La primera bióloga que engrosa las filas de la Academia Nacional de Ciencias de Bolivia se llama Mónica Moraes Ramírez. La botánica es su campo de acción y las palmeras su especialidad. El miércoles, cuando se produjo su ingreso, leyó una tesis sobre las influencias de paisajes históricos y evolutivos en la riqueza y distribución actual de las palmeras nativas de Bolivia. Tremendo título tras el cual la científica explica cómo la presencia de estas monocotiledóneas en el país responde a una configuración de la geografía americana hace millones de años.
Moraes, desde el campus de la UMSA, en Cota Cota —donde se encuentra el Herbario Nacional, del que es investigadora— recuerda cómo sus años de colegio “me alejaron completamente de la realidad que es Bolivia”. Fue en la Universidad Técnica del Beni, a donde fue a estudiar veterinaria, que despertó hacia un país con una cultura y una naturaleza que la cautivaron. Pronto se dio cuenta de que trabajar con animales no era como había imaginado, así que tornó la mirada hacia las plantas. La Universidad Mayor de San Andrés le ofrecía la carrera de Biología, aunque la dictadura de García Meza cerró sus puertas, obligándola a ganar tiempo en España.
“Cuando volví a La Paz, me gustó encontrar una carrera práctica. Me uní a cuanta expedición se hizo y fue entonces que descubrí las palmeras”.
Moraes recuerda que en los 80 no había más de centenar y medio de estudiantes en toda la carrera, la mayoría varones. “Hoy son más de 500, la mayoría mujeres”. Unos 40 tesistas guiados por la catedrática han trabajado también con la planta que la profesional —que hizo su maestría y doctorado en Dinamarca— califica de instrumento esencial para identificar y describir un paisaje y para medir las relaciones que las comunidades humanas tejen con la naturaleza.
La Academia Nacional de Ciencias cuenta entre sus 46 miembros, 36 de ellos activos, con sólo tres mujeres: Teresa Gisbert, como estudiosa de la iconografía histórica, la médica Hilde Roth de Spielvogel que estudia las influencias de la altura, y ahora la bióloga Moraes.
El ingreso de un miembro debe ser propuesto por al menos dos académicos activos. Se presenta el nombre ante el pleno de la institución y se derivan las consideraciones a la directiva. La comisión de admisiones revisa el currículum y asigna un puntaje.
Moraes tiene a su favor, además de las investigaciones, la publicación de sus conocimientos. Ha escrito siete libros, a los que se suman artículos, folletos y otros materiales especializados que en total llegan a 80.
La docencia universitaria es otro campo desde el que comparte sus conocimientos quien es, además, investigadora del Instituto de Ecología.
Volviendo a las palmeras, Moraes afirma que, por lo que se sabe hasta ahora, hay cinco especies endémicas de Bolivia, dos de las cuales fueron identificadas por ella: Parajubaea sunkha y Syagrus yungasensis.
Una de las preocupaciones de la científica tiene que ver con la sobreexplotación a que se somete a algunas de las especies, al riesgo de colocarlas en el riesgo de extinción. Las propiedades alimenticias, medicinales; su utilidad para obras de construcción y para las artesanías han sido aprovechadas por distintos grupos humanos. “Hay una relación cultural, simbólica, con ellas y pueblos como los esse ejja, los matacos, chimanes, ayoreos y otros”, apunta Moraes.
El problema en el último tiempo es que se ha roto el equilibrio y bosques de asaí o chonta o las palmeras de yungas de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz ven limitadas sus posibilidades de regeneración. La explotación del palmito, cuya extracción mata a la planta, o de las hojas tiernas para techar o tejer artesanías podría mermar especies enteras.
Moraes tiene pensado buscar soluciones junto a las instancias gubernamentales y también las eclesiales —la Semana Santa constituye un tiempo de depredación de palmeras—, para que se trabaje en un manejo racional y en la repoblación de las plantas si se desea tenerlas otros millones de años. Por lo pronto, la científica está empeñada en adaptar una palmera endémica de la zona de Vallegrande en La Paz. “Tengo en casa un ejemplar que está creciendo muy bien. Sería ideal tenerlo como ornamento en los hogares y las calles de la ciudad”.