Inscripciones tan antiguas como la muerte, que develan historias y evocan victorias; revelan sueños... de los vivos y de los muertos.
Abdel Padilla Vargas • Fotos: David Guzmán
P or siglos, los antiguos romanos despidieron a sus muertos recitando una corta como noble oración: “sit tibi terra levis” (“que la tierra te sea leve”). A la que luego se sumó “siste, viator” (“detente, caminante”), aludiendo a los panteones a la vera de los caminos.
Ambas inscripciones fueron una suerte de mensajes colectivos que pasaron de una generación a otra como el último eslabón con los seres desaparecidos. “Frases del adiós”, como lo entiende la colombiana Amparo Osorio, que ha escrito un ensayo que puede considerarse una breve biografía de los epitafios, esas cortas frases esculpidas sobre las lápidas, que inmortalizan a quienes estuvieron vivos y son tan antiguas como la muerte misma.
Es por ello que no es tarea sencilla hallar un hilo cronológico del trayecto de estas frasecillas, que desde siempre develaron historias, evocaron victorias y revelaron sueños..., de vivos y muertos.
“Sentencias consagratorias, alegóricas o irónicas..., una tentativa de inmortalizar un gesto, un oficio, un amor, una religión o una utopía; una constelación que nos evoca, un signo que fija el rostro, el sueño inmóvil de alguien que un día fue de carne y hueso, y que hoy apenas habita en el viento”, describe Osorio.
Pero los epitafios, a su paso por la historia y las distintas culturas, han superado lo mundano y recalaron también en el plano de las deidades, ante la evidencia de que los dioses... también mueren, y que de algunos de ellos, incluso, aún se conservan en sus tumbas.
En la del dios Osiris, por ejemplo, ubicada en Sais en el Bajo Egipto —relata Osorio— “existen signos del período ptolomeico, donde a manera de epitafios cuentan la vida del imponente personaje mítico: ‘Esta es la forma de aquel que no puede ser nombrado, Osiris el de los Misterios, que brota de las aguas que retornan’”.
También en la antigua Grecia, a pesar de la costumbre de incinerar a los muertos, se impuso la práctica de escribir epitafios, “extendiéndose a galerías, claustros, obeliscos y medallones que no necesariamente contienen las cenizas del viajero”, se lee en el portal letralia.com, y en el que escribe Osorio.
“En Esparta se concedía el honor del epitafio sólo a los guerreros que morían luchando por la patria. Sobre la tumba de Leónidas, por ejemplo, caído en la batalla de las Termópilas, reza la siguiente leyenda: “Pasajero, ve y di a Esparta que sus hijos han muerto por obedecer sus leyes”, relata la investigadora.
Que la piedra soporta tanto como el papel, es una sentencia que el epitafio parece haber afirmado. Aunque el soporte también ha sido rebasado en este mundo sin límites, ante la necesidad de un mensaje póstumo que en ocasiones es el último deseo del finado. Que no resulte extraño, por ello, que un día sea posible leer sobre una ola el ruego del poeta inglés John Keats, que pidió que su epitafio sea escrito no sobre la piedra “sino sobre el agua”.
Un verso que ha entrado a la historia por haber sido adoptado y adaptado por la cultura occidental es el que se encuentra en la lápida de la tumba de Quevedo, que a la letra dice: “Polvo serás, más polvo enamorado”.
Otro que no puede pasar desapercibido es el de William Shakespeare, que en tono de advertencia dice: “Bendito sea el que respete estas piedras y maldito el que mueva mis huesos”. Más de uno de los seguidores del dramaturgo y poeta inglés, sin embargo, habría preferido retomar para su epitafio las últimas palabras del príncipe Hamlet en su agonía: “Lo demás es silencio...”
Entre las más cortas pero no menos profundas destacan: “Era un hombre”, de Goethe; “Vio, escribió, amó”, del escritor francés Stendhal, autor de Rojo y Negro; “Sta, sol, ne moveare (“Detente, sol, no te muevas”), de Copérnico; “Yo busqué el oro del tiempo”, del surrealista francés André Breton; “Bird”, del jazzista Charlie Parker, cuya corta inscripción se complementa con la figura de un pájaro sobrevolando un saxofón; “Y no tengan miedo”, de Jorge Luis Borges; “Voy y vuelvo”, de Nicanor Parra; o “No envidéis la paz de los muertos”, de Nostradamus.
Cómo no citar entre los epitafios imaginados por sus propios protagonistas la del ensayista y poeta mexicano Octavio Paz: “Quiso cantar, cantar/para olvidar/su vida verdadera de mentiras/y recordar/su mentirosa vida de verdades”.
Hubo, por otro lado, personalidades que aunque escribieron sus respectivos epi- tafios antes de morir, éstos no fueron considerados, como Marilyn Monroe, que habría querido la siguiente inscripción: “Aquí yace MM, 87-52-83” (en alusión a sus medidas). Entre los nacionales llaman la atención los mensajes de las tumbas de Gregorio Reynolds: “Vivir sin hacer daño, morir de repente, son la envidiable vida y la envidiable muerte”; de Mauricio Lefebre: “Mártir de la liberación nacional”; y de Luis Espinal: “Mártir por la democracia”, los tres en el cementerio general de La Paz.
Finalmente, están los epitafios que, aunque burlescos, algunos son reales, como: “Aquí yace mi mujer, fría como siempre”; “Aquí yace mi marido, al fin rígido”; o “Aquí yaces, tú descansas, y yo también”.
Inscripciones
“Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo”. Miguel de Unamuno
“Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito el hombre que respete estas piedras, y maldito el que remueva mis huesos”. William Shakespeare
“Lo que el alma hace por su cuerpo, es lo que el hombre hace por su pueblo”. Gabriela Mistral
“Mantua me genuit; Calabri rapuere; tenet nunc Parthenope. Cecini pascua, rura, duces. (“Mantua me engendró; los calabreses me llevaron; hoy me tiene Parténope; canté a los pastos, campos, caudillos”). Virgilio
“Aquí descansa sir Isaac Newton, caballero que con fuerza mental casi divina demostró el primero, con su resplandeciente matemática, los movimientos y figuras de los planetas, los senderos de los cometas y el flujo y reflujo del océano... Dad las gracias, mortales, al que ha existido como adorno de la raza humana”.
Turgot pronunció en honor de Benjamin Franklin el siguiente epitafio: “Arrebató el rayo a los cielos y el cetro a los reyes”.
“Aquí yace el poeta Vicente Huidobro. Abrid su tumba, debajo de su tumba se ve el mar”. Hecho con un fragmento de uno de los poemas del propio Huidobro.
Francis Scott Fitzgerald dejó escrito para su epitafio: “Estuve borracho muchos años, después me morí”.
Thomas Jefferson, presidente de Estados Unidos entre 1801 y 1809, seleccionó como parte de su epitafio la frase “Padre de la Universidad de Virginia”.
Alfred Hitchcock pensó en su epitafio: “Esto es lo que le pasa a los chicos malos”, sin embargo nadie se atrevió a ponerlo.
“Ich habe es versucht” (“Lo he intentado”). Epitafio escrito por el canciller alemán Willy Brandt, canciller alemán para él mismo.
Inscripciones
“Lo hizo a la manera difícil” Bette Davis (Ruth Elizabeth Davis), actriz estadounidense de teatro, cine y televisión.
“Verdadero acero, hoja afilada” Arthur Conan Doyle, “caballero patriota, médico y hombre de letras”.
“El cielo estrellado sobre mí, la ley moral en mí”. Immanuel Kant, filósofo alemán.
“Duerme. La suerte persiguióle ruda; murió al perder la prenda de su alma. Larga la expiación, la pena aguda fue; y así obtuvo la celeste palma”. Epitafio de Jean Valjean al final de Los Miserables.
“No me llores perdida ni lejana, yo soy parte esencial de tu existencia, todo amor y dolor me fue previsto, cumplí mi humilde imitación de Cristo, quien anduvo en mi senda que la siga. Sus disculpas”. “Evita, eterna en el alma de tu pueblo”. Epitafios de Eva Perón.
“I am Providence” (Soy Providence). Howard Phillips Lovecraft
“Es más digno que los hombres aprendan a morir que a matar”. Epitafio de Séneca.
“Lo que el alma hace por su cuerpo es lo que el artista hace por su pueblo”. Gabriela Mistral.
“Viajero que pasas por aquí: ve a decir a los espartanos que por su ley, aquí yacemos”. Epitafio de las Termópilas.
“Aquí yace un valiente, un temible adversario y un hombre de honor. Descanse en paz”. Epitafio de Manfred von Richthofen, conocido como el “Barón Rojo”.
“Odiado por sus enemigos y temido por sus amigos”. Epitafio de Cayo Mario.
“Asesinado por un cobarde y traidor cuyo nombre no merece figurar aquí”. Jesse James.
“Aquí yace James Joyce, futuro millonario”. Por él mismo.
BOLIVIA
“Vivir sin hacer daño, morir de repente, son la envidiable vida y la envidiable muerte”. Gregorio Reynolds
“Patria - Trabajo” Bautista Saavedra La Paz, 30 de agosto de 1870 - Chile, 1939.
“Muerto en defensa de la patria” A uno de los tantos combatientes de la Guerra del Chaco.
“Mártir de la liberación nacional”. Mauricio Lefebre
“Mártir por la democracia”. Luis Espinal
“Hermano, más allá de la muerte y de la ingratitud, queda nuestra amistad”. Tu compadre.
“Preparados para lo peor, esperando lo mejor”
“La conciencia de los pobres tiene más valor que el dinero de los ricos”. A Carlos Palenque.
“La muerte es nada, el olvido es todo”. Epitafio dedicado por el ex presidente Hilarión Daza a sus padres.
“Hodie Mihi Cras Tibi (Hoy por mí, mañana por ti)”. Inscripción en latín que se encuentra en el frontis del cementerio general de Sucre, que tiene el título de Patrimonio Nacional.
“El que venciere no sufrirá daño de la segunda muerte”
“Nadie jamás ha podido amar tanto como tú... y el amor no se agradece, se corresponde”
“Una oración, una flor, una lágrima nunca te faltarán” Epitafios del panteón de Sucre.
“No siempre queda la esperanza trunca, no todo termina en los sepulcros yertos, hay almas que se acuerdan de los muertos y hay sentimientos que no mueren nunca”
“La vida para ti fue muy dura, pero siempre saliste adelante” Dedicado a las madres.