El nombre de esta columna no es gratuito. Dentro de mí dialogan, se enfrentan y se culpan mi ‘yo’ tropical de clima cafetalero, donde pasé mi primera niñez, mientras de los ocho a los diez años viví en el seno de una familia de campesinos alemanes. Trauma programado, diría cualquier sicólogo moderno. Armado así, con un abuelo calvinista y otro luterano y dos abuelas campesinas tropicales, literalmente soy un esquizofrénico cultural. Esto me permite ver cosas desde planos diferentes.
En mi artículo anterior, planteé la maldición tropical del subdesarrollo, que cargamos los habitantes de estos países como un pecado original. Toda la evidencia económica y de valores apunta a confirmar que el desarrollo no se da con facilidad en el trópico. El no tener que ahorrar para tres y hasta cinco meses, en los cuales sólo se consume lo que almacenamos cuidadosamente, y si no lo hacemos simplemente morimos, constituye un condicionante simplemente aterrador.
Esos rigores fueron ya superados por la tecnología en los países de crudo invierno. Sin embargo, dejaron como herencia una cultura de la planeación rigurosa, de la administración de los recursos, de la honestidad y la solidaridad como medio de sobrevivencia en un medio en el que cualquiera muere en sólo 12 horas de exposición al ambiente. La Guerra de Secesión en los EEUU se dio entre las mentalidades de ‘los de invierno’ y ‘los de no invierno’; en Italia, la mafia y el subdesarrollo del sur compiten con el emprendimiento industrial del norte cuasi-suizo.
Cabe la pregunta: ¿Existen, entonces, países tropicales desarrollados? Definitivamente sí, aunque pocos y con características comunes. Cuando admiramos las ‘Torres Petronas’ de Malasia, o a Singapur, estamos viendo nuestro posible y esquivo futuro. Singapur tiene la mitad de la población de Bolivia en sólo 700 km2 —pensemos en un país de apenas 24 por 30 kilómetros—. Su ingreso per-cápita es igual al europeo. Sólo sus reservas son del orden de 180.000 millones de dólares (tres años de exportación venezolana). No hay prácticamente pobres y no han cumplido cincuenta años desde su independencia. Los visitan diez millones de turistas al año y operan 14 TLC. No tienen ningún recurso natural diferente a su gente o a ser unas islitas y sí, en cambio, seis religiones y cuatro razas.
¿Cómo lo hicieron? Realizaron una catarsis nacional y decidieron: a) explotar su situación geográfica (Bolivia la tiene); b) adoptar, de común acuerdo, una cultura de absoluta honestidad; c) generar una estabilidad política y jurídica a toda prueba, que favoreciera la inversión de todo tipo, y… se pusieron a trabajar y trabajar con los condicionantes ‘ajenos’, de la cultura del invierno, desde una plataforma tropical mucho peor que la de la Bolivia actual. El altiplano tiene cultura de invierno. ¡Nacionalicémosla!
Jorge Zapp es consultor internacional.
Más barato por docena
Voy al grano. A las conclusiones. Primera: el referéndum revocatorio no resuelve la crisis política, ni siquiera la atenúa. La extiende, la posterga, la traslada unos meses para que los actores ganen tiempo y busquen que el pueblo decida, ¡como si el pueblo supiera lo que quiere!
De las ilegalidades
La monotemática respuesta del oficialismo al referéndum cruceño gira alrededor de su eventual ilegalidad. Esta afirmación sería discutible si quienes la realizan majaderamente tuvieran por lo menos un décimo de la autoridad moral necesaria.
Fertilizantes, energía y alimentos
La agricultura ha ido perdiendo importancia económica en los países industrializados, como es el caso de España, donde en los últimos años sólo representaba el 3% del PIB.
El "cambio" viene de oriente
A dos años y meses de la asunción de Evo Morales al poder, está claro que su llamada "visión de país" no ha obtenido aceptación nacional ni mucho menos, y que, además, aquello del "cambio", que es tan atractivo para quienes desconocen lo que es cambiar, viene del oriente del país y no del MAS, su propalador.