Muchos dicen que Bolivia es un país pacífico, aseveran eso cuando hacen comparaciones con otras naciones que poseen violencias intensas de décadas, como es el caso colombiano; no obstante, cuando miramos la política boliviana, cuando observamos que la ´política en las calles´, es decir, el bloqueo, la manifestación, la quema de edificios, los cercos sociales a instituciones, los azotes contra el que no piensa igual que el azotador, los dinamitazos, la toma de rehenes o muchas otras formas de violencia, nos damos cuenta de que no somos tan pacíficos.
Lo cotidiano también está lleno de violencia, más aún ahora cuando los linchamientos son cosa diaria de nuestra vida, cuando los asaltos, los asesinatos por diez bolivianos, los secuestros express, el uso violento de una no aclarada ´justicia comunitaria´; todo eso niega la idea de país pacífico.
Es obvio que la intensidad de esa violencia no se compara con la que existen con las maras centroamericanas, ni las de las favelas de Brasil, pero no por ello hay que quedarse quietos creyendo que no tenemos violencia y, lo que es peor, que no creamos que ella se pueda incrementar.
Hace ya cinco u ocho años, pero fundamentalmente desde la instalación del gobierno del MAS, emerge o rebrota claramente otra violencia, la causada por razones raciales, la que brota por el encendido uso de discursos culturalistas; la etnización de la política está inflamando con violencia en el país, está creando fuertes separaciones entre bolivianos, está abriendo heridas que serán difíciles de cerrar en varias décadas. Las grandes violencias del presente no son clasistas, ya no son las del añejo enfrentamiento entre burguesía y proletariado, antes bien, las violencias incontrolables de nuestros tiempos vienen por los fundamentalismos de raza, de religión, de región. Los discursos culturalistas e indigenistas en Bolivia, que poseen un fuerte grado de fundamentalismo, repito, crean una violencia que no se podrá controlar y que destrozan y destrozarán más todavía la convivencia cotidiana entre bolivianos. Mal que mal, desde la Revolución de 1952 se desarrollaba lentamente la aceptación de Bolivia como multiétnica y pluricultural y, además, se impulsaba con calma el campo de la interculturalidad. Sin grandes traumas ni violencias exageradas, se creaban puentes de relación entre bolivianos. Está claro que ese proceso no podía eludir hechos reales, la subsistencia de discursos y conductas racistas en algunos actores, sean de élite o populares, pero que poco a poco se iban morigerando. Hoy, el presente es distinto, está sembrado de violencias culturalistas, racistas, étnicas y regionales.
El discurso estatal es incendiario, cultiva el culturalismo, el etnicismo, con grados peligrosos de fundamentalismo étnico. Un estado que debe precautelar el interés general, en realidad, trata de imponer una visión particular o cuidar los intereses particulares de sólo algunos grupos sociales. So pretexto de interculturalidad, intenta imponer el monoculturalismo. Al hacerlo está echando gasolina al fuego de violencias que serán incontrolables.
*Carlos Toranzo R. es economista y analista político.
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