El mundo está al revés o la ironía ha trastocado el sentido de las cosas para golpearnos arteramente. La sociedad boliviana, en su más básico sentido gregario y colectivo, carcome sus normas, de ésas que sirven para el cumplimiento de los acuerdos mínimos de convivencia.
Ya nada sería la anomia ni el ´estado de naturaleza´ que tantos analistas se han dado a la tarea de caracterizar/satanizar como parte de esta crisis estatal; esa lectura se abalanza como bestia hambrienta sobre los restos de orden que aún quedan, para terminar de destrozarlos, señalando, así, a un solo culpable, Evo Morales, que por ahora lo es más por su incapacidad de gestión, aunque eso sirve como la perfecta excusa también para que los atávicos sentimientos hacia su origen y su piel cobriza salgan a flote, camuflados esta vez en razones.
Es verdad, esa sensación del riesgo en la sociedad y la incertidumbre económica, junto con la pugna por el control del Estado a cualquier costo, está sembrando aún más el desorden. Y este caos, que en algún momento lo describí como parte de la estrategia demagógica gubernamental, ya no es más la retórica radical que, si bien molestaba y generaba disonancia en la rancia burguesía boliviana y las empresas transnacionales, protegía sus intereses frente a la presión de grupos levantiscos surgida el año 2000, pues hacía ver —aún intenta hacerlo— como nacionalización algo que en verdad no lo era, o mostraba el iluso esfuerzo por redistribuir la tierra sin afectar los intereses de la burguesía agraria. En este sentido, este Gobierno jamás se propuso cambios de fuste, sino que rondó apenas la superficie; lo irónico es que ni esos retoques pudo lograr frente a una clase dominante que impide aunque sea un mínimo avance.
El desbarajuste es real. Pero ese ´sálvese quién pueda´ no es reciente. Vino con la corrosión del mundo del trabajo; por ello ese ausente sentido social ligado a la vida productiva que brindaba, antes, cierta confianza, integridad y compromiso con el otro en una búsqueda de emancipación totalizante en el buen sentido. Ese proceso terminó por destruirse en la década del 80, y apenas sobrevivieron algunos resabios mutantes en asociaciones de pequeños productores (cocaleros incluidos) y gremios de comerciantes (¿mafias de contrabandistas?) durante todo el periodo del ajuste, en un contexto de flexibilidad y precariedad laboral creciente.
Ese es el malestar que vivimos ahora, en su fase más compleja de crisis societal, pues frente al ´sálvese quién pueda´ y la atomización de la protesta, vivimos la crisis de la clase dominante, que está haciendo todo por destruir la objetivación más racional del poder y el orden, es decir, el Estado.
*Gustavo Luna es comunicador y trabaja en el Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA).
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