Hace más de dos semanas, un juez argentino sobreseyó a tres dueños de una empresa de confección acusados de haber contratado a trabajadores indocumentados bajo condiciones de ´máxima precarización laboral´. El juez Norberto Oyarbide dictaminó su sentencia bajo el argumento de que los trabajadores tienen ´costumbres y pautas culturales de los pueblos originarios del Altiplano boliviano (…) que convive(n) como un ayllu o comunidad familiar extensa originaria de aquella región, que funciona como una especie de cooperativa´.
Vaya joya para el análisis antropológico sobre discriminación; a primera vista, se hace tan visible ese etnocentrismo que ciertamente contrapone las ´costumbres y prácticas civilizadas´ del trabajo moderno frente a esas formas tan agobiadas por el atraso de las ´comunidades originarias del Altiplano boliviano´, lo cual no resiste el menor análisis.
Y no es de atribuir sólo ignorancia o simplemente racismo a un fallo de esta naturaleza, pues detrás del mismo —que por suerte fue observado y revisado por legisladores argentinos— se encuentran enormes intereses de una multitud de talleres textiles en Buenos Aires, que lo esperaban para sentar jurisprudencia y continuar así justificando su labor de explotación, en la que la ´humanidad´ del trabajo se esconde, Oyarbide dixit, tan furtivamente detrás de esas costumbres bolivianas (¿salvajes?) de autoexplotarse en comunidad.
Sin embargo, sin ánimos de justificación alguna, esta triste parodia del salvaje inserto en la civilización, no hace otra cosa que obligarnos a mirarnos en el espejo. Una forma de mirarse es la respuesta del Cónsul boliviano en Buenos Aires: ´debió haberse informado (Oyarbide) sobre la naturaleza de las costumbres ancestrales, que nada tienen que ver con los tristes sistemas de esclavitud´.
No sé qué pensarán varios empresarios bolivianos que subcontratan mano de obra en talleres domésticos individuales, a quienes pagan por prenda confeccionada, sin importar si se trasnochan para producirlas, olvidándose de todo beneficio social que le corresponde a un trabajador que cumple una función fija en ese proceso productivo de la industria textil.
Lo cierto es que ese fenómeno se ha extendido tanto, no sólo en Bolivia, más allá de si el empresario es blancoide, aymara o mestizo, y no tiene nada que ver con que sea
´ancestral´ o no, sino con la funcionalidad de estas formas descentralizadas de trabajo, que se articulan a la manufactura exportadora, para generar excedente aprovechando el escaso valor que tiene la fuerza de trabajo en estas condiciones de precariedad generalizada.
*Gustavo Luna es comunicador y trabaja en el CEDLA.
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