En mis épocas doradas de estudiante de la UMSA, los grupos trotskistas de esa casa de estudios superiores defendían con tozudez militante los votos nulos y blancos y recomendaban fervorosamente la abstención. Muchos de ellos también practicaban la abstinencia para preservar sus bríos para la revolución que se avecinaba.
En cierta oportunidad, la abstención, los votos nulos y blancos ganaron a las fórmulas estudiantiles que se habían postulado a la dirección de la Federación Universitaria Local. Esta organización trotskista no dejó pasar la magnífica oportunidad: se apropió del silencio estadístico y se declaró incuestionable ganador de las elecciones.
En la historia política de Bolivia, existen varios ejemplos de tortura de los datos estadísticos para conseguir fines políticos. Uno que me viene a la memoria en este domingo post-referéndum autonómico es la historia del triple empate de 1989, cuando también se hizo una construcción retórica circense que posibilitó que se elija Presidente de la República al que había alcanzado el tercer lugar en las elecciones.
Por lo tanto, los malabarismos con el cálculo y las estadísticas son de antigua data y hacen parte de la viveza criolla de nuestros políticos, a quienes las malas lenguas los consideran pre-pitagóricos en matemáticas y post-aristotélicos en ética, porque cuando se les pregunta cuánto es 2 más 2, la respuesta es: “depende de lo que quieras y tengas en mente”.
Una última versión de esta idea de apretarle el cuello a los números para que digan lo que quieran los dueños del poder, es la lectura del Gobierno nacional sobre los resultados del referéndum por los estatutos autonómicos. En la opinión oficial, Santa Cruz está dividida, porque la suma de los votos por el “No” (14.38%), los blancos (1,45%), los nulos (2,4%) y la abstención (35,65%) sobrepasaría el 50% (uso los datos oficiales de la Corte Departamental del 8 de mayo). Ergo casi ganó el “No” a los estatutos. Este razonamiento estadístico se parece a la siguiente idea. El 20 por ciento de las personas muere a causa del tabaco, por lo tanto, el 80 por ciento de las personas muere por no fumar. Así que queda demostrado que no fumar es peor que fumar.
El truco que se utiliza para el cálculo es usar el total de inscritos para la elección y no así los votos válidos. Ésta es una forma poco elegante de apropiarse de la voz de aquellos que no votaron y suponer que, como los amigos trotskistas de los años 70, todos estos votos eran a favor del “No” a la autonomía en Santa Cruz. Todos estos ciudadanos, que se abstuvieron, son reclutados en el discurso oficial como opositores a las autonomías; una curiosa aritmética, para decir lo mínimo.
A rigor, lo único que podríamos decir sobre la voluntad política de estas personas es que no fueron a votar. Punto. Sus razones pueden ser muy variadas: unos probablemente estaban enfermos, otras tuvieron miedo de ir a votar cuando vieron las escenas de violencia en Santa Cruz. Otras simplemente no votaron en este referéndum porque nunca lo hicieron en ningún acto electoral. Habrá otros a los que les dio flojera ir a votar, otros pudieron estar de viaje o tener cosas más importantes que hacer y, probablemente, algunos estaban en contra del Estatuto Autonómico. Ciertamente, todas éstas son especulaciones y sólo Dios sabe lo que estaba pasando en la cabeza de estos ciudadanos(as) que no fueron a votar. Inclusive, alguien que ha aprobado un curso de Estadística Básica también podría argumentar que en este 35,65% de abstención, se repite la distribución de los votos del otro 60%, considerando a los que fueron a votar como una muestra estadística significativa.
Pero si de cocinar las estadísticas se trata, utilicemos la misma metodología con la que leyó el Gobierno los resultados del referéndum por los estatutos, para ver cuánto se necesita para revocar el mandato del Presidente. Partamos de los resultados de las elecciones presidenciales del 2005. Si consideramos a todos los inscritos (3.671,152), en realidad el presidente Morales no ganó con 53,7%, sino tan sólo con 42,1%. Se avecina el referéndum revocatorio, entonces se necesitan sólo el 42,1% más uno de los votos para revocar el mandato del Presidente y, para que continúe en el poder, él requiere sacar el 58% de la votación. Prepárese, amigo lector, que viene mucho malabarismo y prestidigitación. ¡Fuera manos, trabaja vista!
En fin, podríamos llenar varias columnas con estas ocurrencias estadísticas que ciertamente alimentarían las voces de nuestros políticos en su ch’ampa guerra. Pero lo único que quisiéramos decir es que las causas justas que defiende el presidente Morales, como la inclusión social y la lucha contra la pobreza, merecen mejores ideas y estrategias.
La tortura con los datos estadísticos simplemente se quedará en el baúl de las anécdotas y mostrará que el árbol del poder, el capital humano de matemáticos, sociólogos y estadistas oficialistas, se deprecia a una velocidad muy grande. Así no se avanza en el cambio, todo lo contrario.
*Gonzalo Chávez es economista.
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