El interés de Arguedas por la tonalidad de los ojos del autócrata nació con el ensayo de novela “Pisagua”. Buscar descifrar el color de los ojos de Melgarejo es ahora un divertimento inocente. No siempre fue así.
Los ojos son, junto a los labios, una de las partes del cuerpo más celebradas por la literatura, la canción y hasta la filosofía. Otras partes han permanecido en el anonimato y el sólo mencionarlas llevaba a quien lo hacía a los bordes oscuros del pecado o las imprecaciones vulgares.
La mirada es quizá la relación más inmediata entre los seres humanos. Ahí nace una reciprocidad que no existe necesariamente en la voz, el oído o el olfato. Si bien no cristaliza siempre en una interacción estable, puede constituir el inicio de una pasión o una amistad, o engendrar un rápido rechazo o un odio a veces inmerecido.
El saber popular ha considerado los ojos como el espejo del alma; a través de ellos, de su color, de su expresión se intenta revelar el carácter, la índole de una persona. Cada color ha recibido significados propios. El azul evoca la tranquilidad; el negro, como dice la tonada, indica la traición. El gris la melancolía y el verde, tal el de los gatos, asusta. Se asocia con el poder de atravesar el espíritu del que lo mira. Las interpretaciones no son unánimes, pueden darse otras igualmente posibles, según las épocas, las culturas. Qué importa, la gente seguirá leyendo en los ojos de los demás.
¿De qué color eran los ojos de Melgarejo, cuyas cóleras, arbitrariedades y caprichos segaron tantas vidas durante el sexenio que duró su gobierno?, se han preguntado varios historiadores, especialmente A. Arguedas, con la curiosidad de saber si entre aquellos y las tristes hazañas del tirano había alguna correspondencia. La preocupación venía desde su novela primeriza y se acrecentó porque en los años de su primera estada en Europa, E. Faguet, un ensayista francés de fines del siglo XIX, conocido del público boliviano, desató una polémica en la prensa parisina sobre el color de los bigotes de Napoleón III, que no careció de interés a pesar de que por aquel entonces (1906) el asunto Dreyfus, que dividía a Francia en dos mitades antagónicas, constituía el centro del debate. Los bigotes morenos tuvieron sus defensores, al igual que los rubios, tirando a rojos así como los grises sucios. El negro de las mocedades del Emperador, que se blanqueó con el tiempo, también halló defensores. Los eruditos no consiguieron ponerse de acuerdo y la interrogación quedó sin una respuesta aceptada por todos, Arguedas, en cambio, al final aclaró su inquietud.
T. O\'Connnor D\'Arlach, uno de los biógrafos de Melgarejo, recogió el testimonio de una mujer tarijeña que lo conoció y lo describió así: ´De todos los oficiales del Segundo Regimiento que vinieron en guarnición a Tarija el más bello, el más alegre, el más generoso, el más esbelto era el capitán Melgarejo. El día que lo conocí —me acuerdo de ello como si fuese ayer— yo pasaba por la calle de La Palma y él avanzaba hacia mí sonriente, muy alto, delgado, con los hombros anchos, con la mirada acariciadora y dominante, se diría una palmera viviente´.
E. Sotomayor Valdez, ministro Plenipotenciario de Chile durante los años de su gobierno, dejó otra imagen del hombre: ´Su aspecto era feroz y a pesar de la compostura, circunstancias que violentamente se impuso, su voz (era) entrecortada y ronca… sus ojos inyectados en sangre, su rostro ceniciento. El retrato oficial, con las insignias presidenciales en el pecho, sobre una casaca verde petróleo ornada de espigas de laurel bordadas con hilos de oro, pintado del original por A. Villavicencio, lo muestra de ojos grises claros con reflejos verdosos.
El interés de Arguedas por la tonalidad de los ojos del autócrata nació con el ensayo de novela Pisagua, escrita en 1903, ambientada en La Paz el día de las barricadas que acabaron con el régimen melgarejista; quería contarlos en la narración. Buscó en vano testimonios documentales. Indagó entre las personas que lo frecuentaron, entre sus oficiales y la confusión fue mayor, como anotó en su diario. Algunos dijeron que eran negros, otros grises y no faltaron quienes aseguraron con toda seriedad que eran rojos, de donde el historiador concluyó que seguramente los vio en un momento de turbación, encendidos por el alcohol y la concupiscencia que ardían continuamente en él.
Decidió acudir a doña Juana Sánchez, la acompañante de Melgarejo en los días de gloria y poder, ´que los había visto brillar en los raptos de pasión´, y le pidió a doña María Romecín de Calderón, íntima amiga de aquélla, que le aclarará el asunto. Así se enteró de que los ojos de Melgarejo eran… verdes.
Con seguridad, ese tinte dijo cosas distintas a la dama tarijeña de la calle de La Palma que los encontró seductores y al coronel Cortés que sólo alcanzó a ver los destellos de furia, escuchar una voz tartajosa diciendo tírenlo caballo y todo, y el fogonazo del riflero.
Vencido en las barricadas de La Paz emprendió, con los últimos fieles, una cabalgata desbocada por senderos anegados, acosado por los furiosos campesinos del altiplano que querían su cabeza. La comitiva se desbandó en el camino. Llegó hasta Lima, frotó con la mano los ojos entristecidos, agotados por el esfuerzo, por lo arduo de las jornadas. Ya no tenían el brillo de antes, ido, partido, únicamente quedaba la leyenda forjada a su medida, cierta y ficticia, que a su vez el tiempo también desgastó.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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