La mayor parte de los bolivianos presiente que la autonomía es un camino sin retorno; algo así como un “tsunami” que viene ola tras ola y que, al parecer, nadie ni nada lo podrá parar. Como dijo mi amigo Carlos Siles, no se trata de una partida de ajedrez; es como una partida de damas, donde siempre se va hacia adelante y nunca se puede ir hacia atrás.
Por otro lado, cuanto más se oponga el Gobierno a este profundo sentimiento nacional, que se acrecienta como un verdadero “tsunami”, más fuertes también serán las exigencias de las autonomías, en su afán de arrancarle al Gobierno sus prerrogativas centralistas, que tanto daño nos han hecho a todos bolivianos. Y digo a todos los bolivianos porque, a pesar de que el resto del país cree que La Paz ha sido beneficiada por el centralismo, en realidad y, tal como lo ha demostrado una y mil veces el Prefecto del departamento, La Paz es la verdadera “cenicienta” de esta modalidad de gobierno, pues no se necesita ser ciego para ver que esta región no cuenta con carreteras, exploración de hidrocarburos, electrificación y telefonía rural, agroindustria y otros importantes desarrollos, como los que hay en otras zonas del país.
Pensando en todo esto, parece que Bolivia, finalmente, le ha dicho basta al centralismo. También le ha dicho basta a los gobiernos que se manejan a través de pequeñas “camarillas” que, al acompañar la gestión del Presidente, siempre han sido las responsables de la mala administración de los recursos fiscales, las malas decisiones de política económica, la inmensa pobreza que nos agobia y, lo que es más importante, la inmisericorde corrupción de estos pequeños grupos, que son los que acaban gobernando el país.
Con la autonomía ya no importará si tenemos buenos o malos políticos en la Presidencia o en el Gobierno central; si trabajan o no por el bien del país, o se dedican solamente a hacer politiquería; si utilizan o no el Gobierno para sus venganzas personales, o si son más o menos corruptos que en los gobiernos anteriores; entendiéndose también la corrupción como el hacer un mal trabajo o no hacerlo, o utilizar al Gobierno para lograr vendettas personales, o para dar trabajo a familiares o correligionarios de los gobernantes de turno.
Tampoco importará si el Presidente o el partido gobernante es rojo, amarillo, verde, azul o blanco, que son los colores que distinguen a las ideologías y los partidos, o si son las esposas, amantes, hermanos, hijos, yernos, sobrinos o la camarilla de adulones los que terminan gobernando el país. Tampoco importará si los presidentes nos dicen la verdad o las verdades a medias, nos mienten o nos desinforman, sobre los temas que son de interés e importancia para los bolivianos.
De la misma manera, con establecimiento de las autonomías, el Gobierno central ya no podrá instrumentar decretos ilegales, utilizar sus poderes para castigar a algunos y ser complaciente con otros; ayudar a sus aliados políticos e ideológicos o, por el contrario, aplicar toda la fuerza de su poder con los que considere sus enemigos. Todo esto, debido a que, al momento que se pongan en práctica las autonomías, no quedará otra que establecer la verdadera independencia de poderes del Estado y la institucionalización de la mayor parte de las dependencias estatales.
Sin embargo, tampoco nos engañemos, las autonomías no son la lámpara de Aladino, ni la mágica solución a todos los problemas del país. En primer lugar, porque no me cabe la menor duda de que los vicios que hoy vemos en la estructura del centralismo, también se trasladarán a algunas de las autonomías.
En segundo lugar, porque este proceso demandará un período largo de implementación que, seguramente, se lo efectuará durante el curso de un próximo gobierno o cuando verdaderamente exista la intención seria de armonizar estos importantes cambios en la Constitución Política del Estado.
No obstante, la ventaja de las autonomías es que las determinaciones ya no estarán concentradas en tan sólo unas pocas manos que, por lo general, se corrompen y se equivocan en la toma de decisiones.
Sin embargo, mientras esto no ocurra, creo que seguiremos dentro de esta partida de damas, hasta ver cuándo el Gobierno o los futuros gobiernos salen de este estado asombroso de negación y de ceguera, que sólo les permite ver los colores ideológicos de la política y no los verdaderos cambios que necesita el país.
*Juan L. Cariaga es economista y escritor.
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