Un tema que en estos días quita el sueño a muchas autoridades y a la población es el tema de los precios de los alimentos, que son parte sustantiva del problema inflacionario que se ha tornado en un dolor de cabeza mundial porque afecta los bolsillos de todos los ciudadanos.
Con mi ya larga vida, esto me ha despertado a la memoria tres recuerdos. El primero, algo muy parecido a lo que relata Rolando Morales en “pan a medio cocer”, él narra: “Los años cincuenta fueron muy duros para Bolivia y, en particular, para mi familia...”, la comida falta, no sólo porque no había ingresos, sino porque la Revolución había destruido y desordenado el aparato productivo, sobre todo, la cadena productiva del agro cochabambino. Mis hermanos y yo teníamos que levantarnos muy temprano, alrededor de las 5.00 de la mañana, para recibir el pan que el buen panadero, Don Natalio, guardaba para nosotros...”.
El segundo, mi grato periodo como funcionario internacional de la Junta del Acuerdo de Cartagena, entre 1977 - 1984. Estaba a cargo del área de comercio de productos agropecuarios de los Países Miembros del Grupo Andino. Una de mis tareas era la de revisar las políticas de los cinco países en torno al sector agropecuario. En ese período, en el que todavía se vivía la influencia cepalina, los países contaban —sin excepción — con empresas comercializadoras de alimentos. Bolivia, tenía la poderosa CBF, con muchas empresas dedicadas a la agroindustria: ingenios azucareros, la PIL en Cochabamba que buscaba ampliar sus actividades a otros departamentos, flota de aviones para transporte de carne del Beni, hacia las minas y varias otras. Lo notable era que, los cinco países, en una supuesta política de defensa de sus consumidores subsidiaban los productos básicos de la canasta familiar: trigo, leche, importaciones de maíz para la industria avícola, aceites vegetales. El monto de los subsidios bordeaba los 5 mil millones de dólares, mucha plata para ese entonces. En cambio Chile había decidido alejarse del modelo súper proteccionista, para abrir sus mercados y tornarse en un país competitivo en los mercados internacionales.
El resultado visible era que, Bolivia, Ecuador y Perú, con la ayuda de la Ley Pública 480 de los Estados Unidos, se volvieron fuertemente trigodictos. Que Venezuela, con su desarrollo tipo saudita, era el más grande importador de alimentos. Todos desprotegimos nuestro aparato productivo.
El tercer recuerdo, a mi retorno a Bolivia, fui invitado a ocupar la Subsecretaría de Industria del Ministerio de Industria y Comercio, en pleno periodo de la UDP, por unos cuantos meses, fui el zar que negociaba los precios con los productores nacionales agropecuarios y de ciertas industrias como el cemento y la farmacéutica. Un día llegué al despacho, me llamaba el ministro: me espetó: ¿Qué me has hecho?, al ingresar un grupo de mujeres en la puerta vociferaba: “Ministro hambreador, has subido el precio de la leche”. Traté de explicarle: no podemos parar la subida de precios contra nuestros productores, cuando todo sube. Inútil, creía que éramos los “todopoderosos” que podíamos detener algunos precios. Hasta que vino el 21060 y lo compuso todo.