Más allá de las archiconocidas denuncias del abusivo neoliberalismo, en el hemisferio sur constatamos que la subeconomía y la deseconomía están institucionalizadas, no sólo en el nefasto mercado negro de una infinidad de productos y servicios falsos y/o plagiados, sino en ingeniosas cadenas de sobrevivientes que le pellizcan a la vida un trozo de pan.
Ferias, calles, restaurantes, consultorios médicos, programas de televisión, el transporte público, la internet, iglesias y santuarios, son algunos de los cientos de escenarios en los cuales la pobreza —confundida con la marginalidad y la mafia organizada— opera sin pausa: vendiendo todo lo vendible, porque todo debe ser vendible en el plan de su indeleble economía de rapiña.
En patidifusa mezcla, reconocemos la inopia no sólo como desgracia, sino como adicción primordial, es decir, la pobreza como vicio, convirtiéndose, cosa curiosa, en un elemento casi turístico: la pobreza como espectáculo.
La sombra de la pobreza, muchas veces como opción filosófica de vida, habita en millones de manos extendidas que golpean nuestra indolente e indiferente mirada. La pobreza se ha convertido en algo normal, es más, me atrevo a decir, en algo natural.
No se lea que me fastidia la presencia de los pobres, la reflexión señala hacia las insulsas políticas gubernamentales para exterminar la pobreza. Los políticos pierden el tiempo en el desgastado y tecnocratizado debate acerca de la justicia social, y lo que se requieren son soluciones concretas a los problemas específicos.
Bien señalaba la santa madre Teresa de Calcuta, respondiendo a sus detractores: “A mí no me interesan las estructuras sociales. No tengo tiempo para pensar en grandes programas. Nuestra misión es el hombre individual, que nos necesita ahora”.
Tanto los gobiernos nacionales como los organismos internacionales no han sido capaces de gestionar proyectos sostenibles que coordinen de manera proporcional las oportunidades de estudio con el acceso al trabajo permanente y justamente remunerado.
Durante decenios, el hemisferio sur está siendo objeto de un asistencialismo pauperizador. Palabras más, palabras menos, el hemisferio sur es el continente de los carenciados pedigüeños. En consecuencia, podemos afirmar, a propósito de la soberanía, que lo que hace indigno a un pueblo no es su soberanía en escombros, sino sus habitantes enfermos, hambrientos, ignorantes, maleados y desempleados, que obligan a pignorar aquella soberanía para llenar el estómago.
*Marco Antezana es presidente de IDETURCorp.
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