David Mondacca ha mostrado, con la obra de Jaime Saenz, lo teatral que puede ser un cuento o un relato, y lo bien que puede funcionar a la hora de atrapar al público y atraerlo hacia realidades literarias que, de lo contrario, se mantendrían sólo para el placer de los lectores.
En esa misma línea, el grupo que dirige Mondacca acaba de poner en escena cinco textos de igual número de bolivianos, proponiendo un hilo conductor: el amor en un sentido amplio.
Quizás el espacio para el que fue concebida la presentación —el auditorio de la Alianza Francesa—, tal vez la necesidad de contar con una obra fácil de mover, lo cierto es que Amores que matan se acerca más a un ´cuento contado´ que a una puesta en escena. Y no ayuda a salvar esta impresión de pobreza la sugerencia de que es un programa de radio el que deja escuchar las historias.
No es que se exija gran parafernalia para apreciar una obra. La prueba está en lo redonda que queda la propuesta de El descastado, de Raúl Botelho Gosálvez, en la que la calidad actoral de Luis Pomarino y un contrapunto discreto, pero bien pensado de la música y los efectos, crean la ilusión, la magia. Eso es el teatro. Lo que no pasa, o sucede con dificultad, con Ritual del atardecer y A puerta cerrada, de Edmundo Paz Soldán; El velorio, de Gladys Dávalos, Figuritas fosforescentes, de Giovana Rivero, y Mis problemas con el lenguaje, de Ariel Mustaffa. En El velorio (con Jhazel Vargas y Pomarino), se impone la historia, que no es lo mismo que decir que hay una propuesta teatral. Y en la obra de Mustaffa, uno añora más la lectura del cuento que la encarnación que, si bien muestra una vez más la faceta de buen comediante de Mondacca, esta vez distrae de la trampa de las palabras, cual es el tema, a fuerza de enfatizar en la ridiculez del personaje.