Siempre me opuse a bloquear y ser bloqueada. Normalmente el bloqueado no tiene culpa en el problema del bloqueador, mientras que éste le quita su derecho a la libre circulación, sin que la autoridad reaccione hasta que las cosas ya están “que arden”. Así vivimos y así nos acostumbramos.
Pero hoy salí a bloquear. Contra mis principios de respeto a los demás, de buscar el diálogo antes que perjudicar o agredir y de no caer en aquello que he criticado. Hoy fui bloqueadora.
Hace diez días actuamos correctamente, hicimos nuestra carta de petición, solicitamos la audiencia de rigor y cuando fuimos, la autoridad nos maltrató e invalidó todos nuestros argumentos, “…viven en una burbuja”. Nos dijo que los riesgos que veíamos no existen en esta ciudad, que nadie orina en la calle, que los gremiales no ensucian, que no se vende droga cerca de las escuelas y que los secuestros “express” pueden suceder en la puerta del colegio y enfrente mismo de nuestras casas, da igual. Dijo que todas las comideras de la ciudad están a la orilla de los ríos y que nadie echa basura en él. Le faltó reírse. Pero fue muy seria cuando dijo que si hay algún peligro en la zona Sur, esos son los “hijitos de papá”. Cierto, existen esos chicos, que en sus autos van a beber a las calles, ¿y qué tienen que ver con la reubicación arbitraria de 40 anaqueles (dicen que serán 180) en un barrio de Calacoto?
Actuamos correctamente, presentamos argumentos sobre seguridad ciudadana, contaminación ambiental y acústica, aires de río, ordenanzas municipales, actividad económica riesgosa. Nos presentamos con la idea de dialogar y salimos maltratados. Solicitamos conocer el proyecto para tal reubicación. No recibimos respuesta.
El miércoles 4, las autoridades ediles nos dijeron que “los kioscos no se mueven” y que “mejor que paremos las protestas porque podríamos sufrir el rigor de la ley”. Fuimos amenazadas.
Nos dijeron que no moverían nada porque los gremiales “son miles y se nos pueden venir encima”.
¿Dónde quedan los derechos ciudadanos de quienes trabajamos honradamente, pagamos impuestos, educamos en la ley a nuestros hijos y además no estamos involucrados en la política?
Nos dijeron “xenófobas”. ¿Acaso los gremiales y las señoras comideras son extranjeras? ¡Por favor!
Supongo que quería decir que discriminamos en razón de origen étnico o racial. La señora Ostermann de Petricevic espera que ese discursillo, ya bastante fatigado, la escude ante su medida desesperada. No pudo con su mercado callejero en Los Pinos, así que no tuvo mejor idea que trasladarlo unos metros más allá, sin considerar los riesgos que eso implica en una zona escolar.
Pido disculpas al vecindario que sufre estos bloqueos, pero es la única medida que logra ser, de algún modo, escuchada. Peleamos para que la única calle de acceso a un colegio no se vea obstaculizada por decenas de anaqueles, sin higiene y sin control, para que la calle no sea tomada por el transporte público, mientras cientos de niños y niñas circulan solos y a pie. Peleamos para no crear un segmento cautivo a un sinfín de pillerías, más viejas que la palabra, con todos los niños y adolescentes que circulan ahí.
Denisse, la buscamos para dialogar y buscar una solución que beneficie a todos por igual. Nos despachó con un batir de palmas, tirando a la basura nuestros argumentos y buenos modales. Ahora bloqueamos.
*Isabel Navia Q. es comunicadora social.
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