El pasaje Tarapacá de la zona Garita de Lima, en La Paz, es el lugar por excelencia de fabricación de sombreros, la mayoría para las cholitas.
Texto: Jorge Quispe Fotos: David Guzmán
Ojalá que las cholitas nunca se pierdan, suspira Luis Callisaya Vacaflor (51). “Ellas son las más fieles”. Por eso, sombrereros de profesión como Luis las tienen en un altar ´porque gracias a ellas vivimos´.
En el pasaje Tarapacá de la zona Garita de Lima, la chola paceña es la más consentida. Unas llegan para hacer retocar su sombrero, otras para el planchado, limpieza general, y algunas, aunque cada vez menos, para comprar el tradicional y costoso borsalino.
“Decían que la chola paceña iba a desaparecer, no creo que suceda, ya que ahora, incluso, algunas señoritas se visten de pollera y, claro, un buen sombrero hace la diferencia´, comenta Luis, que tiene 31 años de experiencia en este oficio.
El sombrero pudo desaparecer
La dictadura, la devaluación de la moneda nacional y la escasez de fuentes de trabajo a fines de la década del 70 también afectaron a la industria del sombrero. “Sólo quedábamos unos 10 sombrereros porque no había mucha demanda, al grado que las fraternidades usaban sombreritos de cartón´, recuerda don Luis.
El sombrero estaba a punto de desaparecer, porque los costos se habían encarecido a tal grado que era un lujo ponerse uno. Cuando la suerte parecía estar sellada a Luis se le ocurrió hablar con la banda Marisma Mundial, famosa en esa década. “Se iba a realizar una fiesta de los carniceros y les propuse a los músicos y a los bailarines que lleven sombreros, hice un precio especial y así lo rescatamos. Al año siguiente aparecieron dos fraternidades más y luego fueron tres. Ahora no sólo las cholitas usan sombreros sino también los varones´, advierte.
Luis jamás olvida aquel momento, por ello es un eterno agradecido a las cholas paceñas, ´sin ellas este negocio quizá no tendría razón de ser´, observa.
En la tarjeta de presentación de Luis aparecen dos cholitas y hasta su esposa, que usualmente viste de vestido, luce una pollera para algunos acontecimientos. En tanto que su madre y su suegra son verdaderas cholas paceñas.
“Las cholitas son las clientes más leales, tenemos caseras fijas, pero también trabajamos con las pasanakeras y las carniceras´.
Los precios varían entre 100 y 34 bolivianos, dependiendo del material, que puede ser nacional, brasileño y portugués. También los hay de medio uso. Algunos que son similares al borsalino cuestan hasta 700 bolivianos. Son muy pocas las personas que pueden darse el lujo de tener un original borsalino que llega a costar entre 3.200 y 3.400 bolivianos, casi el doble de lo que costaba el 2007.
El artesano destaca la mano de obra del paceño. “Prácticamente hicimos quebrar a la famosa tienda italiana de sombreros Borsalino, porque aquí se hacen similares y mejores que aquellos que nos vendían hasta hace ocho años´, recuerda. La conocida tienda Broadway, de la calle Comercio, que traía este tipo de sombreros en La Paz, también debió cerrar.
“Ninfa” se llama la sombrerería de Luis, en homenaje a su esposa, que junto a sus seis hijos están al frente de las tiendas 20 y 22 del pasaje Tarapacá. Ahí hace dos años se creó el Sindicato 25 de Abril para vender y exponer sombreros, el sitio antes era muy peligroso. ´Había delincuentes, pero decidimos intervenir y ahora somos 30 artesanos en la por excelencia calle tradicional del sombrero´.
La moda del 70 vuelve
Ahora las mujeres prefieren fieltros de copa mediana y baja. ´La moda de los años 70 está volviendo, la gente quiere que sus borsalinos se parezcan un poco a los que se fabricaban esos años´, sostiene Javier Tarquino Mamani (38).
Muestra un modelo 33, luego el 34, 35 y así hasta el 39. ´Los 37 y 38 son de copa mediana´. En Sombreros Tarquino, que es el nombre que ha puesto a su tienda, Javier siempre intenta innovar. “Ése es el secreto de cualquier empresa”, dice, y señala orgulloso las lujosas cajas en las que entrega los sombreros recién fabricados. “El cartón es especial y en sus cuatro caras todo es full color”, refiere mientras señala con el índice el rostro de su esposa que posó como modelo en el elegante diseño.
Jhovana es la esposa de Javier. Es su mano derecha. Según él, “es muy detallista cuando se trata de hacer nuevos diseños para un público cada vez más exigente”.
Javier prácticamente creció entre sombreros, ´primero costuraba y así aprendí todos los secretos, aquí debes ser hábil y creativo´.
En menos de una hora, tres cholitas hacían fila en la tienda número 638, una de las dos de la familia Tarquino. El tiempo le falta a Javier, que hace 14 años estudiaba Comunicación Social en la Universidad Mayor de San Andrés con la intención de ser un día radialista.
Sin embargo, no se arrepiente, los pedidos nunca le faltan, fraternidades como La Señorial Illimani, Los Fanáticos, Los Intocables, Rosas de Viacha, Los Catedráticos y La Plana Mayor, en La Paz, además la Central Cocani, de Oruro están entre sus clientes que en los mejores casos piden hasta 500 sombreros por grupo.
Llega Marcela Quenallata (40), una de las clientes más fieles, en su casa tiene al menos diez sombreros, casi todos los compró en Tarquino, en algún momento lució incluso un borsalino, que un ladrón le hurtó a plena luz del día. ´Ahora uso uno portugués, es muy bonito, no pierde el color y llama menos la atención de los rateros´.
El trabajo dura hasta noviembre
Con la fiesta del 3 de Mayo se inicia oficialmente el año folklórico en La Paz, que dura hasta noviembre, cuando baja la actividad.
Hay devotos de la Cruz en todos los rincones del país, por eso Luis y Javier están sin tiempo en los últimos días de abril. “La mayoría quiere mostrar un nuevo sombrero, un nuevo diseño, además de eso ya viene la Fiesta del Gran Poder”, resume Javier.
Una obra completa puede demorar hasta un día. Javier asegura que puede armar hasta 20 sombreros en una sola jornada, claro, ayudado por sus cuatro operarios.
Cuando recibe un pedido, primero toma el fuste o material, que llega desde Brasil, Italia, Portugal, pero también desde Chuquisaca; luego procede al armado con la horma, el cortado y raseado, que consiste en dejar liso el material americano, japonés o de borsalino, para después costurar la cinta y el cordón. Con el producto casi listo, Javier encaja otra vez el sombrero en otra horma, para sacarle brillo, pero no todo acaba ahí, porque se debe instalar el forro y los respiradores. La penúltima etapa es el abarquillado, para darle forma de barquillo con una horma, y por último se la deja secar entre 10 a 20 minutos. Y listo el sombrero.
Desde el proceso del engomado del material de pelo de conejo o de castor —si uno quiere que se parezca a un borsalino— hasta el secado y armado final, Luis tarda un día en armar un sombrero. Los sombreros de varón se pueden armar en dos o tres días.
El hijo mayor de Luis, de 22 años, ya puede preparar uno sin ayuda. En tanto que Javier enseñó ya a Kevin, de 8, a costurar, como él comenzó en este oficio. Ambos están orgullosos de heredar su oficio y forma de vida.
NECESARIO
“El paceño debe usar sombrero”, sugiere el artesano Luis Callisaya al recordar que la capa de ozono es cada vez más delgada y, por consiguiente, la radiación solar mayor, peor aún si es sobre los 3.600 metros sobre el nivel del mar. Los paceños debemos usar sombreros en gran parte del año para prevenir daños a la piel, incluso cáncer. La Sombrerería Ninfa está en el pasaje Tarapacá en las tiendas 20 y 22 el teléfono es 2459880. Mientras que Sombreros Tarquino se encuentra en las sucursales 638 y 687 y el teléfono es 2458874.