Las mil caras de la globalización parecen habernos quitado la capacidad de asombro. Tanta fascinación y embebecimiento frente al internet y a la frenética circulación de información y tecnologías nos ha entumecido al grado de la indolencia. El exceso de información se traduce en la paradoja del ser sobreinformado con decrecientes capacidades de selección y discernimiento: el ciudadano moderno que lo sabe todo, y en realidad comprende muy poco.
En estos últimos meses, he sentido esta realidad tan desconcertante de manera aguda, en relación al acceso de fiebre que sufren los precios de los alimentos de primera necesidad. Es verdad, sabemos mucho al respecto. Sin necesidad de abrir el periódico sabemos en carne propia que esto no es cuento. Basta con tomarse la molestia de ir al mercado para comprobar la lacerante realidad de unos precios que dan miedo. Sabemos a estas alturas también, que lo que sí era cuento era eso de que el alza de precios era culpa exclusiva del Gobierno. Sabemos ahora que el fenómeno es no solamente regional, sino mundial.
Sabemos también la versión de los economistas, que con ese aire de tener la respuesta para todo, nos explican que este perverso ensañamiento contra los más pobres no proviene de la mala fe de nadie, y que es sencillamente explicable a través de las leyes de oferta y demanda. Haber, no sea usted burro, esto es facilito: el aumento de la demanda generado por el crecimiento de las economías de la China y la India, la creciente producción de biocombustibles con miras a sustituir el poder de los países productores de petróleo, los desbarajustes agrícolas ocasionados por el calentamiento global. Qué más quiere, esito nomás es. Uno más uno es dos.
De lo que ya no sabemos tanto es del rol de la especulación financiera en el alza de lo que denominan soft commoditie, o ´ags´, para referirse a los agriculture commodities. Mercados como el del trigo, la soya y el maíz, que hasta hace poco inspiraban desprecio en inversores financieros, hoy, después de la catástrofe inmobiliaria y su efecto en la banca, se han convertido en el sector caliente de la City londinense, y al igual que en Ginebra, capital mundial de los commodities, arrojan beneficios verdaderamente obscenos. Una danza de billones al calor de la especulación de financieros, mayoristas, transportistas y detallistas, que ejercitan ocultamiento y agiotaje a grandes escalas. El hambre es negocio redondo para las multinacionales de la agroindustria.
Sabemos menos aún de la espiral de hambruna que todo esto provocará en más de mil millones de personas, del desamparo de los pequeños productores que no se benefician en nada con los altos precios, o de los cambios de matriz agrícola y alimenticia que muchos países han realizado siguiendo la tendencia de los mercados internacionales, y que hoy ni siquiera pueden garantizar su seguridad alimentaria.
De lo que no sabemos nada es del efecto político que tendrá este desequilibrio de la globalización en el agravamiento de la miseria de los más pobres. Nadie parece imaginarse que esto derivará en un rápido y grave debilitamiento del sistema político en gran cantidad de países. Que probablemente la mitad del mundo mande al carajo la idea de la democracia y el libre mercado, y se apunte a la rebelión contestataria, venga de donde venga.
En esta superabundancia de información, ¿dónde están las respuestas de una globalización que se enfrenta a sus límites, y de un mundo que ha perdido los estribos? ¿Será que estarán en algún típico y previsible concierto de rock tipo, ´Juntos Contra la Hambruna´?
*Ilya Fortún es comunicador social.
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