El temor de cualquier columnista en estos días es aburrir a los lectores escribiendo tantos asuntos apocalípticos. Mucha gente debe tener ganas de tirar el periódico a la basura en cuanto lo lee. Si lo que se escribe no se cumpliera al pie de la letra, entonces los columnistas estaríamos de más, pasaríamos por unos farsantes y, peor, por malvados, que lo que deseamos es alarmar a la población, preocupar a los inversores y mentir sin recato. Mereceríamos el repudio general y el Gobierno tendría razón en acusarnos de servir a la anti–patria, como dice S.E.
Pero lo malo es que los errores que se cometen a diario y las decisiones que se adoptan desde el Palacio Quemado no nos permiten —a mí por lo menos— incursionar en temas históricos, literarios, anecdóticos, porque me parece que, como van las cosas, carecen de interés. ¿A quién le interesa la crítica a una novela si estamos viviendo y sufriendo el novelón más angustioso?
Por ejemplo, yo no soy economista y mi conocimiento del tema financiero es resultado de algunos años de trabajo, improvisado, en el sector privado, cuando entrábamos en vacaciones forzosas en la diplomacia. Había que trabajar y ganar para subsistir y convertirse, entonces, en un empírico. Pero con todo el empirismo en cuestiones de números, veo, por ejemplo, lo que sucede en cuanto a nuestra deuda pública; pregunto, leo algo y me quedo espantado por la forma en que el Gobierno nos engaña.
En Bolivia siempre se ha hablado de la deuda externa como una muestra de la ineptitud de los gobiernos, ya que pocas veces se ha logrado percibir los beneficios de las inversiones hechas con los préstamos recibidos. Aquellos tiempos del dinero dulce, por ejemplo. En los últimos años, gracias a políticas de apoyo a los países desarrollados, Bolivia se ha visto beneficiada con condonaciones que han bajado la deuda externa de algo más de 5.000 millones de dólares a 2.253 millones. Un gran éxito que se debe a los HIPC I y II y a la caridad internacional. No a los cráneos de nuestra economía que se aplauden a sí mismos.
Pero los bolivianos no tenemos remedio, somos cuerudos y hemos buscado la forma de seguir endeudándonos más y para ello hemos recurrido a la deuda interna que ya está llegando a los 6.000 millones de dólares, los que sumados a la deuda externa llevan al país al récord histórico de endeudamiento de nada menos que 8.210 millones de dólares. ¿Pero quiénes se están tirando la plata? ¿Cómo? ¿No era este el Gobierno de la austeridad? ¿Sin gastos reservados? ¿No hay cheques venezolanos? ¿Y las ONG?
¿Qué es la deuda interna?, nos preguntamos afligidos. En términos muy simples, es plata que se presta el Estado de los mismos ciudadanos bolivianos, o sus instituciones. Si esos recursos fueran destinados a crear fuentes de trabajo e infraestructura, estaría bien, ya que generaría dinero para devolverlo. Pero si los préstamos se destinan a bonos (Dignidad, Juancito Pinto, etc.) o hacer masivas campañas publicitarias contra Santa Cruz, o a doña Peque, a sueldos de los empleados públicos, cuyo número crece alarmantemente, entonces estamos con una dinamita encendida en el bolsillo. ¡Junto a nuestras ´partes´! Porque esa plata que se está dilapidando es la que todos los trabajadores y empleados de Bolivia ahorramos en las AFP para jubilarnos. Y si el Estado no la tiene disponible cuando nos toque irnos a casita, o se arma un quilombo de veras o el Gobierno imprime billetes por montones y reparte a cada uno lo suyo, pero en billetitos tramposos, inflacionarios, esa plata no alcanzará ni para el pan.
El otro problema de la deuda interna es que las tasas que ofrece el Estado son mucho más altas que las de la deuda externa, de modo que resulta ser plata mucho más cara. Mas como el Gobierno no ha pensado aún cómo honrar su deuda con el pueblo, eso no le importa mucho, si igual no pagará. Claro, la diferencia está en que la deuda externa se trampea y no nos van a bombardear los ricos. Pero la deuda interna ahorca a cualquiera.
*Manfredo Kempff S. es escritor y diplomático.
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