El ascenso del MAS al Gobierno albergaba la posibilidad de la entrada en escena de una nueva propuesta ideológico-política de esencia indigenista. Se pensaba en una alternativa frente a la vieja y frustrada izquierda latinoamericana, incluso a la socialdemocracia y, por supuesto, a un nacionalismo revolucionario fatigado y en retirada.
Se requería abanicar el ambiente político. Así, las ideologías podrían remozarse en el indigenismo, que debía abrir un camino si bien difícil, no imposible, pero esta vez por senderos desde y hacia América Latina. Había que ocluir el pensamiento del siglo XIX y del XX, su origen, Europa, el Caribe y, abrirse en múltiples posibilidades de ideas refrescantes. Más propias. Era la esperanza de los que no sufrían de neofobia, era posible para los heterodoxos enrumbarse por el lado de Evo Morales.
El posicionamiento del indigenismo requería, como substrato a su existencia, el establecimiento de un nuevo pivote ideológico-económico, que debía espaciarse en un sistema político, que ineluctablemente debía emerger de la propia democracia pero, en un avance soliviantado de vetustas estructuras que a la vez iniciaren posturas más propias y singulares en posibilidades abiertas. Esto requería necesariamente de un bloque de intelectuales propios, no prestados y menos ajenos a su proyecto que además pudiesen diseñar estrategias ideológicas más que tácticas pragmáticas cortoplacistas, de poder instantáneo. Algunos o muchos pensaron que sí, se contaba con esta intelligentsia indigenista.
Triste desenlace de inicio, el proyecto indigenista no era tal. Un entorno interno viciado se juntaba y se tocaba en personajes que aún exhalaban un tufillo de un pasado inmediato, casi presencial, que aún no había dado paso a lo ´nuevo´. Había un estado de latencia que era obra del embelesamiento del poder intempestivo o de aquellos ideólogos que esperaron frustrados un siglo. Provenían de una izquierda de funerarias reflexiones y cafés de interludio, o de unas aulas universitarias estereotipadas en el pasado. En el plano externo no podía suceder algo peor, se acudió en ayuda presta del ´nuevo socialismo del siglo XXI´ de un pragmático y hombre de pocas luces: Hugo Chávez. Se traía, a jalones, ideas prestadas, híbridas como las ´bolivarianas´ que jamás habían compatibilizado con las posturas indigenistas, ni siquiera criollas, pues su aparición era forzada, torcida. La ayuda de Cuba en el plano político era paradójica, los cubanos saben tanto de indigenismo como de petróleo —aunque den clases sobre ellos—. El mismo apoyo de Lula, aquel otrora viejo líder de los trabajadores, hoy abroquelado en las circunstancias reales y no ideales, no aportaba nada al indigenismo.
Entonces, el entorno interno, como dirían los aymaras, se hizo kuti (se envolvió en su tiempo). La espera por el poder dejó su estigma cruel en esa afasia ideológica o pérdida de la palabra, o ausencia de la idea. Los pensadores de raza indígena, los viejos kataristas, quedaron al margen del círculo virtuoso, por pensar con soflamas repetitivos. En ese momento, el kuti intrascendente dejó aislado, a su ´líder indígena´ como un áulico personaje que ´reinó´ hasta ahora, en su propia espacialidad de Orinoca, pues cuando quiso pensar y acudir a un logos andino, o a la palabra del indió-logo, sólo escuchó el silencio de sus antepasados.
La realidad fue cruel. Perdieron la oportunidad de convertir a Morales en un líder continental del indigenismo latinoamericano. Hoy es un indigente de ideas y seguidor de una izquierda frustrada, de Chávez, de Fidel. Nunca existió la Idea Indígena. Pura mimesis. Pura apariencia.
*Óscar Olmedo Ll. es economista y filósofo.
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