Las inquietantes imágenes que hemos visto en las últimas semanas deberían instar a la comunidad mundial a actuar: disturbios en Haití, protestas en Egipto y actos de violencia en otros países del orbe debido al explosivo aumento de precios que han sufrido los alimentos. Como antes, los más afectados por la crisis son los habitantes más pobres de la Tierra. Según el Grupo del Banco Mundial, la duplicación del precio de los alimentos en los últimos tres años podría empobrecer a unos 100 millones de habitantes de países de ingreso bajo. Además, no se trata de un problema pasajero: las realidades demográficas, el cambio en las dietas, el precio de la energía, los biocombustibles y el cambio climático indican que el alto precio de los alimentos se mantendrá, al menos en el mediano plazo.
Desde el 2005, los precios de los alimentos básicos han aumentado en 80%. Y si bien se trata de una realidad penosa para los consumidores de los países desarrollados, estas alzas son más catastróficas para los más pobres del mundo: niños, incluso de apenas cuatro o cinco años, obligados a huir de la seguridad de sus comunidades rurales para luchar por un pedazo de pan en ciudades abarrotadas o madres desnutridas incapaces de proteger la salud de sus bebés.
Para estas familias, la alimentación se lleva de la mitad a las dos terceras partes del consumo y no les queda margen para sobrevivir.
Para ayudar a los más afectados, el Grupo del Banco Mundial hace un llamado a forjar un nuevo acuerdo en materia de política alimentaria mundial. Este acuerdo debe concentrarse no sólo en el hambre y la desnutrición, en el acceso a los alimentos y al abastecimiento, sino también en sus interacciones con temas como energía, rendimiento de las cosechas, cambio climático, inversiones, marginalización de la mujer y otros grupos vulnerables y el potencial de crecimiento económico en la actual coyuntura.
Debemos comenzar asistiendo a quienes tienen necesidades apremiantes. El Programa Mundial de Alimentos de la ONU requiere por lo menos 500 millones de dólares adicionales en alimentos para satisfacer los llamados de emergencia.
Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y otros países deben tomar medidas urgentes para suplir este déficit. De lo contrario, muchos más sufrirán hambruna.
En razón de que el precio de los alimentos se ha disparado, ahora se presta mucha más atención al enorme desafío que implica superar el hambre y la desnutrición, causas implícitas que explican la muerte de unos 3,5 millones de niños menores de cinco años cada año. Además de debilitar el sistema inmunológico frente a las
enfermedades, la desnutrición explica el origen de más de 20% de las muertes maternas. El hambre y la desnutrición son una causa de la pobreza y no sólo resultado de ella.
El cambio del concepto tradicional de ayuda alimentaria por una noción más integral de asistencia en alimentos y nutrición debe ser parte del nuevo acuerdo. En muchos casos, es mejor el dinero en efectivo o los cupones que el apoyo en productos básicos, ya que así se puede dar lugar a la creación de mercados de alimentos y producción agrícola en el ámbito local. Cuando se necesitan productos básicos, comprarlos a los agricultores locales puede fortalecer las comunidades. Por ejemplo, los programas de alimentación escolar atraen a los niños a las aulas y también ayudan a aprender. Hay algunos que incluso entregan alimentos a los padres.
El Grupo del Banco Mundial puede ayudar respaldando medidas de emergencia que vayan en apoyo de los pobres y paralelamente estimular la creación de incentivos para producir y comercializar alimentos como parte del desarrollo sostenible. Países tan diversos como Bután y Brasil cuentan con programas de alimentación para grupos vulnerables. Mozambique y Camboya recurren al empleo en sus propios programas de obras públicas (construcción de caminos, pozos y escuelas) a cambio de alimentos. Otros, como Egipto y Etiopía, ofrecen transferencias en efectivo condicionadas a la adopción de medidas por parte de los propios beneficiarios, como el envío de los niños a la escuela.
Seguiremos trabajando con los países e instituciones asociadas para aprovechar las oportunidades que surjan de la mayor demanda de alimentos. Podemos ayudar a crear una “Revolución Verde” en África, al sur del Sahara, apoyando a los países en el mejoramiento de la productividad en la cadena de valor agropecuaria y ayudando a los pequeños agricultores a romper el círculo de la pobreza. Prácticamente duplicaremos nuestro propio financiamiento para el sector agrícola de África, de 450 millones a 800 millones de dólares, y podemos asistir a los países y a los campesinos a manejar los riesgos sistémicos, como una sequía. Además, podemos ofrecer acceso a tecnologías y adelantos científicos para mejorar el rendimiento de los cultivos.
A través de la Corporación Financiera Internacional, la entidad del Banco Mundial que entrega apoyo al sector privado, intensificaremos las inversiones y las asesorías para respaldar las operaciones agroindustriales en África y en otras regiones del mundo.
Para mejorar aún más los resultados, necesitamos movilizar una gama más diversa de asociados, entre ellos la Fundación Gates, la Organización para la Agricultura y la Alimentación, el Programa Mundial de Alimentos y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola; otros bancos multilaterales de desarrollo; institutos de investigación agrícola; países en desarrollo con gran experiencia agrícola, como Brasil; y el sector privado.
Un nuevo acuerdo en materia de política alimentaria mundial contribuiría a un desarrollo incluyente y sostenible y beneficiará a todos, hombres, mujeres y niños de países pobres, de ingreso mediano y de los desarrollados. El aumento del ingreso producido en el sector agrícola tiene un poder de superación de la pobreza tres veces mayor que cualquier aumento de ingreso en otros sectores de la economía, ya que el 75% de los pobres del mundo vive en zonas rurales y la mayoría se dedica a labores agrícolas. Si trabajamos con nuestros asociados, podre- mos aliviar la carga de la carestía de los alimentos entre las personas más vulnerables del planeta.
*Robert B. Zoellick es presidente del Banco Mundial.
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