Una de las escenas más repugnantes que se ha vivido en los últimos tiempos en Bolivia ha sido la humillación a un grupo de campesinos que, con el torso descubierto, de rodillas y amedrentados por la turba, tuvieron que pedir “disculpas” en plena plaza principal de la culta Charcas.
Los masistas pueden congratularse por esa imagen que ya ha recorrido el mundo, pues ilustra maravillosamente el racismo y el comportamiento fascista de los opositores al “cambio”. A los autores de esta grotesca acción les salió el tiro por la culata: las acciones del MAS en las bolsas internacionales de solidaridad y de simpatía han subido como si fueran petróleo.
Difícilmente podría haberse logrado una mejor ilustración del racismo que campea en Bolivia y que, de una manera u otra, vale decir, como reacción, ha hecho que un hombre que personifica a los discriminados haya terminado empuñando el timón de la patria.
Nadie puede negar que en nuestro país el aire que se respira está profundamente contaminado por el racismo. Éste no se refleja en leyes, pero uno se tropieza con él aun estando a solas. La sociedad boliviana es una pirámide estructurada en base a prejuicios, complejos y desprecios que coloca a lo más occidental en la punta superior y a lo más originario en la base.
A pesar de esta constatación y de la horripilante escena que no nos deja dormir, cabe preguntarse si realmente lo que vimos es un cuadro racista. Y es que el maltrato al que fueron sometidos esos hombres, ¿realmente lo sufrieron por ser indios?, ¿realmente hubo una cacería de “originarios” ese fin de semana?, ¿realmente lo que queda de la aristocracia chuquisaqueña salió con sus espadas y arcabuces para enfrentarse con sus ex pongos? ¿No fue más bien que la gente tan degradantemente tratada lo fue, ante todo, porque eran “masistas”? (simpatizantes del partido que les negó a los chuquisaqueños siquiera la posibilidad de discutir un eventual traslado de los poderes del Estado a Sucre, siendo que éstos creen que ése es un derecho incuestionable).
Es esencial dar al evento su justa dimensión: por un lado, los masistas no tienen el monopolio de lo indio y no tienen el derecho de arrogarse su representatividad absoluta; por el otro, el tinku que presenciamos en Sucre fue ante todo una burda pelea entre dos facciones políticas, entre masistas y sus opositores. La diferencia entre ese suceso y los enfrentamientos en la plaza Abaroa de La Paz, entre los jóvenes pacifistas y las fuerzas de choque del MAS, es que los chuquisaqueños opositores también tenían fuerzas de choque y repelieron a sus contrincantes. ¿Está eso bien? Por supuesto que no, pero eso es lo que sucede cuando la política se envilece, cuando los argumentos y las pseudo verdades se defienden con palos y con piedras en las calles.
Sin descuidar el tema del racismo en Bolivia, que es asignatura pendiente y que debe ser seriamente combatido, debemos poner en claro que lo que pasó en Sucre obedeció a otras dinámicas: la humillación a esos 20 hombres implica una enorme falta de respeto a la dignidad del individuo y debe ser repudiada, pero ese tipo de acciones ha sido en los últimos tiempos, ante todo, un monopolio de los llamados movimientos sociales, de los grupos que, bloqueando las calles, se dedicaban a chicotear al chofer que se había atrevido a desafiar al mandato de las organizaciones, o de los cortadores de corbatas en las calles de La Paz en el 2005.
Obedece también a las lógicas de la llamada justicia comunitaria, no sólo por el maltrato físico y la humillación, sino porque allí se ha castigado a quienes disentían del clamor “mayoritario”, del supuesto sentir de la comunidad.
*Agustín Echalar A. es periodista independiente.
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