El ajedrez es sin duda el juego que más se asemeja a la política. Y paradójicamente, el que en la práctica más se diferencia.
El ajedrez se juega en territorio limitado, con iguales posibilidades en cantidad y calidad de medios para cada adversario y con reglas claras y precisas para el movimiento de cada pieza y el desarrollo del combate. En competencia, con tiempos fijos para cada movimiento. Pese a eso, el juego ofrece una cantidad casi infinita de variables.
Jugarlo depende no sólo de conocer reglas y movimientos de cada pieza. Depende también de la capacidad de aplicar una estrategia para aprovechar las posibilidades de cada trebejo, según sus características específicas y función. Pero sobre todo, depende de la capacidad de cada adversario para anticipar la respuesta y las consecuencias de cada una de las jugadas que realiza. Cuanto mayor sea esa capacidad, a mediano y largo plazo, mayor será su posibilidad de triunfo pues evitará, por anticipado, errores generalmente caros.
En el fondo, en el ajedrez se juega a imponer una estrategia sobre otra (blancas frente a negras) en una cancha bien rayada en la que ambos tienen tiempos determinados y respetan las reglas, sin trampas ni chicana.
En la práctica, la diferencia entre ajedrez y política, que en Bolivia es deporte, es que si bien cancha y reglas son las mismas y los adversarios dicen conocerlas, ni oficialistas ni opositores las respetan y trampas y chicana no son la excepción que confirma la regla, sino más bien norma y característica de los bandos.
Nadie muestra, tampoco, conocer las características y la capacidad de movimiento de cada pieza. Los peones, como en todas partes, juegan siempre al mejor postor porque van al sacrificio. Alfiles y caballos no son siempre fieles ni útiles al rey. Por eso muchas veces terminaron pateando el tablero.
Pero lo más grave es que a estas alturas nadie muestra una capacidad de análisis para prever las consecuencias de sus movidas no ya a largo y mediano plazo —sería mucho pedir.— sino incluso al inmediato, como aficionados. Estamos por eso de referéndum en referéndum y buscando el voto popular para salir de las tablas.
Los estadistas, como los grandes maestros, son capaces de pensar a largo plazo y en profundidad sobre las consecuencias políticas, económicas y sociales de sus acciones, en función de las posibilidades internas y externas de su estrategia y sobre todo de características y capacidad de las piezas que la sustentan. Porque se lo juega con la cabeza, al ajedrez se lo llama juego ciencia.
*Juan León C. es periodista.
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