Paulatinamente se aclara la perspectiva gubernamental sobre el tema minero: al creciente control estatal de concesiones mineras y del levantamiento paulatino de la reserva fiscal se suma la casi aprobación a nivel de ley de la modificación de los Arts. 68, 69, 76 y 77 del Código de Minería sobre concesiones y contratos de riesgo compartido, con lo que el régimen de concesiones transitará a un sistema de “contrato concesión” donde cualquier emprendimiento será eso: un contrato de operación con el Estado.
A esto debe añadirse el rol definitorio que el proyecto de Constitución da a las comunidades origina- rias sobre la prioridad y control del suelo y el subsuelo.
Este panorama, simplificado al máximo por razones de espacio, quiere decir que viviremos una minería tipo Comibol de los años posnacionalización con la variante de que ahora esta empresa, o lo que queda de ella, no tiene los yacimientos minerales que dejaron los Barones del Estaño. Esto se ratifica cuando lo que se sabe sobre los proyectos mineros a encararse, apuntan a añejos distritos mineros como Huanuni, Corocoro, Matilde y a sus depósitos de “colas” (residuos de ingenios) y “desmontes” (residuos de minas). Alguna vez apunté que Comibol tiene residuos minerales en superficie que alcanzan a 45 millones de toneladas de “desmontes” y 88 millones de toneladas de “colas”; el aprovechamiento económico de éstos, ha sido desde siempre el sueño de generaciones de técnicos de la estatal minera, que por razones de tecnología o de costos no se concretaron, excepción hecha del proyecto San Bartolomé en Potosí donde un emprendimiento de la Minera Manquiri, subsidiaria de la canadiense Coeur D\'Alene, está a punto de iniciar operaciones.
Una variante nueva de los anuncios gubernamentales indica la incursión, vía decreto supremo, de la estatal minera a la explotación e industrialización del salar de Uyuni a través de una empresa subsidiaria, dejando de lado al CIRESU (Complejo Industrial de los Recursos Evaporíticos del Salar de Uyuni), entidad creada por la Ley 719 para esos fines. Al margen de apuntar aquí que: el aprovechamiento del salar de Uyuni no es un problema semántico sino de tecnología y mercados, la instalación de una planta piloto si bien es útil a estos propósitos no guarda relación con una secuencia lógica de encarar el problema que debería empezar por un zoneamiento ambiental y de recursos naturales, por el empoderamiento del CIRESU y por una administración regional de estas decisiones (La Razón: 29.01.08).
El “empoderamiento” estatal y la “indigenización” de la minería nacional (término aplicado al control accionario mayoritario de las empresas mineras por los locales, en Zimbabwe, África) son en sí meritorios si se hacen adecuadamente y si mantienen un debido equilibrio con las pocas inversiones que actualmente vienen al país y si no se hacen a costa de ellas. Muchos otros países sub-saharianos y algunos latinoamericanos como Ecuador y Venezuela, están en esta onda; los resultados están por verse, pero mi percepción es que si no manejamos bien la cosa, a la vuelta de la esquina nos encontraremos con que al margen de haber desaprovechado la actual coyuntura de buenos precios de los minerales, no estaremos preparados para la siguiente y seguiremos viéndonos el ombligo y pensando que somos el centro del universo.
Como se hizo en 1952 y en 1985, los cambios estructurales del sector minero, basados en arrasar al contrincante (los grandes mineros o la Comibol en cada caso), han significado un retroceso de la competitividad y la eficacia del país frente a sus vecinos y frente a los competidores de ultramar. Patiño dominaba en su tiempo el mundo financiero internacional minero y lo que nacionalizamos fueron las viejas minas de este empresario pero no su poder financiero. Comibol en 1985 podía generar 200 millones de dólares al año, destruimos este aparato productivo en aras de la libre empresa y ahora queremos seguir explorando y explotando las viejas minas de la estatal minera, ¿quién entiende estos cambios?
Ojalá y con suerte, el cambio actual lo consideremos en concordancia con lo expuesto: sumando y no destruyendo, equilibrando los esfuerzos estatales y privados y acudiendo a la ya famosa frase de Filemón Escóbar: “complementándonos entre opuestos”.
*Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, ex ministro de Minería.
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