Velada durante siglos, la música barroca tañe ahora por los templos chiquitanos, posándose en los recovecos más olvidados. Son basílicas que despiden el olor de antaño, impregnado por la cadencia actual.
Texto y Fotos: Jairo Marcos
Aquella noche, el universo entero tuvo cabida en las apasionadas manos de Jacek Sykulski. Siempre de espaldas al respetable, el director polaco acariciaba una y otra vez el aire con impulsos frenéticos. A cada sacudida de Sykulski, los integrantes del Coro de Niños y de la Universidad de Adam Mickiewick, ambos de Poznan (Polonia), respondían con profundas voces armónicas. Ninguna otra cosa había entonces. Todo giraba y existía en torno a las invisibles figuras que Sykulski trazaba al vuelo. Todo lo que fue en aquel concierto vivió en el tiempo presente y discurrió del pasado al futuro.
Las notas resonaron metódicas una después de otra en el templo barroco de Concepción, en el departamento de Santa Cruz. Con una planta de tres naves y corredores en ambos lados, con cubierta de dos aguas y seis filas de horcones de madera tallada, con vigas y tijeras de tajibo, los 12 metros de alto, los 20 de ancho y los 60 de largo regalan una acústica privilegiada. Es por eso que esta catedral es una de las cunas del Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca Americana Misiones de Chiquitos que, de carácter bianual, este 2008 celebró su séptima edición.
Las misiones
Fue a finales del siglo XVII cuando los jesuitas españoles llegaron a la frondosidad boliviana. Seducidos por su magnificencia, anhelaron crear el cielo en la tierra. Los aborígenes expulsaron empero a los sacerdotes, que vieron continuada su obra con la llegada de la orden franciscana. Así, durante los siglos XVII, XVIII y XIX, se fundaron las llamadas reducciones de Paraguay. 44 ciudades de Dios, de las que 14 cayeron en territorio nacional.
El jefe de sección del museo misional de Concepción, Pedro Jare Chappy, analiza el nacimiento de estos parajes: “Lo primero que establecían era la plaza con una cruz al centro, que significa el comienzo de las misiones. Las cuatro palmeras a cada esquina simbolizan los cuatro puntos cardinales. Y alrededor de la plaza vivían las personas discapacitadas y enfermas además de las mujeres embarazadas, para que se sintieran protegidas por todo el pueblo”.
Pero estamos en el año 2008. Todas las reducciones fueron abandonadas y destruidas en su totalidad. ¿Todas? ¡No! Las misiones de Chiquitos (1691-1767) y Moxos (1681-1767) resisten todavía y siempre al paso de los años. Esta vez no fueron los galos sino los bolivianos quienes, de la mano del arquitecto suizo Hans Roth, salvaron seis de los diez templos: San Xavier, Concepción, San Ignacio, San Miguel, San Rafael y Santa Ana. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), las declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1990.
Su restauración comenzó en 1972 y desembocó, entre materiales polvorientos y raídos por el suceder de las décadas, con el hallazgo de 12 mil hojas de música sacra de los siglos XVII y XVIII. Convertidas hoy en auténticas joyas, nada sería igual para la Chiquitanía a partir de entonces.
“La música barroca fue utilizada por los misioneros como instrumento de evangelización. Eran conscientes de que atraía a los indígenas, que se quedaban como en éxtasis durante la liturgia”, explica el padre Piotr Nawrot, director artístico del festival.
El festival de música
Velada durante siglos, la tonalidad barroca tañe ahora por los templos chiquitanos, posándose en los recovecos más olvidados. Son basílicas que despiden el viejo olor de antaño, impregnado por la cadencia y suavidad actuales. Porque desde 1996, la Asociación Pro Arte y Cultura (APAC) organiza el festival de música, con la inquietud de preservar y difundir el encanto de este patrimonio cultural.
Incredulidad, emoción y lágrimas. De riguroso blanco, los guarayos del Coro y Orquesta Urubichá descorcharon los más íntimos sentimientos de un auditorio que hacía minúscula la iglesia de San Javier. “Vienen desde muy lejos sólo para escucharnos y eso nos hace muy felices. Los conciertos son la forma de expresar nuestra cultura”, indica el director William Ajhuacho. La polifonía colonial ha dejado un sello imperecedero que se actualiza y la Orquesta de Urubichá es una prueba de facto. Se trata de una de las 16 escuelas de música barroca nacidas en Moxos y Chiquitos.
La misma iglesia parroquial danzó horas antes al ritmo de violines, trompetas, chelos y claves, aconsejados por la cromática voz de la soprano Ivana Kladarin. Posiblemente, el espectador que atiende un concierto y siente en sí mismo su ritmo, su melodía, su acústica, sea también intérprete. La buena melodía hace del oyente un músico más del elenco. Sucedió con Ensemble Barroco de Croacia. “No sé de música barroca, pero me ha parecido precioso, me han hecho sentir”, explicaba Andrés van Lemwen, de 41 años, a la salida de un recital en el que hasta los aplausos guardaron uniformidad. Este holandés afincado en Samaipata supo amar la música barroca sin esperar entenderla.
Rescatados del ostracismo, los ritmos sacros comparten hoy complicidad con los tamboritos y las flautas que suenan de fondo, reproduciendo los tonos típicos de la Chiquitanía. Son las chovenas orientales. Es la imagen de la música culta que se aprecia compartida con la cultura intrínseca del oriente boliviano.
El negocio turístico
Concepción amanece despacio. Abre los ojos ambientada por el tono rojizo de sus calles. Las misiones se han apropiado del evento, lo que influye en su autoestima y economía: Desde 1996, la capacidad hotelera y de servicios de las reducciones se ha triplicado, en buena parte gracias a esta cita bianual. “Estamos llenos”, anuncia Jacqueline Kaiser en uno de los hoteles de San Javier.
Piotr Nawrot recuerda cuando, en las primeras ediciones, tenían que llevar agua y alimentos desde la capital hasta las misiones. Ahora, los hoteles y restaurantes compiten por un mejor precio y atención en cada uno de los municipios. “El festival entra con el material apropiado y en el tiempo apropiado. Pero no se puede pretender que haya movido todo esto; ha ayudado a difundir la idea de las misiones, pero no las ha originado”, puntualiza.
A 225 kilómetros de distancia, los intérpretes de Poznan se despedían de Bolivia en la parroquia cruceña de San Roque. Una vez pintadas todas y cada una de las notas en el nuevo aire, Jacek Sykulski dejó su impresión: “La audiencia es muy especial. Y la madera de las iglesias produce un sonido bello, aunque con la humedad no es fácil trabajar. Es la primera vez que venimos a este festival, cada vez más reconocido, y espero que no sea la última”.
FESTIVAL
El Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca Americana se celebra con carácter bianual desde 1996. Según APAC, la VII edición contó con 73.732 espectadores que, del 24 de abril al 4 de mayo, disfrutaron de 151 conciertos, a cargo de 58 grupos de 51 países. Se llegó a Santa Cruz, Porongo, Buena Vista, Santa Rosa del Sara, Pailón, San Xavier, Concepción, San Ignacio de Velasco, San Miguel, San Rafael, San José, Roboré, Ascensión de Guarayos, Urubichá, San Julián, Trinidad, San Ignacio de Moxos, Santa Ana, Chochís, Santiago y Yaguarú.