Estuve en Lima por dos días, asistiendo a un seminario de periodistas de Europa y América Latina. La ciudad ya había sido tomada por 50.000 policías que fueron convocados por el gobierno de Alan García para asegurarse de que no se produzcan hechos lamentables durante la cumbre UE-América Latina y Caribe. Tres días de asueto fueron declarados para los limeños, sólo para garantizar la tranquilidad de esa ciudad de ocho millones de habitantes.
El temor del gobierno peruano es que los presidentes visitantes puedan comprobar que en el Perú han surgido indicios preocupantes que podrían poner en riesgo la muy buena racha económica de que está gozando ese país. El año pasado creció en 9% una tasa parecida a la de los últimos siete años. Las inversiones fluyen. Sólo en minería se espera que en dos años lleguen 30.000 millones de dólares.
Pero hay temor. El temor es que el grupo de Sendero Luminoso, que había sido destruido por Alberto Fujimori en los 90, llegue hasta Lima desde las selvas donde se refugió y donde se está rearmando.
Se está rearmando con una fórmula que ha tenido éxito en otras latitudes, en nuestras latitudes. El dirigente Víctor Quispe Palomino se refugió en la zona conocida como VREA, por la influencia de importantes ríos de tres provincias peruanas.
Allí ha surgido el cultivo de la coca, que vino a reemplazar a las plantaciones erradicadas de Huallagas y Alto Huallagas. Quispe Palomino ha armado a los cocaleros para que defiendan sus cocales y, de paso, protejan a la organización militar que él dirige.
Un colega de La República me contó que ya hay indicios de que el grupo de Quispe Palomino está organizando grupos armados en Lima. Lo que no había logrado Abimael Guzmán cuando estuvo tan cerca de controlar el Perú por medio de la violencia y el terror, lo ha descubierto Quispe Palomino en VREA: la organización terrorista necesita recursos económicos para crecer, y esos recursos están en la coca y la cocaína.
Las noticias sobre esta realidad son muy intensas. Mientras conversaba con el periodista limeño, le llegó al celular la noticia de que un cargamento de cuatro toneladas de cocaína había sido tomado por la policía.
Pero según los datos que tiene el periodismo peruano, que no se ha mencionado hasta ahora en Bolivia, las fábricas de clorhidrato están ahora en territorio boliviano. La pasta base de cocaína, que antes debía ser llevada a Colombia para convertirla en clorhidrato, ha dejado de hacer ese camino en vista de la dura política de Álvaro Uribe contra el narcoterrorismo. Por lo tanto, la corriente internacional de la cocaína tiene ahora a Bolivia como el territorio donde están los laboratorios donde, con la ayuda del éter, la pasta base se convierte en clorhidrato. Nuestro territorio
tiene las características para ser llamado, por una traducción apresurada del inglés, un “santuario” para la droga. El negocio mueve 180.000 millones de dólares por año, FOB.
Combinar las drogas con la política, o con el terrorismo, es algo que los terroristas colombianos practican con mucho éxito. Han logrado incluso comprar amistades y lealtades en países vecinos. Y quizá, sin saberlo, están poniendo las bases de un eje de países hermanados por un pecado. Una especie de Comunidad Andina de Naciones Narcodependientes (CANN).
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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