El fogón tradicional queda atrás con los nuevos hornos hechos de barro y que expulsan el humo por una chimenea. 816 familias se benefician con este proyecto en Monteagudo, Chuquisaca.
Jorge Quispe Fotos: Miguel Carrasco
Cuando Leonor Cruz Leaños cocinaba con “Lorena” había que acopiar más leña y aún así los alimentos tardaban bastante en cocer. Pero sobre todo, el riesgo para los niños era constante. Ahora, con “Malena” en la casa, el almuerzo tiene un gusto especial, la sopa y hasta la carne están listas en menos tiempo.
De una “Lorena” a una “Malena” hay mucha diferencia. A esa conclusión llegó Leonor, de 48 años. Por eso no dudó en sumarse a las 10 familias que disfrutan de la seguridad y limpieza que da preparar el almuerzo, el desayuno, el té y la cena en estas cocinas de barro que han sido instaladas en la población de Siringamayu A, a 10 minutos de Monteagudo, en el departamento de Chuquisaca.
“Desde noviembre del 2006 hasta el momento ya hemos construido 816 para las comunidades indígenas del chaco boliviano y cada día recibimos pedidos para llegar a más pueblos”, lanza Dora Camargo Siles, consultora de la Cooperación Técnica Alemana en Bolivia, en la división GTZ Energía, para la construcción de las cocinas “Malena” en el país.
La consigna, en alemán o español, hasta el año 2015 es: “Cocinas para una vida mejor, 100.000 hogares sin humo en Bolivia”.
Tras la amenaza del fuego
Renilda apenas gateaba cuando se quemó parte del rostro y su mano derecha. Hace 12 años (1996), su madre Marina Herrera la dejó durmiendo, mientras iba por agua al río. A tres metros del bebé estaba el fogón con leña y una olla donde se cocinaba el almuerzo. Renilda se despertó, lloró y gateó; en eso se acercó al fuego cuyas llamas la dejaron con serias quemaduras.
Renilda cumplirá este año 13, casi nada quedan de las lesiones que sufrió de niña. Por ello, Marina dejó la forma tradicional de cocinar con leña. “Esto es más seguro. Si hubiera tenido antes a la ‘Malena’ seguro que no habría pasado aquel accidente”, explica la madre en Siringamayu A.
A ocho horas de Monteagudo, en Alcalá, la familia Cruz estuvo a punto de perder a su hijo. Lucía Morales Pantoja recuerda con dolor aquel 2000. La madre asistía a una reunión de la comunidad luego de haber dejado a su hija Ana, de siete años, al cuidado de Jorge de un año y medio. El pequeño jugaba, mientras Ana cocinaba, él quiso ayudarla y en ello se acercó a la brasa que le quemó toda su mano izquierda. Ana llegó hasta la asamblea con el pequeño sangrando, llorando y con ampollas en su mano. Jorge tiene hoy ocho años y ayuda a su hermana a cocinar.
Las historias no acaban. Hace una década una vecina alistaba el desayuno, su hijo llegó presuroso y se resbaló con tan mala suerte que fue a dar al fuego y se quemó.
Leonor Leaños Cruz cocinaba y una llama alcanzó su pollera. Eso sin contar las enfermedades respiratorias, el cáncer de pulmón, el asma, la infección en los ojos y el dolor en la espalda que provoca cocinar con el fogón tradicional en las comunidades rurales.
“Mire, yo estoy un poco delicada del corazón, por eso el humo me afectaba mucho cuando tenía que soplar y avivar el fuego, ahora todo eso ha cambiado”, cuenta Leonor mientras sirve una porción de pollo cocido en un plato para el almuerzo en el caluroso día del pueblo de Siringamayu A.
El humo va a la chimenea
Natividad Salazar Cañizarez (56) muestra con orgullo su cocina “Malena” adornada con pequeñas cerámicas que sus hijos consiguieron cerca de una casa que se construía en Monteagudo.
La madre de cinco hijos prepara una sopa de maní, uno de los platillos tradicionales de Monteagudo y algunas de sus comunidades. Posee hace un año la “Malena”, que junto a otros vecinos y consultores de GTZ Energía instalaron en una esquina de una habitación de aproximadamente tres metros de ancho por siete de largo, con un ventanal cerca de la cocina.
“Ahora el humo ya no se queda en la casa, ya no nos hace daño como antes y sale por esta chimenea”, dice mientras señala un tubo y unas calaminas soldadas que salen por encima del techo.
Delante de Natividad se encuentra una cocina de barro de 80 centímetros de altura, con dos huecos u hornallas en la parte superior para las ollas y un orificio debajo para introducir la leña. Adentro, el fuego se concentra para hervir los alimentos. El nuevo sistema se completa con un mesón para servir la comida.
Natividad era una de las 1.160.000 personas del área rural que cocinaban con el fogón tradicional. La leña, el aserrín, el carbón vegetal, la bosta y el estiércol eran recolectados por sus cinco hijos.
“En los últimos años hasta la leña empezaba a escasear y había que recorrer largas distancias para conseguirla, ahora todo está cambiando”. La calidad de vida de la familia de Natividad y de otras más mejoraron y para eso fue vital el concurso de toda la comunidad.
“Todo se puede conseguir si trabajamos unidas”, lanza Natividad.
Una “Lorena” mejorada
La “Malena” es una “Lorena” mejorada que ofrece mayor rendimiento. La primera experiencia para dotar de cocinas de barro fueron las “Lorena”, que se construían con lodo, arena y hierro, pero pronto cumplieron su ciclo.
Dora Camargo Siles, consultora de GTZ Energía, se emociona al hablar de las “Malena”. “Utilizamos greda, arcilla, arena, paja y bosta para fabricar estas cocinas que son mucho mejores que sus precursoras, las ‘Lorena’”.
Para que una localidad pueda acceder a estos hornos, Dora y su equipo se contactan con la comunidad, explican los alcances y los beneficios durante un mes y luego se reúnen con todos.
Un promedio de 30 personas muestran interés por las cocinas y luego, entre todos, eligen una casa modelo para poder construir la que servirá de muestra. El segundo mes se inicia con el acopio de la greda, la arcilla, la bosta y la paja para hacer un barro que luego será dejado para que madure y fermente durante 15 a 20 días.
Dora y su grupo regresan tras ese tiempo y verifican que el barro sea moldeable como una plastilina para empezar con el armado de la cocina, en tanto la familia construye la base con piedra o adobe.
Cartones, bidones desechables y ollas sirven para el armado de la cocina. Otros 15 días deben pasar para el secado final.
Los consultores vuelven a la casa modelo y sacan todos los moldes para hacer el afinado.
“Las bolsas plásticas y piedras finas son muy buenas para sacarle el brillo”, explica con experiencia Dora al mostrar una “Malena” acabada hace tres meses.
Las cocinas son construidas por las mismas familias que son capacitadas por los consultores de GTZ. Los beneficiarios son personas que viven en la extrema pobreza, por lo que la contraparte que dan consiste sólo en material local y en la mano de obra.
El proyecto ofrece talleres para el mantenimiento de las cocinas, apoyo para su difusión y la garantía de un año. Una “Malena” puede durar hasta cinco años y más si es mantenida periódicamente.
Ahora el programa marcha sobre rieles. Para ello fue vital también el concurso de la Alcaldía de Monteagudo en Chuquisaca, que apoyó desde el inicio el proyecto.
“Es probable que algunas familias aún sigan cocinando con el fogón tradicional, pero cada día hay más personas que optan por tener una ‘Malena’ en su casa”, sostiene el burgomaestre Guido García.
GTZ pretende además abastecer a familias rurales, con cocinas rocket a leña, solares y mayor cantidad de “Malena” mediante alianzas con empresas privadas, el Gobierno, la cooperación internacional y la sociedad civil.
“Lorenas” y “Malenas” no sólo son nombres femeninos, pues ayudan a cocinar, proporcionan seguridad y cambiaron la vida a más de una madre en Siringamayu A, por eso más de una pensó ahora en llamar a su próxima hija: “Malena”.
BRÚJULA
Cómo llegar. A Siringamayu A se puede acceder vía Santa Cruz de la Sierra. Se toma un bus de la terminal rumbo a Monteagudo. El precio del pasaje es de 40 bolivianos y el periplo dura siete horas. Siringamayu A está a 10 minutos de Monteagudo.
Servicios. En Siringamayu A no hay hospedaje, por lo que tras una visita a la comunidad hay que regresar a Monteagudo donde existen hoteles, residenciales y hostales.