca. “Se trata de tener dominio de la máquina, de la navaja y de la tijera. Y, fundamental, saber tratar al cliente“, concluye el propio Fidel, de 37 años.
Miedo al cambio de aspecto
Si entrar en una barbería no es fácil; salir, menos. Un corte de pelo puede no significar nada, pero puede significarlo todo. Y claro que debe importarnos la opinión de los demás, entre otras cosas, porque vivir es convivir. “He pedido el corte clásico, el de siempre, el que mejor me queda. Eso creo y eso me dicen“, responde Waldo Urquiola Villafuerte, que se acerca a la peluquería de su amigo Fidel “según el bolsillo“.
Las unisex han comprendido que la mejor manera de homenajear la tradición es jugar con ella para crear nuevas ideas, y en su repertorio, junto a la navaja, la brocha y el quemador para desinfectar, incorporan las modernas máquinas de afeitar, además de los complejos y sofisticados tratamientos para la cara y el cuero cabelludo. Por todo ello, la peinadora Gloria Rocha Flores sabe que “usar buenos productos es clave“.
Estos rincones cobijan toda una amalgama de objetos y utensilios, que aportan su peculiar fragancia al clásico aroma final que despide cualquier unisex. Es olor a peluquería, el del cabello mojado sobre el piso, el del tinte en el bigote de Teodoro Condorino, el del fijador saliendo de su envase y el del cigarro prendido de Elizabeth Argote Sandy (38), que desde hace tres años acude día sí y día también al salón Para Ti. Propietaria asimismo de una peluquería, sabe que su trabajo le exige “una buena presentación, sobre todo, en el pelo´.
Elizabeth Argote emplea palabras grandes para hablar de su popular e imprescindible oficio: “Es un arte, una transformación que hacemos de cada cliente. Se domina con experiencia, carisma y vocación. Uno nace para este arte“.
Las peluquerías populares se han ganado por méritos propios un lugar en la calle. Todo barrio que se precie, más lejos o más cerca, más caro o más barato, tiene su barbero popular. Un local pequeño, acogedor, familiar y auténtico, por cuya puerta entra un cliente y puede salir otro. Un resquicio que descorcha las confesiones más íntimas. Treinta minutos más tarde, navaja de recorte en la consola, juego doble de espejos para que el cliente compruebe resultados y la incertidumbre se repite. ¿Le gusta cómo ha quedado?