Comencé con mal pie ese día. Era un lunes frío de cielo encapotado con negros nubarrones. Una mañana de invierno paceño al revés, sin sol. Luego tuve un disgusto grande. Un vecino había trasladado, furtivamente en la noche, hasta mi vereda sus desperdicios. Una bolsa de cemento repleta de pelos grises de su caniche favorito, rematada en unas cajas de cereales vacías, un secaplatos de plástico deshecho, un estante para guardar frutas del mismo material y en igual estado, unos tres envoltorios destripados de hamburguesas, además de las ramas de la poda de un árbol. El radio del desastre cubría unos diez metros. Nadie sabe por qué lo hizo ni quién lo hizo. Un disparate esforzado, gratuito e inútil, pues el carro basurero pasa con regularidad.
No es la primera vez que esto sucede en el barrio. En una ocasión rastreamos con mi familia al culpable que tenía su residencia a unos 300 metros de la mía. La descarga contenía un inodoro a medio uso, roto, pedazos de azulejos grasientos y cascajos de construcción. Llegamos a él con ayuda del vecindario y de la estela que dejó el traslado. La sorpresa fue mayúscula, en lugar de pedir disculpas se engallotó, pero se encontró con la cría respondona. Su mandadero farfullando maldiciones rehizo el camino con los trastos.
Sospecho que Calacoto no es el único barrio de La Paz donde este tipo de incidentes ocurre. Las calles están llenas de bolsas de plástico multicolores bailando al viento y otros objetos destinados al vertedero que no acaban de llegar a destino. El hecho no llama la atención, tampoco resulta inesperado ni insólito. Sin duda, su frecuencia ha disminuido, aunque ahí tenemos poco mérito; se debe sobre todo a la ampliación del servicio de recojo de basura: cuando éste falla, se vuelve a las andadas.
Entonces, ¿por qué tanta molestia con un acto que cae dentro de los ´vicios ordinarios´ de los que habla J. Shkalar? En realidad, mi indignación provino del repudio a una acción descabellada que viola una de ´las pequeñas virtudes´, que hacen posible la convivencia en las ciudades modernas.
Ni los sociólogos ni los antropólogos, menos los moralistas se ocupan mucho de ellas, que con facilidad atribuyen su quebrantamiento al subdesarrollo o la pobreza que sirven para disculpar todo. Quedarse en esa explicación equivale a pasar por alto el papel de las pequeñas virtudes con su contrapartida los vicios ordinarios, corrientes, en la vida moderna, sin las cuales ésta puede volverse insoportable. La urbanización está ahí, tratemos de acomodarnos de la mejor manera posible. Consideración, puntualidad, confianza, respeto recíproco son algunas de las virtudes de la coexistencia citadina, a cada época las suyas.
El mundo cristiano dividió las virtudes entre teologales: fe, esperanza, caridad que reglan las relaciones entre los hombres y la Divinidad y las morales prudencia, justicia, fortaleza y templanza que se refieren a las personas mismas y a las relaciones con sus semejantes. El renacimiento trajo de vuelta las virtudes clásicas, greco-romanas, el valor, el honor, la autoafirmación y el éxito público así como los vicios ordinarios: la crueldad, la hipocresía, la traición que, según Shkalar, caracterizaban al Príncipe de Maquiavelo, quien los encomió tanto como Montaigne los odió. Todavía siguen espoleando el debate ético, ¿acaso se podía esperar otra cosa después de haber experimentado las soluciones totalitarias del siglo pasado?
Las pequeñas virtudes y sus fallas apenas despiertan interés, no faltarán quienes pretendan relegarlas a normas de simple cortesía. No han dado lugar a grandes reflexiones filosóficas o alta literatura como por ejemplo la crueldad o la hipocresía, que transgreden virtudes heroicas. A lo sumo, algunos comediantes o personajes de historieta han representado los defectos de su incumplimiento como Avivato, un héroe de una tira cómica argentina, siempre buscando sacar ventaja de una situación por mínima que sea, perjudicando inconsideradamente a los demás, en el mismo género de mi desaprensivo vecino.
Si echar la basura en la casa colindante no infringe ninguna ley divina ni humana fundamental, ¿por qué tanto bollo? Invocaré a Montaigne para justificarme, pues, como él, creo que sólo odiamos lo que tomamos en serio. La falta de consideración es ahora una ofensa grave contra la sociabilidad citadina, un pecado cívico. Algunos pretenderán achacarla al consabido liberalismo del momento y a su cortejo de interminables manifestaciones de egoísmo. Sin embargo, la desconsideración únicamente puede calificarse de vicio por la difusión de la mentalidad liberal que pone límites a libertad de cada uno en la libertad del otro. Así que la consideración se basa en reconocer a la persona en su dignidad de tal y como un igual. Ella sintetiza las demás virtudes que permiten vivir en el entorno social de hoy.
Qué cosa puede ser más irritante, desalentadora, que un vecino, objeto de toda nuestra consideración, escondido en la noche venga a descargar sus desperdicios sin razón en el barrio. Cuántas molestias e incomodidades para llevar a cabo su propósito. Lo imagino en el frío de la noche envuelto en un abrigo descolorido de lana gruesa, mirando a todas partes, llevando en las manos con mitones las chucherías de plástico y a un esforzado ayudante cargando el saco de pelos y todo para qué.
Pero un hecho tan infundado me hace dudar de cualquier posibilidad de alcanzar formas elementales de convivencia, si hay individuos capaces de pasar por fatigas semejantes al divino poroto, o tal vez sea mejor pensar que se trata de un resabio de viejas prácticas pueblerinas que no acaban de desaparecer; de esta manera tendría, por lo menos, motivos para suponer que se puede cambiar.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
¡¡Ayy!! mi Presidente
Después de lo ocurrido el fin de semana en Sucre, la capital del país, el turno de la reflexión le toca ahora, exclusivamente, al presidente Morales.
Cambios que trajo mayo del 68
El mundo post Segunda Guerra le debe mucho al movimiento popular que se alzó en Francia en mayo del 68. En realidad, no llegó a ser una revolución, sino un levantamiento anarquista y utópico.
Esas "ancestrales" costumbres
Hace más de dos semanas, un juez argentino sobreseyó a tres dueños de una empresa de confección acusados de haber contratado a trabajadores indocumentados bajo condiciones de "máxima precarización laboral".
Crueles límites de la globalización
Las mil caras de la globalización parecen habernos quitado la capacidad de asombro. Tanta fascinación y embebecimiento frente al internet y a la frenética circulación de información y tecnologías nos ha entumecido al grado de la indolencia.